25
Aelyn perdió la célula de la lavandería durante una sesión sobre harina.
El consejero de abastos llevaba veinte minutos explicando el precio del trigo cuando Neral dejó un pañuelo doblado junto al libro rojo. La tela tenía tres costuras rotas y una mancha de jabón en el centro.
Sala Tercera intervenida.
La señal debía llegar después de una evacuación. Las costuras rotas indicaban que alguien había quedado dentro.
Aelyn continuó escuchando.
—¿Cuántos molinos conservan reservas? —preguntó.
El consejero revisó una hoja.
—Seis en Caleryon y cuatro en las aldeas cercanas.
—Los informes de impuestos registran nueve en Caleryon.
—Tres han cerrado.
—¿Cuándo?
—Durante el último trimestre.
—La ciudad ha recibido harina de los tres durante este mes.
Varek estaba sentado al otro lado de la mesa. Aelyn vio que miraba el pañuelo.
—La comisión usa almacenes cerrados para reservas de emergencia —dijo él.
—El Consejo debe conocer las cantidades.
—Las rutas son confidenciales.
—La gente paga ese trigo.
Darian ocupaba la cabecera. Había regresado de la costa con una quemadura en el cuello y una nueva rigidez en el brazo izquierdo. El informe público hablaba de un ataque contra un convoy. El nombre de Isolde quedaba fuera.
—Entregue las cifras antes de mañana —ordenó.
Varek inclinó la cabeza.
—Entregaré un resumen.
—Las cifras completas.
La sala se quedó quieta.
Aelyn guardó el pañuelo dentro de la manga.
La sesión terminó una hora después. Salió con Neral hacia la galería norte. Dos guardias de la comisión esperaban junto a su oficina.
—Lord Varek ha ordenado revisar los conductos de agua —dijo uno.
—Mi despacho carece de tuberías.
—Revisaremos las paredes.
—Con un representante del Consejo presente.
—La seguridad del Alcázar permite acceso inmediato.
Aelyn entregó el libro rojo a Neral.
—Busca al maestro de obras y a dos consejeros. Que traigan el plano del edificio.
Los guardias esperaron.
La demora le dio tiempo a calcular. La silla con el segundo libro estaba dentro. El tercer registro viajaba cosido a su falda. El primero era público. Si abrían la madera, encontrarían años de nombres.
Darian apareció al fondo de la galería.
—¿Qué ocurre?
—Una inspección de conductos —respondió Aelyn.
Él miró la pared seca.
—Retírense.
Los guardias dudaron.
—La orden lleva sello de comisión.
—Este sector pertenece a la Casa Real.
—Lord Varek ha invocado riesgo de infiltración.
Darian extendió la mano.
—La orden.
El guardia se la entregó. Darian leyó el texto, dobló el papel y lo guardó.
—Pueden informar de que he asumido la inspección.
Los hombres se marcharon.
Aelyn abrió la puerta de su oficina. Darian entró detrás.
—Han registrado la lavandería —dijo ella.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el humo se ve desde el patio.
Darian miró por la ventana. Una columna gris subía junto a las dependencias de servicio.
—La orden que acabo de retirar hablaba de una red dentro del Alcázar.
—La comisión usa esa frase para cualquier persona que copie un nombre.
—También para quienes roban documentos militares.
Aelyn se volvió.
—¿Qué documento ha perdido Varek?
Darian tardó un instante.
—Pregúntaselo a él.
—Te lo pregunto a ti.
La quemadura de su cuello desaparecía bajo el cuello de la camisa. Aelyn vio barro seco en una costura de la capa. Había vuelto directamente al Alcázar.
—Cevran ha operado fuera de mi mando —dijo Darian—. Varek intenta proteger sus rutas.
—¿Encontraste a la mujer?
—Encontré un convoy atacado.
—Alguien te oyó decir un nombre.
Darian se acercó a la ventana.
—Mis guardias entregaron informes distintos.
—Eso responde otra pregunta.
—Es la única respuesta que tendrás.
Aelyn abrió el primer cajón. Sacó un pliego oficial sobre acceso a detenidos.
—Firma esto.
—¿Qué es?
—Una orden para que Ravel examine a todas las personas tomadas en la lavandería.
—Aelyn.
—Estás retirando inspecciones de mi oficina. Haz algo por quienes carecen de puerta propia.
Darian leyó el pliego.
—Varek dirá que intervengo en una investigación técnica.
—Que lo diga en el Consejo.
Firmó.
Aelyn selló la orden antes de que pudiera cambiar de idea. Neral regresó con los consejeros y el maestro de obras. La inspección quedó suspendida por falta de conductos.
Cuando Darian salió, Aelyn cerró la puerta.
—¿Cuántos? —preguntó a Neral.
—Orla envió la señal. Cinco detenidos, dos desaparecidos. Lenda salió con una bolsa. Un guardia la siguió.
—¿Orla?
—Continúa dentro del Alcázar. Quemó los registros visibles y abrió el conducto de ceniza.
—¿Quién quedó en Sala Tercera?
Neral le dio cuatro nombres. Aelyn conocía tres. La cuarta era una niña de dieciséis años que planchaba capas y llevaba mensajes dentro de los botones.
—Nelia Dorel murió durante la entrada —dijo Neral.
Aelyn apoyó las manos sobre la mesa. Dieciséis años. A esa edad había vuelto de Uln con una amonestación que guardó entera y una carta para Isolde donde le había costado escribir lo ocurrido. Había tenido un día siguiente para hacerlo.
El pañuelo seguía dentro de su manga. Lo sacó y encontró una puntada pequeña, rehecha con hilo más oscuro. Nelia arreglaba lo que otras dejaban pendiente antes de terminar el turno.
—Dime quién la vio —pidió.
Neral le dio el nombre del guardia que había llevado el cuerpo. Aelyn lo anotó al lado del de la muchacha. Tuvo que apoyar el codo para que la pluma dejara de temblar.
—¿Familia?
—Madre y hermano menor en el barrio del canal.
—Ravel los visitará. La orden firmada le permitirá salir del Alcázar.
—Varek vigilará al sanador.
—Mandaremos también a un escriba de abastos y a dos inspectores de molinos. Cada uno llevará una parte.
Neral entendió.
—La célula está perdida.
—Sala Tercera desaparece hoy. Nadie usará sus rutas.
—Orla puede reconstruirla.
—Orla elegirá otro trabajo cuando salga. Las personas de esa sala decidirán por separado si continúan.
Aelyn abrió la pared falsa detrás de un mapa. Sacó una bolsa de monedas, cuatro sellos civiles y una lista de refugios vacíos.
—¿Qué hacemos con los detenidos? —preguntó Neral.
—Los convertimos en asunto público.
—La comisión negará los nombres.
—Los leeré en la sesión de mañana.
—Eso confirmará que recibiste información de la lavandería.
Aelyn tomó el libro de entradas del personal. Los cinco figuraban como empleados reales.
—Confirmará que una consejera conoce quién trabaja en su propio palacio.
Neral guardó las monedas.
—¿Y Lenda?
—Seguirá su salida.
—Puede llevar el documento que buscan.
—Por eso debe decidir sin una orden mía.
Aelyn abrió la silla.
El libro oculto seguía allí.
Lo sacó por última vez.
Durante cuatro años había confiado en la repetición. Cada nombre existía en tres lugares. El libro de la silla se había convertido en un cuarto punto, demasiado grande para huir y demasiado valioso para perderlo entero.
Aelyn cortó el hilo del lomo.
Neral la observó separar los cuadernillos.
—Pensé que jamás destruirías un libro.
—Conservo las páginas.
—Pierdes el orden.
—El orden está en el tercer registro.
Dividió los nombres por rutas. Los sanadores recibieron a los enfermos y a quienes habían pasado por prisiones. Los barqueros conservaron puertos y salidas. Los mercados guardaron impuestos, deudas y desalojos. Las familias tomaron los traslados.
Cada paquete llevaba instrucciones distintas. Nadie recibía el índice completo.
Aelyn arrancó las páginas en blanco y las dejó dentro de la silla. Volvió a cerrar el lomo alrededor de ellas.
—Cuando registren la oficina, encontrarán un libro vacío —dijo Neral.
Aelyn pasó los dedos por el lomo. Había abierto aquella silla tantas noches que sabía encontrar el cierre a oscuras.
—Seguirán vigilando esta habitación.
—También a quien se siente aquí —dijo Neral.
Ella dejó el primer paquete en sus manos.
—Por eso te lo doy ahora. Si mañana me impiden salir, avisa a Orla por el mercado.
Neral se guardó las páginas bajo el abrigo y esperó hasta que Aelyn retiró la mano del respaldo.
La distribución empezó con la orden de Ravel.
Un sanador salió hacia la familia de Nelia Dorel.
Un escriba llevó la nómina de la lavandería al archivo público.
Dos inspectores recorrieron los molinos cerrados y dejaron páginas bajo piedras marcadas.
Orla abrió la salida de ceniza para los paquetes destinados al mercado.
Al amanecer, la silla guardaba silencio.
* * *
Aelyn leyó los nombres de los detenidos ante el Consejo.
—Tesa Ol, Farin Vey, Mael Orda, Pira Len y Soren Tal —dijo—. Trabajadores del Alcázar. La comisión los mantiene en un lugar que el registro de guardia omite.
Varek cerró su carpeta.
—Fueron trasladados para interrogatorio.
—¿Dónde?
—Una instalación segura.
—El regente ha firmado acceso médico.
Aelyn dejó la orden sobre la mesa.
Darian reconoció su firma.
—Entregue la ubicación —dijo a Varek.
—Uno de los detenidos lleva información sobre una red capaz de infiltrar el Alcázar.
—Entregue la ubicación al sanador real.
—La comisión elegirá al médico.
—He elegido yo.
Varek miró la quemadura del cuello de Darian.
—Las decisiones recientes del regente requieren revisión de seguridad.
Los consejeros dejaron de fingir interés por sus papeles.
Darian se puso de pie.
—Mida sus palabras.
—Mido los resultados. Un prisionero liberado. Tres núcleos perdidos. El objetivo identificado y fuera del cierre.
Aelyn observó las manos de Darian. La derecha se cerró sobre la mesa. La izquierda permaneció junto al sello real.
—La unidad técnica desobedeció mis órdenes —dijo.
—La unidad cumplió las suyas.
—¿Las de quién?
La puerta se abrió antes de que Varek respondiera.
Cevran entró cubierto de nieve seca. La quemadura de su cara se había abierto. Llevaba una caja de hierro y una bolsa oscura.
Varek salió a su encuentro.
Cevran le entregó la caja. Después sacó una lámina de cobre y la guardó dentro. La bolsa contenía una chaqueta con documentos.
Aelyn vio un sello rojo entre los pliegues.
Darian también.
—Capitán Tor —dijo—. Ordené su detención.
Cevran mantuvo la mirada en Varek.
—La comisión asumió el mando operativo.
—Queda arrestado.
Varek cerró la caja.