Capítulo 14 — Relais #2
No guardarlo suelto en el carrete. Iba a moverse hacia el saber en lugar de moverse fuera de él, y ese movimiento, aunque todavía no fuera nada, aunque solo fuera una intención un jueves por la tarde, le soltó algo en el pecho que llevaba días apretado.
Ya no estaba sola dentro de la cosa. Iba a haber alguien. Alguien que supiera.
Solo le faltaba encontrarlo, y para encontrarlo tenía que preguntar, y no tenía a quién preguntarle sino a Bruno.
Lo pensó bien, o lo que ella entendía por pensarlo bien, que era encontrar la forma de pedir lo que quería sin dar lo que no quería dar.
Era la habilidad que la había hecho grande, la de mostrar la forma y esconder el nombre, la de recortar la cocina para que se viera el desorden justo y no el caos, la de decidir qué parte de ella entraba en el plano.
La aplicó a esto sin darse cuenta de que la estaba aplicando.
No iba a decirle a Bruno vino un hombre a mi puerta el domingo.
No iba a decirle me llegó una hoja que no entiendo y me dejó mal cuerpo.
Iba a envolverlo en una excusa que a Bruno le pareciera no solo normal sino buena, y la excusa se le presentó sola, entera, porque era además una excusa verdadera,
y las mejores excusas de Naia siempre habían sido verdad a medias: contenido.
Bruno pasó por el piso el viernes a media mañana, con dos cafés que nadie le había pedido, a revisar el calendario de la campaña nueva y a cerrar unos materiales que la marca esperaba.
Trabajaron una hora larga en el salón, con el sol entrando de lado por el ventanal, Bruno en el sofá con el portátil en las rodillas hablando de fechas y de entregables con esa energía de perro joven que a Naia otras veces la descansaba y hoy la puso, sin que él lo notara, un poco tensa, porque llevaba toda la mañana esperando el hueco.
El hueco llegó al final, cuando lo del calendario se acabó y quedó ese silencio corto en que una conversación se muere o sigue, y Naia metió la frase ahí, en el sitio exacto donde una cosa termina y otra no ha empezado, con la voz más lisa que tenía, la voz de la idea que se le acaba de ocurrir.
—Oye, una cosa. Se me ha metido una idea en la cabeza para contenido y quiero que me digas si es una tontería.
—A ver.
—Una serie. Cortita. De explicarle a la gente cómo funciona esto de verdad.
—Hizo un gesto vago que abarcaba el teléfono, el salón, todo—. Cómo la plataforma decide qué ves y qué no ves. El algoritmo, todo eso. Pero bien. No la chorrada de siempre de sé auténtico y publica a las siete. Lo real. Cómo funciona la caja por dentro.
Bruno levantó la vista del portátil, y a Naia le dio tiempo a ver el medio segundo en que él calculaba, no la sinceridad de la pregunta, que ni se le pasó por la cabeza, sino su rendimiento.
—Puede molar —dijo—. Puede molar mucho, de hecho. Lo educativo pega ahora. Y a ti te va, tú tienes el rollo de la transparencia, de la creadora que no te vende humo. —Se estaba entusiasmando solo, como se entusiasmaba con todo—. Sí. Me gusta. ¿Formato reel o algo más largo?
—Eso lo vemos. —Naia dejó pasar un segundo, el justo, y soltó lo que de verdad venía a soltar, envuelto todavía en lo otro, indistinguible de lo otro—.
Pero para hacerlo bien necesito hablar con alguien que sepa.
De verdad, ¿eh? Un experto. Alguien que entienda los algoritmos de las plataformas por dentro, cómo reparten el alcance, esas cosas.
No un gurú de esos de LinkedIn que repiten cuatro palabras.
Uno de verdad. ¿Tú conoces a alguien, o sabes por dónde buscar?
Lo dijo, y mientras lo decía sintió el alivio subir otra vez, más fuerte, porque decirlo en voz alta a otra persona era ya el primer paso real, era sacar la cosa de su cabeza y ponerla en el mundo, aunque fuera envuelta, aunque Bruno no viera lo que había dentro.
Y Bruno no vio lo que había dentro. Bruno vio una idea de contenido buena y una petición de producción normal, del tipo que le hacía cada semana, tráeme un fotógrafo, búscame un estudio, consígueme una nutricionista para la colaboración.
Se quedó pensando un momento, con la cara de quien repasa una agenda mental, y dijo que no así de memoria, que gente de marketing sí conocía, pero de esos que saben de dentro de dentro no, que eso era más técnico, pero que lo miraba, que seguro que se podía encontrar a alguien, que igual la propia agencia tenía contactos de esos porque al final ellos vivían de entender la caja.
—Se lo puedo preguntar a Rodrigo, si quieres —dijo—. Él conoce a todo el mundo. Seguro que sabe de alguien bueno.
Y Naia, que tenía la taza a medio camino de la boca, la dejó un momento suspendida, medio segundo, no más, un titubeo tan pequeño que ni ella lo registró como titubeo,
y dijo que no hacía falta molestar a Rodrigo con eso, que era una tontería de contenido, que ya lo busque Bruno tranquilamente, sin prisa, cuando tuviera un hueco.
Lo dijo con una ligereza tan completa que a Bruno no le llamó nada la atención, y Bruno dijo vale, guay, te lo busco, y volvió al calendario, y la mañana terminó como terminaban todas, con dos besos y la promesa de mandarle unas cosas el lunes.
Cuando Bruno se fue, Naia se quedó de pie en el salón, con el sol ya alto, y estaba mejor de lo que había estado en toda la semana.
No sabía nada nuevo. La hoja seguía sin entenderse, el hombre de la puerta seguía sin cara reconocible, la lógica del derrumbe seguía entera y sin piezas.
Pero había hecho algo. Había un plan, por pequeño que fuera.
Iba a haber un experto, un día, alguien de fuera y neutral a quien enseñarle la forma y preguntarle si era real.
Ya no estaba sola dentro de la cosa, o iba a dejar de estarlo, que era casi lo mismo.
Recogió las tazas, las llevó a la cocina, y por primera vez en días miró la luz sin buscar en ella un hombre.
Bruno bajó los tres pisos a pie, contento, como bajaba de casi todas partes. Había sido una buena reunión.
Naia estaba enchufada, venía con ideas, la de la serie explicativa molaba de verdad y la iba a apuntar en cuanto llegara a la calle para no perderla.
En el portal, antes de salir, sacó el teléfono para apuntarla, y mientras la escribía en las notas —serie algoritmo, buscar experto técnico— se acordó de la otra cosa.
Se acordó porque las dos cosas venían juntas en su cabeza, la idea y el experto, y el experto le hizo pensar en contactos, y los contactos le hicieron pensar en Rodrigo, que conocía a todo el mundo, y Rodrigo le hizo pensar en lo que Rodrigo le había dicho hacía unas semanas, por teléfono, al final de una llamada sobre entregables, con ese tono de jefe que aprecia a su gente: cualquier cosa de ella, me la cuentas, aunque sea una tontería, que quiero tenerla muy mimada este año.
Bruno lo había guardado como se guarda el cuidado de un jefe por su mejor cliente, y lo cumplía cuando salía natural, sin dar mucha importancia a cuándo lo cumplía y cuándo no, porque no era una obligación, era un detalle, una forma de estar atento.
Y esto encajaba. Encajaba doblemente, de hecho, y por eso ni se lo pensó. Por un lado era justo una cosa de ella, una idea nueva, un movimiento,
del tipo exacto que a Rodrigo le gustaba saber para tenerla mimada.
Y por otro —y esto le pareció a Bruno lo mejor, lo que convertía el aviso en un favor doble— Rodrigo conocía a todo el mundo, y si alguien podía dar con el experto técnico que Naia quería, con uno bueno de verdad y no un gurú de LinkedIn, era Rodrigo.
Naia había dicho que no hacía falta molestarlo, pero eso lo decía Naia por no dar la lata, y Bruno sabía que a Rodrigo no le daba la lata nada de ella, al contrario.
Le estaba haciendo un favor a los dos. A ella, buscándole por el mejor canal lo que había pedido.
A Rodrigo, manteniéndolo al día como le había pedido. Todo el mundo salía ganando, y a él no le costaba nada más que un mensaje.
Lo escribió ahí mismo, en el portal, apoyado en la pared, con el sol de la calle entrando por la puerta abierta.
Naia con una idea nueva, le puso, algo de hacer contenido explicando cómo funciona el algoritmo de las plataformas por dentro.
Y luego, porque era lo útil, lo que de verdad podía servir: quiere hablar con un experto técnico de esos, alguien que entienda de verdad cómo reparten el alcance. ¿Conoces a alguien bueno?
Le mola el tema últimamente. Lo leyó una vez, le pareció bien, claro y simpático, y pulsó enviar.
Guardó el teléfono, salió a la calle, y se fue hacia el metro con la sensación agradable de haber hecho su trabajo y algo más que su trabajo, de ser bueno en lo suyo, que consistía en gran parte en anticiparse, en tener todo controlado, en que a nadie le faltara nada.
No pensó en el mensaje una vez enviado, del mismo modo que no se piensa en una llave que se ha girado.
Iba silbando algo. La mañana estaba estupenda.