Cero Orgánico Capítulo 1 — Golden Hour #3
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Capítulo 1 — Golden Hour #3

Lo dijo así, tú y yo, y volvió a la copa, y el momento se cerró antes de que Naia pudiera decidir qué había sido.

Le quedó una calidez. Le quedó la sensación de haber sido vista, de verdad vista, no como producto sino como persona, por el único hombre del sector que entendía de verdad cómo funcionaba todo.

Rodrigo conocía las cuatro capas. Rodrigo había estado en habitaciones donde se decidían cosas que afectaban a la vida de gente que jamás sabría sus nombres.

Y la había elegido a ella para decirle tú y yo.

Naia no se preguntó qué significaba ser elegida por alguien cuyo oficio era saber a quién elegir.

Durante el segundo plato, Rodrigo le contó, como quien comparte una confidencia, que la plataforma estaba haciendo ajustes.

Que iba a haber cambios en cómo se distribuía el contenido, cosas técnicas, nada de lo que ella tuviera que preocuparse, pero que era importante que en los próximos meses mantuviera el ritmo, que no bajara la guardia, que ahora más que nunca el sistema premiaba la constancia y castigaba los huecos.

Lo dijo con cariño, como un consejo, como alguien que protege.

Naia lo entendió como protección. Lo que Rodrigo no le dijo, porque no hacía falta que se lo dijera, porque la frase ya había hecho su trabajo, fue que acababa de instalarle un miedo.

A partir de esa noche, Naia iba a publicar cada día pensando en el hueco que no debía dejar.

Iba a vigilarse el ritmo sola. Rodrigo no tendría que volver a mencionarlo nunca.

La frase quedaría operando dentro de ella, en silencio, como un programa en segundo plano, gastándole una parte de la batería que ella ya no notaría que gastaba.

—Eres muy listo —le dijo Naia, y lo decía en serio, y era lo más peligroso que podía haberle dicho, porque era cierto.

Llegó el postre, que Rodrigo había pedido para compartir y que ella probó una vez por cortesía.

Mientras él hablaba, Naia se descubrió calculando: cuántos posts le quedaban programados del último bloque, cuántos días podía permitirse sin grabar antes de que el sistema notara el hueco, cuándo era el siguiente viaje a México.

Hacía esos cálculos sin esfuerzo, como respirar, sin darse cuenta de que media hora antes no los hacía y de que era Rodrigo quien acababa de encenderlos.

Levantó la vista. Él la miraba con una atención completa, halagadora,

la atención de quien ha conseguido exactamente lo que vino a conseguir y puede ya relajarse y disfrutar de la compañía. Naia interpretó esa atención como afecto. En cierto sentido lo era. El afecto y el cálculo cabían sin problema en la misma mirada, y solo uno de los dos sabía que estaban los dos.

—Soy un viejo que conoce el oficio —dijo él, y se sirvió más vino, y le rozó la mano al hacerlo, un roce que duró lo que dura un accidente, y que ella no supo si había sido un accidente, y esa duda, esa pequeña duda agradable y confusa, fue exactamente lo que él quería dejarle, aunque Naia experimentara la duda como algo propio, surgido de ella, no plantado por nadie.

Salieron a las once y media. En la calle hacía la temperatura de finales de primavera, ese aire de Madrid que no es ni frío ni nada, y Rodrigo le pidió el coche, le abrió la puerta, le dio dos besos y le dijo al oído, no con doble sentido, o con un doble sentido tan suave que se podía negar:

—Disfrútalo. Te lo has ganado. Pero esto no para. Mañana volvemos a empezar de cero.

Y cerró la puerta del coche con la delicadeza con que se cierra la tapa de algo valioso.

En el coche, sola, Naia miró por la ventanilla las calles vacías de Chamberí y se sintió plena de un modo que no había sentido nunca.

Plena y un poco vacía a la vez, pero no separó las dos cosas, las vivió como una sola sensación grande y luminosa que decidió llamar felicidad.

Sacó el teléfono. El reel de la noche anterior iba por un millón cuatrocientas mil reproducciones.

El número de seguidores había subido otros nueve mil desde la mañana.

Tenía cuarenta y tantas notificaciones nuevas.

Empezó a leerlas en el resplandor azul de la pantalla, con la cara iluminada desde abajo, sola en el asiento trasero de un coche que conducía un hombre del que no sabía el nombre, mientras Madrid pasaba por la ventanilla como un decorado apagado.

Abrió la aplicación de métricas por costumbre, no por necesidad, solo para ver la curva una vez más antes de dormir.

La curva subía. Todo subía. Y abajo, en una esquina de la pantalla, en una letra gris pequeña que el panel había empezado a mostrar esa semana sin que ella hubiera activado nada, había una línea nueva entre los indicadores de siempre.

Decía: Alcance asignado: 94%. Naia la miró medio segundo.

No sabía qué quería decir asignado. El alcance era el alcance, lo que la gente veía, y noventa y cuatro por ciento era un número alto, y los números altos eran buenos, así que cerró la aplicación, apoyó la cabeza en la ventanilla, y sonrió.