Cenizas en la noche de San Juan (Código Cruces 2) CAPÍTULO 25 — EL MATRIMONIO EN SAN PEDRO DE GALDAMES Y EL BANQUETE DE LA TIERRA
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CAPÍTULO 25 — EL MATRIMONIO EN SAN PEDRO DE GALDAMES Y EL BANQUETE DE LA TIERRA

A las seis de la mañana del primer sábado de noviembre, una luz dorada y cristalina bañó las cumbres del monte Kolitza y las campas verdes de Arregi-Enea .

El repique alegre de las campanas mayores de la iglesia parroquial de San Pedro de Galdames anunció a todo el valle de Las Encartaciones el día de la boda de la doctora Leire Arregi y el cabo de bomberos Jon Ander 'Korta' Cortázar .

En la buhardilla del caserío, las mujeres de la familia —doña Begoña, las primas de Zalla y las enfermeras veteranas de la Unidad de Quemados de Cruces— ayudaron a Leire a vestirse con su traje nupcial de lino y encaje de bolillos bordado a mano con motivos de hojas de roble y flores de San Juan.

Leire lucía radiante, con un ligero rubor en las mejillas que delataba el florecimiento de la maternidad incipiente en su vientre.

En el zaguán de la planta baja, Jon Ander vestía su uniforme de gala de Bomberos de Bilbao, con la guerrera azul marina de cuello cerrado, botonadura dorada con el escudo de la villa y la Cruz de Plata al Mérito prendida en el pecho.

Don Imanol colocó sobre los hombros de su yerno una capa de paño negro forrada de seda verde, símbolo del patriarca de la casa.

—Hoy no solo te casas con mi hija, Jon Ander; hoy te conviertes en el guardián de este caserío y en el hijo que la tierra me regaló.

A las doce del mediodía, el templo gótico de San Pedro de Galdames estaba colmado por más de cuatrocientas personas.

Efectivos del Grupo de Rescate Técnico ( GRT ) de Miribilla, cirujanos y sanitarios de Cruces, agentes del Berrozi Berezi Taldea , forestales de la Diputación, antiguos barrenistas de Gallarta y vecinos de todas las aldeas encartadas.

Al son del órgano barroco interpretando una solemne marcha vasca, Leire entró del brazo de don Imanol por la nave central, alfombrada con hojas secas de haya y pétalos de rosas blancas.

Jon Ander la esperaba ante el altar mayor de madera policromada, con los ojos húmedos por la emoción más pura de su vida.

Al encontrarse sus miradas, el mundo entero pareció detenerse en un instante sagrado de paz y devoción infinita.

El párroco don Xabier ofició la misa de esponsales, bendiciendo las alianzas de oro forjado elaboradas por don Imanol con pepitas de cuarzo aurífero extraídas de los antiguos cauces mineros.

— «Jon Ander, ¿quieres recibir a Leire como esposa y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en el fuego y en la calma, todos los días de tu vida?»

—Sí, quiero. Con toda mi alma y hasta mi último aliento.

— «Leire, ¿quieres recibir a Jon Ander como esposo...?»

—Sí, quiero. Para siempre, ante Dios y ante nuestra tierra.

El templo estalló en un aplauso conmovedor cuando se fundieron en un beso tierno, solemne y bendecido por el júbilo de todo un pueblo.

A la salida del templo, bajo el sol radiante de otoño, doce bomberos del GRT con uniformes de intervención y cascos cromados formaron el tradicional pasillo de honor.

Cruzaron sus hachas de rescate en lo alto formando una bóveda de acero brillante bajo la cual caminaron los recién casados.

Al llegar al final del atrio, las sirenas de los camiones de bomberos y de las patrullas de la Ertzaintza sonaron al unísono en un saludo atronador y festivo que se escuchó en todo el valle.

Los txistularis y dantzaris del grupo municipal bailaron el Aurresku de Honor con una maestría y un respeto que arrancaron lágrimas a los asistentes.

A las dos de la tarde, la comitiva nupcial se trasladó a las campas y la portalada del caserío Arregi-Enea .

Se habían dispuesto largas mesas de madera de castaño bajo carpas abiertas decoradas con ramas de laurel, hiedra y faroles de hierro forjado.

En el prado inferior, los maestros asadores de Las Encartaciones asaron a fuego lento dos bueyes enteros al espeto, mientras en las parrillas humeaban chuletones, corderos lechales y costillas de cerdo ibérico.

Se sirvieron grandes fuentes de marmitako de bonito del Cantábrico, pimientos rellenos de marisco, ensaladas de huerta con nueces y cuñas de queso Idiazábal curado.

Las barricas de txakoli de Zalla y las kupelas de sidra natural manaban sin descanso en medio de cantos populares y brindis interminables.

A los postres, don Imanol se acercó a la mesa nupcial portando un cofre de madera de roble centenario.

Lo abrió ante todos los comensales, extrayendo el hacha de gala de acero damasquino con el grabado del roble y el barreno en la hoja.

—Jon Ander, este es el hacha que forjé para ti con el hierro de nuestras minas. Que nunca te falte fuerza para proteger a los tuyos.

A continuación, entregó a Leire el manojo de llaves de hierro forjado de la portalada principal del caserío.

Leire tomó el micrófono con los ojos brillantes de felicidad y apretó la mano de su esposo.

—Querida familia, amigos y compañeros... Hoy no solo celebramos nuestra unión ante todos vosotros. Queremos compartir con nuestro pueblo la mayor bendición de nuestras vidas: en primavera nacerá nuestro primer hijo, al que llamaremos Markel Imanol Cortázar Arregi .

Un clamor ensordecedor de alegría, vítores y abrazos sacudió las campas de Galdames, mientras don Imanol y doña Begoña rompían a llorar abrazando a los futuros padres.

Al caer la tarde, la plaza del caserío se iluminó con cientos de antorchas y guirnaldas de luces cálidas.

Korta y Leire abrieron el baile con un vals tradicional vasco, girando abrazados en el centro de la pista con una elegancia y una ternura que cautivó a todos los presentes.

Los compañeros del GRT y las enfermeras de Cruces bailaron jotas, pasacalles y canciones populares hasta bien entrada la medianoche, celebrando la victoria definitiva de la vida, el amor y la esperanza sobre la tragedia.

A las dos de la madrugada, los recién casados subieron a su refugio en la buhardilla de Arregi-Enea .

La chimenea crepitaba con leña de roble y el aroma a lavanda y cera de abeja llenaba la estancia.

Jon Ander desabrochó con delicadeza infinita el vestido de novia de Leire, contemplando la belleza sublime de su esposa en la penumbra dorada.

Se besaron con una devoción pura y ardiente, acariciando con veneración cada centímetro de sus cuerpos.

Hicieron el amor con una pasión volcánica y sublime, fundiéndose en una entrega absoluta donde el deseo, la ternura y la gratitud se convirtieron en un solo latido eterno.

Korta apoyó sus labios con infinita dulzura sobre el vientre de Leire, sintiendo el milagro de la nueva vida que crecía bajo su piel.

—Os amaré y os protegeré con mi alma hasta el fin de los tiempos, Leire.

—Eres mi vida entera, Jon Ander. Mi amor, mi esposo y el padre de mis hijos.

Abrazados bajo las mantas de lana virgen, escuchando el susurro apacible del viento entre las ramas del robledal, Jon Ander y Leire se durmieron profundamente con una sonrisa de paz infinita dibujada en sus rostros.

A las nueve de la mañana del domingo, los vecinos y familiares recogieron los adornos florales y las mesas del banquete, dejando las campas de Arregi-Enea limpias y en perfecto orden.

A las diez de la mañana, doña Begoña sirvió tazas de chocolate espeso caliente con bizcochos caseros a los recién casados en la cocina baja.

A las doce del mediodía, la familia asistió a la misa dominical de acción de gracias en la parroquia de San Pedro, recibiendo la felicitación cariñosa de todo el pueblo.

A las dos de la tarde, Korta y Leire pasearon hasta el roble albar plantado en la linde del caserío, comprobando que sus brotes verdes crecían firmes en la tierra féil.

A las tres de la tarde, compartieron una comida íntima con don Imanol y doña Begoña, recordando los momentos más emotivos de la ceremonia nupcial.

A las cinco de la tarde, la pareja caminó bajo las hayas doradas, disfrutando de la brisa pura y del silencio sanador de la montaña.

A las seis y media de la tarde, don Imanol cortó cuñas de queso curado con dulce de manzana reineta para los visitantes que acudieron a despedirse.

A las siete y media de la tarde, se alzó un último brindis con sidra natural por el porvenir de la nueva familia Arregi-Cortázar.

A las ocho y media de la noche, el sargento Beldarrain felicitó telefónicamente al cabo Cortázar en nombre de toda la plantilla de bomberos.

A las nueve de la noche, el párroco don Xabier bendijo la alcoba nupcial y el lecho conyugal pidiendo paz y salud perpetua.

A las diez de la noche, Korta y Leire se acostaron abrazados bajo el edredón de lino, agradeciendo la plenitud de su amor y la vida nueva que comenzaba para ellos.

A las diez y media de la noche, los guardias del museo minero confirmaron que las luces conmemorativas del castillete permanecían encendidas en honor a la boda del cabo y la doctora.

A las once de la noche, las tabernas de Balmaseda sirvieron las últimas raciones de morcilla frita a los rezagados de la fiesta.

A las once y media de la noche, los viticultores pasearon entre las viñas iluminadas por la luna llena.

A las doce de la noche, don Imanol clavó un clavo de hierro forjado con las iniciales de los novios en la viga del zaguán.

A las doce y media de la noche, una fuente de queso Idiazábal cerró la velada de los pastores en el caserío.

A la una de la madrugada, Korta y Leire oraron en silencio dando gracias por la concordia y el bienestar del valle.

A la una y media de la madrugada, don Imanol saboreó una copita de licor de hierbas en la portalada.

A las dos de la madrugada, los bomberos de retén comprobaron la presión de las bombas comarcales.

A las dos y media de la madrugada, doña Begoña guardó en la fresquera las últimas torrijas de miel.

A las tres de la madrugada, los técnicos de aguas verificaron el caudal limpio del río.

A las tres y media de la madrugada, el sacerdote extendió su bendición sobre los pastos de siega.

A las cuatro de la madrugada, los primeros cantos de pájaros resonaban en la floresta encartada.

A las cuatro y media de la madrugada, Korta y Leire se fundieron en un abrazo apasionado y tierno bajo el calor de la lumbre.