Cerillas Garibaldi Las patatas bravas
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Las patatas bravas

–¡Yayo Joaquín! ¡Patatas bravas! –dice Concha, que no sabe explicar en qué consisten exactamente.

–¿En qué mundo vives? –le pregunta la hija menor, Adela, achispada por la bebida.

Él prefiere las hamburguesas y el sushi .

El yerno, Manolo, piensa en aquella película, Good Bye, Lenin!, en la que una mujer –comunista acérrima– queda en coma poco antes de la caída del muro de Berlín. Cuando despierta, para evitarle un shock que podría ser fatal, procuran que todo parezca como antes.

–A ver si tendremos que fingir que no existen las patatas bravas porque este señor no se entera.

Le resulta inconcebible que alguien pueda estar tan desconectado del mundo. La abuela María Luisa chasquea la lengua: –Qué desastre de marido tengo.

Las patatas bravas le suenan de nombre, pero nunca las ha probado.

Margarita, que es la niña de los ojos del abuelo, encuentra una explicación.

Cuando van al mercado, sus padres no reparan en gastos: compran siempre lo mejor y gastan mucho dinero en comida.

Pero almorzar fuera les parece un despilfarro.

Hace años que no pisan un bar ni un restaurante –la última vez, aún eran novios–.

Y, mientras en la calle se ponían de moda bebidas, tapas y platos que la gente pasaba a considerar tradicionales, ellos se mantuvieron al margen.

La conversación deriva hacia una guasa que a Joaquín le parece ofensiva. Da un manotazo en la mesa: –¡Os creéis muy listos! ¡Siguiendo siempre al rebaño con vuestras patatas bravas, vuestros panetones y vuestros sushis ! –dice con un gesto de orgullosa ignorancia.

Margarita experimenta un gran sentimiento de piedad hacia su padre. Golpea por debajo de la mesa la pierna de Manolo, que se queda con la impertinencia en la boca.

–¡La semana que viene iremos a un bar de Sarrià que tiene unas patatas bravas buenísimas, para que las pruebes!

–¡Antes muerto!