Cero Orgánico Capítulo 14 — Relais
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Capítulo 14 — Relais

El lunes volvió el trabajo, y el trabajo hizo lo que sabía hacer, que era ocupar.

Naia se levantó con la alarma y con el pinchazo de las notificaciones subiendo por el brazo hasta el sueño, y la mano cogió el teléfono antes de que ella recordara haberlo cogido, y durante unos minutos todo fue como todos los lunes: la curva de treinta días subiendo con la pendiente de siempre, los comentarios de las cinco de la mañana en el huso de su gente, reina, diosa, la mejor, el río conocido.

Grabó. Montó. Contestó mensajes. La máquina de la mañana arrancó y funcionó, y por fuera no había una sola grieta, y esa era la parte más rara de todas: que el cuerpo hiciera el trabajo entero mientras por debajo pasaba lo otro.

Porque lo otro ya no se iba. Se había quedado desde el domingo, desde el hombre en el rellano, desde la voz que no era de aquí diciendo su nombre a través de una hoja de madera, y en los días que siguieron no se comportó como se había comportado hasta entonces.

Hasta entonces la cosa había sido una desazón sin objeto, un escalofrío que la luz de la mañana deshacía, algo que el trabajo tapaba como un ruido fuerte tapa uno pequeño.

Ahora tenía una cara. Cuarenta y tantos años, chaqueta normal, una cara que ella no reconocería si se la cruzara en el metro, y precisamente por eso peor: porque el hombre que la había estado mirando durante mucho tiempo no tenía rasgos con los que Naia pudiera defenderse, no era nadie a quien pudiera reconocer, era cualquiera.

Podía ser el que le abría el portal. El que la miraba en el ascensor.

El camarero. Cualquiera. La había estudiado el tiempo suficiente para saber cómo eran sus domingos, y ella no sabía cómo era su cara.

Empezó a mirar por la mirilla antes de salir.

No lo decidió; la mano lo hizo, como hacía tantas cosas.

Salía al rellano y comprobaba la escalera.

En la calle, sin querer, buscaba un hombre con cara de nadie entre la gente que buscaba lo mismo que ella, un café, el metro, nada, y el gesto de buscarlo era en sí mismo la derrota, porque si la cara era la de cualquiera, buscarla era mirar a todo el mundo, y mirar a todo el mundo era vivir mirada.

El piso, que había sido el único sitio del mundo donde ella controlaba lo que se veía de ella y lo que no, donde decidía qué ángulo daba y cuál se guardaba, tenía ahora, en algún punto, una pared que no era pared.

El hombre lo había dicho sin decirlo: la habitación en la que una se desnuda podía tener un lado abierto, y ella no sabía cuál.

Dormía mal. No con el insomnio agudo de una noche, sino con el otro, el largo, el que no impide dormir pero adelgaza el sueño hasta dejarlo transparente, de modo que a las cuatro de la mañana estaba despierta sin saber si lo había estado toda la noche, con la cabeza corriendo por los mismos sitios, el orgánico es cero, lo deciden ellos, asignado, un día miras y ya no estás.

Las frases habían dejado de correr sueltas.

En los días que siguieron al domingo hicieron una cosa que no habían hecho nunca: empezaron a ordenarse. Empezaron a tener una lógica.

La lógica era esta, y Naia la fue armando sin proponérselo, en la ducha, entre toma y toma, en los huecos que el trabajo dejaba: si alguien asignaba el alcance —y esa palabra la tenía en su propio panel, en letra gris, asignado, noventa y cuatro por ciento, llevaba semanas ahí—,

si había un asignador, entonces el noventa y cuatro no era un premio a lo bien que lo hacía ella, era una cantidad que alguien repartía, y lo que se reparte se puede dejar de repartir. No de golpe. No con una carta.

Se lo había dicho Gabriela Nox en el palacete con la sonrisa cayéndosele de la cara, y Naia lo había guardado como envidia con perfume, y ahora le volvía limpio: un día miras y ya no estás, y nadie te dijo cuándo pasó.

Eso, que en boca de Gabriela había sido rencor, era ahora, visto desde el domingo, una descripción técnica.

El alcance no era suyo. Nunca lo había sido. Se lo prestaban.

Y si se lo prestaban, había un después.

Fue una tarde, editando, cuando la lógica terminó de cerrarse, y lo hizo con una imagen concreta.

Estaba revisando material y el pulgar resbaló, como resbalaba siempre, hacia la parte de la aplicación donde se ve a los demás, y le apareció una creadora que no conocía, joven, más joven que ella, veintidós o veintitrés, compartía el mismo nicho de fitness y lifestyle que ella, la misma luz limpia de interior, el mismo gesto de la mano sobre el vaso, la misma sonrisa que no es sonrisa completa sino el segundo antes. Subía.

Se veía en los números que subía, rápido, con la pendiente que Naia reconocía porque había sido la suya.

Otras veces Naia habría mirado a esa chica con la indiferencia tranquila de la que está arriba mirando a la que empieza, o con el fastidio mínimo de ver el gesto de la mano sobre el vaso copiado sin gracia.

Esta tarde no sintió ninguna de las dos cosas.

Sintió frío. Porque vio, sin poder no verlo, que esa chica era ella misma unos años atrás, con la voz temblando en el primer vídeo, y que Gabriela Nox había sido esa chica antes que ella, y que había una fila.

Gabriela, ella, esta chica. Una detrás de otra, con el mismo gesto, la misma luz, la misma subida, y una detrás de otra la fila avanzaba, y avanzar quería decir que la de delante dejaba el sitio.

Gabriela ya lo había dejado. Y si había una detrás de Naia subiendo con la pendiente exacta, era porque el sitio de Naia también, en algún momento, iba a quedar libre.

No supo nombrar el mecanismo. No tenía las palabras para lo que era una rotación, ni un puesto, ni por qué el nicho suyo y no otro.

Pero tuvo la forma entera, y la forma decía una sola cosa, y la cosa tenía una palabra, y la palabra le llegó a la cabeza con la nitidez de las cosas verdaderas: desechable.

No era ella la que importaba. Importaba el puesto.

Ella lo ocupaba mientras servía, como había dicho Gabriela que este mundo te quiere mientras le sirves, y cuando dejara de servir habría otra ya colocada, ya subiendo, con la misma sonrisa que ella no veía en sí misma pero que reconocía perfectamente en la pantalla.

La máquina no necesitaba a Naia Soler. Necesitaba una Naia Soler, y las fabricaba en serie, y ella era la de este año.

Se quedó con el teléfono en la mano y el material a medio montar, y por primera vez la idea del derrumbe no fue un miedo abstracto de los que se espantan con un vistazo a la curva de treinta días.

Fue una cosa concreta, con mecanismo, con forma, con fila.

Y lo peor no fue la idea. Lo peor fue lo de siempre, lo que la venía apretando desde el domingo: que no tenía a nadie a quien decírsela.

La lógica se le había armado entera, la tenía completa por primera vez, podía recorrerla de principio a fin, y no había una sola persona en el mundo a la que pudiera enseñarle el recorrido y preguntarle si tenía sentido o si estaba perdiendo la cabeza.

Repasó la lista otra vez, como la había repasado el domingo, como la repasaba ahora todos los días con la esperanza tonta de que hubiera aparecido un nombre nuevo.

No había aparecido. Bruno, que diría no le des vueltas, mira la de treinta días, va para arriba, y que además —esto lo pensó por primera vez con este filo— no debía saber que ella le daba vueltas, porque Bruno hablaba con la agencia, Bruno era de la casa.

Rodrigo, al que el domingo el cuerpo entero se había negado a llamar sin que ella pudiera decir por qué, y del que ahora sabía, sin decírselo con esas palabras, que era exactamente la última persona del mundo a la que se le enseña esto, porque venía de su mundo el hombre de la puerta, porque venía de su mundo la hoja, porque cada vez que la lógica llegaba cerca de Rodrigo se le apagaba sola, como si hubiera una zona a la que su cabeza no la dejaba entrar.

Una editora. Un fotógrafo. Una nutricionista de una colaboración.

Nadie. La vida entera de Naia, mirada de golpe, era una lista de gente con la que compartía la parte pública de su vida, que era casi toda su vida, y no había una sola línea para esto.

Y entonces, un miércoles o un jueves, en la franja muerta de la tarde en que el trabajo del día ya estaba hecho y la casa se quedaba en silencio, se le ocurrió la cosa que le cambió el cuerpo.

No era una gran cosa. Era pequeña, y práctica, y tan de ella que no la reconoció como lo que era hasta más tarde.

Se le ocurrió que no hacía falta contárselo a alguien de su vida.

Se le ocurrió que existía otra clase de persona: alguien de fuera, un experto, uno que entendiera de verdad cómo funcionaban estas plataformas, cómo decidían lo que llegaba y lo que no, uno que pudiera mirar una hoja de números y decirle esto es normal o esto no es normal sin saber de quién era la hoja, sin que a ella le temblara la voz, sin quedar delante de nadie como la que no sabe.

Alguien a quien poder enseñarle lo que tenía —la captura, la curva, la meseta lisa, el hueso en la radiografía que llevaba días guardado entre su cara y su comida— y preguntarle, por fin, la pregunta, con las palabras de un adulto y no de un niño de ocho años: ¿esto que veo aquí es real, o me lo estoy inventando?

La idea le dio un alivio físico, inmediato, desproporcionado para lo pequeña que era.

Porque no era la idea. Era que, por primera vez desde que todo esto había empezado —desde la hoja abierta sobre el pecho la noche del evento, desde la palabra en el sofá, desde el hombre en la puerta—, iba a hacer algo. No taparlo. No rodearlo.