CAPÍTULO XVIII
El nido propio
No hubo decretos ni rupturas, sino el curso natural de las leyes del comercio.
Samuel Abenazir era un hombre que medía el mérito con la misma precisión con la que calibraba el peso de un excelente de oro, y sabía que Diego de Ocaña había dejado de ser, hacía ya mucho tiempo, el joven aprendiz de dedos manchados de tinta que repasaba con timidez los asientos de diario bajo la estricta mirada de Samuel.
El joven factor había demostrado una agudeza extraordinaria para el cuadre de los libros de tasas y una fidelidad inquebrantable que iba más allá del salario.
Por ello, al término de las últimas ferias de mayo, el cambista llamó a Diego a su despacho privado, situado en la planta noble de su propio caserón.
Sobre la mesa de nogal no había hoy letras de cambio dispuestas para la firma, sino un documento notarial de asignación y una pequeña bolsa de cuero con cien ducados.
—Un buen factor debe aprender a sostener su propio techo, Diego —le había dicho Samuel con su habitual tono pausado, pero con una calidez inusual en sus ojos oscuros—.
Has guardado mis espaldas y has defendido el crédito de esta casa como si fuera la tuya propia.
Es hora de que ganes tu propio estatus en Medina.
Desde hoy, dejas de ser un asalariado para percibir una participación fija en las liquidaciones de las ferias .
Aquella resolución conllevaba el paso más difícil y esperado: la emancipación.
Dejar el caserón de los Abenazir, donde Diego y su madre, Clara de Ocaña, habían vivido amparados desde la trágica muerte de Martín quince años atrás.
No era un desahucio, sino un honor; el reconocimiento público de que Diego comenzaba a asentarse por su cuenta.
Con los ducados de su nueva asignación, Diego no buscó el lujo del centro de la villa ni los alquileres prohibitivos de los alrededores de la iglesia de San Antolín.
Buscó la discreción y la paz para su madre.
Alquiló un humilde pero digno aposento en las cercanías de la Costanilla, una zona apartada del bullicio donde se montaban las tablas de mercado, pero lo suficientemente cercana para acudir al caserón al despuntar el alba.
Era una estancia de muros gruesos, vigas de pino viejo y una ventana estrecha que miraba a los tejados de Medina.
Para Clara de Ocaña, aquella mudanza significaba el regalo más hermoso de su vejez: volver a regentar un hogar propio, por humilde que fuese, tras una vida entera de servicio agradecido como viuda en casa ajena.
El día de la mudanza dejó una huella agridulce en ambas familias.
El traslado de los pocos enseres de los Ocaña —unos arcones de ropa, el acerico de Clara y los libros de cálculo de Diego— se hizo sin prisa.
Beatriz Abenazir y Lucía ayudaron a la anciana a empaquetar las sayas con un esmero que delataba el dolor de la separación.
Al caer la tarde, celebraron un banquete íntimo en el comedor de los Abenazir.
Hubo vino de Toro, pan blanco y un cordero asado con especias del sur.
Las risas se cruzaron con la nostalgia, y Samuel brindó por el futuro profesional de Diego, que seguiría al frente de los negocios de la firma.
Sin embargo, el cambio más profundo y silencioso no se dio en los arcones, sino en la inevitable distancia .
Al dejar de compartir el mismo techo de manera cotidiana, el vínculo entre Diego y Lucía adquirió un matiz distinto, cargado de una gravedad contenida.
Lucía, atrapada ya en las desdichadas ataduras de su propio matrimonio fuera de aquella casa, acudía con frecuencia a visitar a su madre o a consultar el estado de las cuentas.
Ahora, la ausencia de Diego en el día a día hacía que cada encuentro fortuito en el zaguán o en las escaleras del caserón se tiñera de una urgencia muda.
Cuando Diego regresaba al atardecer tras desmontar la tabla de cambio de la Plaza Mayor y entraba en la casa para rendir cuentas a Samuel, el cruce de sus miradas con Lucía revelaba un fuego sordo y sepultado bajo el respeto familiar; un afecto secreto que no buscaba romper promesas, sino ofrecer un refugio mental frente a la infelicidad que a ella la aguardaba fuera de aquellos muros mudos.
La última noche del traslado, tras recoger las mesas del despacho, Samuel y Diego se quedaron a solas en el cuarto de contabilidad de la casa.
El aire de la calle entraba fresco por el ventanuco de hierro.
El viejo cambista guardó silencio durante un largo rato, observando cómo su factor limpiaba mecánicamente el tintero de peltre.
—Has elegido bien el aposento de la Costanilla, Diego —dijo Samuel de pronto, con una seriedad que heló el ánimo del joven—. Es un lugar apartado. Pocos ojos se fijan en lo que entra o sale de esa calle.
—Busqué la comodidad de mi madre, señor, y la discreción que conviene a nuestras personas —respondió Diego, extrañado por el tono.
Samuel se levantó, apoyó las manos en la madera de su escritorio y miró a su pupilo con una fijeza solemne, casi testamentaria.
El anciano ya intuía las sombras que se cernían sobre Medina; sabía de los rumores maliciosos de los competidores y, sobre todo, sospechaba de la catadura moral del marido de Lucía.
—En estos tiempos que corren en Castilla, Diego, es inteligente tener un nido propio fuera de los muros de este caserón —añadió Samuel en voz baja, casi en un susurro—.
Si alguna vez el cielo de Medina termina por oscurecerse y la tormenta cae sobre esta casa, me da tranquilidad saber que mi mejor hombre y el saber de esta firma están a buen recaudo, durmiendo bajo otro techo.
Pase lo que pase en el futuro, promete que cuidarás de Lucía y de ese legado.
Diego sintió un escalofrío en la espalda, pero inclinó la cabeza con firmeza, asumiendo el peso de una advertencia que solo comprendería del todo semanas más tarde, cuando el tribunal llamara a sus puertas.
Os doy mi palabra de honor, maestro.
Cuando Diego regresó aquella noche al aposento de la Costanilla, donde su madre Clara ya dormía plácidamente junto al rescoldo del brasero, sintió que el aire de Medina había cambiado.
El nido propio estaba listo, las cartas comerciales estaban repartidas y el factor caminaba ya con el paso firme de un hombre independiente.
La firma Abenazir había alcanzado su madurez. Pero en la penumbra de la villa, los hilos de la traición ya habían comenzado a tejer la red.