Cero Orgánico Capítulo 1 — Golden Hour #2
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Capítulo 1 — Golden Hour #2

Le sorprendía, sin alarmarse, lo bien que la máquina sabía qué partes de ella valía la pena conservar.

Cuando hablaba a cámara decía chicas con una entonación que no era la suya, una entonación más cálida, más abierta en las vocales, una entonación que se había ido formando sola a lo largo de los años por contacto con los comentarios que mejor respondían.

Su acento se había desplazado un milímetro hacia un Atlántico que no era el de Madrid.

Ella no lo oía. Lo oía todo el mundo menos ella.

Entre toma y toma se permitía treinta segundos de algo que el sector llamaba "autenticidad" y que tenía sus reglas: mostrar un fallo controlado.

Reírse de sí misma por haberse equivocado en el conteo de una repetición.

Enseñar la cocina un poco desordenada, pero solo un poco, el desorden exacto que comunica soy normal como tú sin comunicar vivo en el caos.

Confesar a cámara que ese día le había costado levantarse, que ella también tenía días malos, que la perfección era mentira.

Lo decía mirando a la lente con una mano en el pecho.

El gesto de la mano en el pecho lo había hecho por primera vez de verdad, años atrás, en el vídeo de los veintidós.

Ahora lo hacía cuando tocaba hacerlo. No notaba la diferencia entre las dos manos en el pecho.

Para ella eran la misma. Para el sistema también: las dos retenían igual de bien.

A la una se sentó con Bruno a revisar la propuesta de la marca para el trimestre siguiente.

La marca era de suplementos. Proteína en polvo, colágeno, un preworkout con un nombre que sonaba a misión espacial, y una línea nueva de batidos sustitutivos de comida que la marca llamaba nutrición consciente y que venían en sobres de colores pastel.

Naia leyó la ficha del producto. Cada sobre tenía las calorías de un yogur y prometía saciedad.

Estaba pensado, decía el brief, para mujeres ocupadas que no quieren renunciar a sus objetivos.

Naia asintió. Le pareció un buen producto.

Le pareció, de hecho, que ella era exactamente su público.

No pensó en los dieciocho años. No pensó en la nutricionista de la unidad, en el cuaderno donde durante meses tuvo que escribir lo que comía no para restringirlo sino para volver a aprender que comer no era un crimen.

No pensó en el primer vídeo que subió a los veintidós, sin maquillaje, contando con la voz temblando que había pasado tres años enferma y que llevaba uno recuperándose, y en cómo aquel vídeo, que ella había subido sin estrategia, solo porque necesitaba decirlo en voz alta, había sido lo más visto que había hecho nunca y la había convertido en alguien.

La autenticidad de aquel temblor había sido el capital fundacional de todo lo demás.

No lo pensó porque hacía años que no lo pensaba, del mismo modo que uno no piensa en los cimientos mientras vive en la casa.

Solo aprobó el batido sustitutivo de comida y firmó digitalmente la conformidad con el pulgar.

La tarde fue tranquila. Respondió mensajes directos durante una hora, los reales y los que Bruno había preseleccionado, sin saber siempre cuáles eran cuáles.

Bruno usaba un sistema que clasificaba los miles de mensajes diarios en carpetas —colaboraciones, fans, posibles riesgos, ruido— y subía a la superficie los veinte o treinta que merecían respuesta de la propia Naia para que pareciera, y en cierto modo fuera, que era ella quien contestaba.

La frontera entre lo que ella escribía y lo que se escribía en su nombre se había vuelto porosa hacía tiempo.

Había respuestas tipo, aprobadas por ella una vez y reutilizadas mil, que ella ya consideraba suyas porque las había aprobado, del mismo modo en que consideraba suya la palabra alma.

Hubo una chica de Guadalajara que le escribió que había empezado a entrenar por ella y que había bajado de peso y se sentía poderosa.

Naia le contestó con audio, treinta segundos, voz cálida, y la chica respondió con una hilera de corazones tan larga que llenó la pantalla.

Hubo un mensaje de una seguidora que decía que había dejado de ir a terapia porque los vídeos de Naia le hacían más que la terapia.

Naia leyó ese, lo leyó dos veces, y sintió algo cálido y enorme que era responsabilidad disfrazada de orgullo, y le contestó que la quería mucho pero que la terapia era importante, y se sintió buena persona al escribirlo, y pasó al siguiente sin que el mensaje le dejara marca.

Hubo defensores: gente que en otros perfiles, en hilos donde alguien había puesto en duda los métodos de Naia, salía a defenderla con una intensidad que no se pedían a sí mismos para nada más en su vida.

No tenéis ni idea de lo que esta mujer ha pasado, escribían desconocidos que no la conocían, es la única real en este mundo de plásticas. Naia veía pasar esas defensas y le producían una gratitud tibia y la certeza, nunca examinada, de tener un ejército.

Hubo también, esa tarde, un mensaje que entró y que Naia abrió y cerró en el mismo segundo: una cuenta sin foto, sin publicaciones, creada esa semana, que decía solo busca tus números en la lista.

Naia lo leyó del modo en que se lee un cartel desde un coche en marcha, sin procesarlo, y lo descartó como spam, como uno de los miles de mensajes raros que recibe cualquiera con dos millones de seguidores, y siguió bajando hacia los corazones de la chica de Guadalajara.

La cuenta sin foto desapareció bajo el resto.

Naia ya la había olvidado. El mensaje, sin embargo, había sido entregado.

A las siete se empezó a arreglar para la cena.

Eligió un conjunto que no parecía elegido.

Esa era la habilidad. Que pareciera que se había puesto lo primero que encontró y que lo primero que encontró fuera perfecto.

Se grabó un boomerang frente al espejo del recibidor, lo subió a stories con la ubicación de un restaurante que no era el de la cena de verdad, porque el de verdad era de Rodrigo y de las cosas de Rodrigo no se hacían stories, y bajó a la calle donde la esperaba un coche.

El restaurante estaba en Chamberí, en una calle sin tránsito, detrás de una puerta sin letrero.

Rodrigo Prats ya estaba en la mesa cuando ella llegó, de espaldas a la pared, en el sitio desde el que se ve entrar a todo el mundo.

Se levantó. Tenía cincuenta y algo, el pelo gris cortado caro, la camisa abierta exactamente un botón menos de lo que la haría inapropiada.

Le dio dos besos y le sujetó los hombros un segundo más de lo necesario, a la distancia justa para mirarla, y dijo:

—Estás radiante. No, en serio. Pocas veces lo digo y ahora lo digo. Radiante.

Naia sintió el cumplido entrar y asentarse.

Rodrigo tenía una forma de mirarla cuando la elogiaba que hacía que el elogio pareciera un descubrimiento, no un trámite, como si acabara de notar algo que llevaba tiempo ahí y al fin se permitía decir.

Ella sabía que se lo decía a otras. No le importaba.

Cuando se lo decía a ella, era verdad. La capacidad de Rodrigo para que cada cosa que decía pareciera reservada solo para quien la oía, era exactamente aquello por lo que cobraba lo que cobraba, y ella estaba dentro de esa capacidad como dentro de una habitación con buena temperatura.

Pidió él. Pidió por los dos sin preguntarle, pero le preguntó después, con una sonrisa, si le parecía bien, y a ella le pareció bien, y no notó que la pregunta había llegado después de la decisión y no antes.

El vino lo eligió señalando una línea de la carta con un dedo, sin leer en voz alta, un gesto entre él y el camarero del que Naia quedaba elegantemente excluida y que la hacía sentir, sin que supiera por qué, que estaba en buenas manos.

Hablaron del número. Rodrigo lo dijo otra vez, en voz alta, brindando, y al oírlo dicho por él sonó distinto que dicho por Bruno, sonó pesado, real, una cifra con consecuencias. Naia se rió y bebió y sintió que había llegado a algún sitio. Rodrigo la miraba beber.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —dijo él, dejando la copa—. Que eres la única que no se lo cree.

—Me lo creo todo —dijo ella, en broma.

—No. —Rodrigo se puso serio un grado, lo justo—. Las demás se lo creen. Por eso duran tres años y se evaporan. Tú no. Tú sabes que esto es trabajo.

Por eso vamos a estar haciendo esto mucho tiempo. —Hizo una pausa—. Tú y yo.