5. El Monstruo que Crearon
El Monstruo que Crearon
John estampó el vaso contra la pared con tal fuerza que me hizo estremecer desde el pasillo. El sonido restalló con violencia por todo Blackwood Estate, dejando tras de sí un silencio absoluto. Pesado. Peligroso.
Me quedé paralizada cerca de la entrada de la biblioteca, sintiendo el pulso golpearme con fuerza bajo la piel.
Durante un segundo terrible, el instinto me empujó hacia atrás.
Era miedo. Un miedo antiguo. El mismo que sentía al principio, cuando su control se resquebrajaba inesperadamente y yo aún creía que la distancia me protegería.
Pero ahora, algo mucho más potente me recorría el cuerpo: preocupación.
Crucé el pasillo antes de que la prudencia me hiciera cambiar de opinión.
La puerta de la biblioteca estaba entornada.
Dentro, los cristales rotos brillaban sobre el suelo de madera, cerca de la chimenea.
John estaba inmóvil junto al escritorio, con las manos apoyadas en el borde, respirando hondo.
Estaba controlado. Demasiado controlado.
Comprendí de inmediato que aquello era peor que la rabia. La rabia pasa rápido. Esto era presión. Constante, creciente y peligrosamente contenida. John parecía agotado; no físicamente, sino emocionalmente vacío.
La investigación se había recrudecido esa mañana.
Otra noticia. Otra acusación. Otro reportero esperando a las puertas de la finca.
Y, bajo todo aquello, latía la verdad que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar: todo el caos que nos rodeaba había empezado porque John no fue capaz de controlar lo que sentía por mí.
Entré en la habitación con cuidado.
"John".
Sus hombros se tensaron al oír mi voz, pero no se dio la vuelta. Los cristales crujieron bajo mis zapatos mientras me acercaba.
"No deberías estar aquí ahora mismo".
Su voz sonaba calmada. Aquello me asustó más que si me hubiera gritado. Ignoré la advertencia.
"Me has asustado".
Se hizo un silencio largo. Luego, respondió en un susurro.
"Lo sé".
Sin actitud defensiva. Sin negaciones. Solo cansancio. Miré los restos del vaso. La botella de whisky se había hecho añicos contra la pared del fondo y el líquido oscuro manchaba la madera. John seguía sin mirarme. Me dolió, como si estuviera intentando ocultarme algo.
Me detuve a un par de pasos de él.
"¿Qué ha pasado?".
Él soltó una risa seca, sin rastro de humor.
"No ha pasado nada".
Estuve a punto de rebatirlo, pero me detuve. Le conocía lo suficiente para saber lo que significaba esa frase. Habían pasado demasiadas cosas. Demasiada presión, demasiado miedo, demasiado poco control para mantener el equilibrio. Estudié la línea rígida de su espalda.
"No has dormido".
"Tú tampoco".
La respuesta fue inmediata. Instintiva. Se me encogió el pecho. Incluso cuando se estaba desmoronando, seguía pendiente de mí en cada segundo. Me acerqué un poco más.
"Mírame".
John se giró por fin y me faltó el aire. Se le veía al límite. No roto, sino peor: contenido por pura fuerza bruta. Sus ojos mantenían esa intensidad terrible que antes me aterraba. Ahora, verla dirigida hacia su propio interior me inquietaba aún más.
Nos miramos durante unos segundos.
"Esta noche he asustado a alguien del servicio", confesó en voz baja.
Parpadeé.
"¿Qué?".
Tensó la mandíbula.
"Se le ha caído una bandeja en la cocina. Le he gritado".
El asco que sentía hacia sí mismo me sorprendió. Apartó la vista un instante.
"Me ha pedido perdón mientras le temblaban las manos".
Sentí una puntzada dolorosa en el pecho. John parecía horrorizado de sus propios actos. No buscaba justificarse. Sentía vergüenza.
"No debería tenerme miedo en mi propia casa".
Tragué saliva. La mujer que yo era hace un tiempo le habría dado la razón al instante. Ahora, la reacción era más compleja. Sabía cuánto esfuerzo le estaba costando mantenerse íntegro estas últimas semanas y, en parte, empezaba a comprender su tormento. Esa realización me dio escalofríos.
John se pasó una mano por la boca, exhausto.
"No dejo de pensar que, si pierdo el control un solo segundo, todo irá a peor".
"Crees que todo es culpa tuya", susurré con cuidado.
Sus ojos volvieron a los míos al momento.
"¿Acaso no lo es?".
La honestidad de su pregunta me desarmó. Me acerqué aún más, hasta que pude sentir la tensión que irradiaba su cuerpo.
"No".
Él me sostuvo la mirada en silencio. Casi podía ver cómo la culpa, la violencia, la obsesión, James, la partida de Claire y el rechazo del pueblo se amontonaban en su cabeza. Todo junto.
"Tú eras feliz antes de conocerme", dijo bajando la voz.
Se me cerró la garganta. No era una frase manipuladora; era duelo. Un duelo real. Me pegué a él hasta que apenas quedó espacio entre nosotros.
"Yo no estaba viva antes de conocerte".
Las palabras escaparon antes de que pudiera suavizarlas. John se quedó petrificado. Comprendí lo peligrosa que se había vuelto la sinceridad entre nosotros, porque cada verdad vulnerable solo servía para profundizar nuestro vínculo. Me miró como si mi confesión le doliera físicamente.
"No deberías decir esas cosas".
"¿Por qué?".
"Porque quiero creérmelas".
Sentí que las lágrimas me escocían en los ojos.
Dios. Este era el cambio aterrador que se había producido entre nosotros.
El mundo describía a John como un monstruo, y el hombre que tenía delante se agotaba intentando no convertirse en ello.
Y, de algún modo, yo me había convertido en la única frontera entre esas dos versiones.
Debería haberme dado más miedo, pero no fue así. John volvió a desviar la mirada.
"Últimamente no me reconozco".
"Yo sí te reconozco", respondí suavemente.
Sus ojos regresaron a los míos. Alcé la mano con cautela hacia su rostro. Un año atrás, jamás me habría atrevido a tocarle en un momento así. Ahora, mi cuerpo se movía por instinto hacia sus grietas en lugar de huir de ellas. Apoyé los dedos ligeramente en su mandíbula.
John cerró los ojos un segundo. El alivio le recorrió de forma visible. Lo sentí; sentí de verdad cómo la tensión bajo su piel cambiaba. Su respiración se hizo más lenta. La habitación pareció quedar en calma.
Y entonces comprendí algo estremecedor: yo podía calmarle. No del todo, no para siempre, pero sí lo suficiente. Lo suficiente como para que importara. Tanto que John se inclinó inconscientemente hacia mi mano, como un hombre hambriento que busca calor.
Me dolió el pecho. Esto ya no era solo obsesión. Era una dependencia mutua. Él abrió los ojos despacio.
"No deberías tener que hacer esto".
Esbocé una sonrisa triste.
"¿Hacer qué?".
"Controlarme".
Aquello me rompió por dentro. Porque él lo sabía. Sabía exactamente en qué nos estábamos convirtiendo. Negué con la cabeza con suavidad.
"No te estoy controlando".
"¿Entonces cómo lo llamarías tú?".
No respondí de inmediato. La verdad era demasiado íntima para decirla en voz alta. Cuidar de él. Mantenerle unido. Proteger las partes de su ser que el resto del mundo temía.
"Amarte", dije finalmente tras tragar saliva.
El silencio posterior fue inmenso. John me miró como si mi confesión le hubiera desestabilizado. Y quizá fue así. Subió su mano lentamente hasta cubrir la mía, que seguía apoyada en su mejilla. No fue un gesto de control ni de posesión. Fue casi desesperado.
Mi respiración tembló. Fuera, el viento agitaba con violencia los árboles que rodeaban la finca. Dentro, la biblioteca olía a whisky, a humo y a un cansancio emocional absoluto.
"No sé qué pasaría si dejaras de hacerlo", murmuró él sin apartar la vista de mí.
Entendí a qué se refería. Si dejara de calmarle. Si dejara de ser su ancla. Si dejara de amarle así. Debería haberme asustado la responsabilidad que me oprimía las costillas, pero me escuché susurrar:
"No me voy a ir a ninguna parte".
John volvió a cerrar los ojos. Y, por primera vez desde que había entrado en la habitación, la tensión violenta de su cuerpo cedió visiblemente.
Solo un poco. Pero fue suficiente para darme cuenta, con una claridad devastadora, de que esa oscuridad que tanto me aterraba...
ahora confiaba en mí para no desmoronarse.