Cencella 5° (Saga Cencella 5) CAPITULO 08
35%

CAPITULO 08

A l salir del arena, el equipo se dirige directamente al aeropuerto, donde toman un vuelo de regreso a Vancouver.

Alrededor de las dos de la mañana, Anthony va conduciendo hacia su casa, acompañado de la soledad, el silencio y la adrenalina que aún tiene por el partido.

Está embargado por un torbellino de sensaciones que transitan en su interior, en un minuto siente felicidad, entusiasmo, orgullo, euforia y al otro segundo siente cansancio, tristeza, desasosiego y melancolía.

Es un coctel de emociones post partido, que intenta digerir de la mejor forma posible, ya que viene adherido de manera invisible al hecho de portar la camiseta de jugador de hockey.

Anthony, al igual que el resto de profesionales en ese deporte, tiene la tarea de aprender a beber dicho coctel con rapidez y pasar a la siguiente página, pero cuando se tienen entre tres y cinco partidos por semana, no hay espacio para asimilar las emociones con lentitud, ya que en un solo pestañeo, están subiéndose a la siguiente montaña rusa.

Termina de estacionarse, y al bajar de la camioneta, todos los chicos se acercan para abrazarlo, a la vez que saltan emocionados. George y Cooper se quedan a su lado sintiéndose eufóricos mientras que Victoria y Carol lo abrazan, Max y Leo siguen encendiendo fuegos artificiales.

Ellos comienzan a comentar sobre todo lo sucedido en el partido, reviven cada gol, mientras que continúan bebiendo y celebrando, hasta que Cooper interrumpe la conversación.

—Tony… nos estamos olvidando de preguntarte algo importante. ¿Qué demonios hacia Alex en el túnel?

—¿Cómo supieron eso? —inquiere Anthony, riéndose—. ¿Ella se los dijo?

—Hijo… es que ella salió en la transmisión, te enfocaron dos veces celebrando ahí en la esquina de la banca —explica George—. ¿Cómo llegó ahí?

—¿Es que no vieron la trifulca en la primera fila?

—Sí, vimos que todo el equipo salió a formar alboroto antes de iniciar el periodo, pero nadie supo que pasó —aclara Max.

—¿Entonces fue por una pelea en las tribunas? —inquiere Leo, frunciendo el ceño—. Pero… ¿por qué se involucró el equipo? No entiendo.

—Fue una locura… —dice Anthony, con un suspiro largo—.

Alex estaba viendo el partido en la tercera fila detrás de nuestra banca, antes de iniciar el ultimo periodo, ella se acercó al cristal, cuando la vi, me acerqué a saludarla, y note que estaba con una niña como de seis o siete años que cargaba la camiseta de Harrison, entonces yo fui y busqué a Harrison para que la saludara.

Cuando nos acercamos a ellas, él se ríe y me dice que es su sobrina Mary.

Yo eso no lo sabía y pues Alex tampoco estaba al tanto —añade sonriendo—.

Entonces él la saluda, le pasa un puck y unos fanáticos de Los Ángeles que estaban junto a ellas lo agarraron y se lo quedaron, por lo que Harrison le pasó otro, pero volvieron a agarrarlo.

—¡Qué hijos de puta! —replica Cooper, mientras que George a su lado, asiente con la cabeza.

—Obviamente, ya estábamos molestos por la situación, entonces Harrison vuelve a pasarle otro disco, pero esta vez, dos idiotas se tiraron encima de las chicas y las empujaron contra el cristal.

Ni siquiera les importó que Alex cargaba a Mary en los brazos, en ese momento fue que la niña empezó a llorar.

Nosotros comenzamos a reclamarle a los fanáticos, llamando la atención de nuestros compañeros hasta que se acercaron.

—¡Ay Dios! ¡Pobrecita de Alex! —exclama Carol, visiblemente afectada.

—Ahí fue cuando Harrison le pasó su stick a Mary, Alex la levantó para que ella lo agarrara, pero apenas lo tomó, uno de estos idiotas se lo arrancó de las manos, y en el proceso, golpeó a Alex en la cara con la hoja.

Les juró que no sé cómo el vidrio resistió todos mis golpes, después que vi eso —confiesa Anthony, frunciendo el ceño—, pero estábamos ahí observando lo que pasaba, todos reclamamos y teníamos ganas de matar a esos imbéciles.

—¡Por Dios! ¡Eso fue horrible cariño! ¿Por eso la sacaron de la tribuna?

—Sí mamá, pero antes de eso, en lo que Alex vio que le habían quitado el stick a Mary, fue a encarar al hijo de puta, y como no se lo devolvió, ella le dio un golpe seco directo al estómago, que le reinició el sistema y lo tumbó al piso —comenta Anthony, causando que todos los demás se rían.

—¡Se lo merecía! —interviene Leo, sonriendo.

—Después de eso, otro de los imbéciles tomó el stick de las manos de Alexa, esta vez ella se volteó y le repitió la misma dosis. El idiota cayó arrodillado, privado de dolor, ahí fue donde ella agarró el palo y se lo devolvió a Mary, que fue el momento cuando Larsoon entró y las sacó a ambas.

—¡Maldición! ¡Derribó a dos chicos! ¡Creo que tendré que representarla! —bromea Cooper.

—¡¿Por qué no vimos eso?! —replica George, riéndose—. Ningún comentarista sabía lo que había pasado, ellos pensaban que ustedes reclamaban algún penal.

—¿Y cómo esta Alex? —pregunta Leo, preocupado—. ¿Por qué ella no dijo nada del golpe?

—No lo sé… supongo que no quería preocuparlos, pero ella está bien, el doctor la atendió ahí mismo. Aunque sí se le inflamó y tenía roja la mejilla. Estoy seguro de que mañana le va a doler mucho—comenta Anthony, resoplando.

Todos siguen comentando sobre los sucesos del partido, después de más o menos una hora, Cooper y Carol se despiden, Anthony y George los acompañan a su auto mientras que Leo, Max y Victoria suben a sus habitaciones para acostarse.

—Bueno cariño, ve a descansar. Yo voy a recoger un poco acá el desorden, porque todavía tengo la adrenalina a mil por hora y eso que no estaba ahí, aún no tengo sueño —dice George, a la vez que comienza a recoger los vasos y las latas de cerveza en el jardín.

Anthony se sienta frente a la fogata y se queda viendo las llamas pensativo durante unos segundos, luego mete su mano al bolsillo para sacar su teléfono, pero siente algo más. Extrañado, lo toma y cuando lo saca, se da cuenta que es el palito de la chupeta.

Apenas lo ve, se quiebra emocionalmente y coloca una mano sobre su cara. En ese instante, George sale de la casa luego de ir a buscar una bolsa para la basura, de inmediato nota el estado de Anthony y se acerca a él.

—Cariño… ve a acostarte, te quedarás dormido ahí sentado.

—Ahorita voy —murmura Anthony, sin levantar la mirada.

George lo escucha y decide dejarlo mientras que se concentra en recoger toda la basura, luego de unos diez minutos, cuando termina, se dirige hacia la casa pero se detiene cuando nota que Anthony se encuentra en la misma posición, por lo que se vuelve a acercar a él.

—¿Hijo? ¿Te dormiste?

Anthony niega sutilmente con la cabeza, pero no se mueve de posición, manteniendo la mano sobre su cara.

—Hijo… vamos adentro. Ya es tarde, está haciendo mucho frío y tienes que dormir.

Él vuelve a negar sin emitir ningún sonido.

—Cariño… ¿qué pasa? —pregunta George, preocupado.

—Nada —susurra él, con la voz quebrada.

En ese momento, George se da cuenta que Anthony no tenía la mano cubriéndose el rostro porque se estuviera durmiendo, sino porque está llorando y no quería que lo viera.

—Hijo… sé que algo te pasa, sabes que puedes decirme.

—Tranquilo Pá, estaré bien —murmura él, con la voz entrecortada.

—Pensé que estabas feliz… ¿dime que pasó?

¿Qué problema tienes? —insiste George, sentándose a su lado en la banca—.

Puedes confiar en mí, yo sé que… he sido duro contigo antes, pero…

era solo porque intentaba ayudarte y guiarte.

Quizás no dé los mejores consejos, también sé que no tengo la respuesta a todo, pero siempre estaré para oírte y apoyarte.

Anthony se seca las lágrimas y finalmente levanta la mirada para ver a George.

—Papá, te amo. Está todo bien, de verdad, no tienes nada de qué preocuparte.

—Pero ¿cómo me dices eso? Estoy viéndote llorar.

—Mañana se me pasará —susurra Anthony, limpiándose el rostro.

George lo abraza con fuerza, mientras que Anthony apoya la cabeza en el hombro de su padre.

—Tony… te siento muy triste.

Anthony lo escucha y no puede controlar las nuevas lágrimas que corren por sus mejillas.

—Eres mi bebé y siempre lo serás, yo no puedo verte mal, cariño. Sé que… no te gusta abrirte conmigo, pero… no puedo verte sufrir así.

Anthony toma una respiración profunda, en un intento por contenerse, pero es en vano.

—Creí que estabas feliz… antes se te veía muy emocionado. Ahora me siento mal, por no darme cuenta antes de que algo te estaba pasando.

—Pá... yo... estoy feliz —afirma Anthony, a la vez que se viene en un mar de lágrimas, que no puede contener más.

—Hijo, llora lo que necesites —murmura George, acariciándole la espalda para reconfortarlo—. Desahógate, estas reprimiéndolo todo y eso no te hace bien.

Anthony se encuentra privado en llanto, luego de unos segundos, suelta a su padre y se lleva las dos manos a la cara. George no sabe cómo actuar en esta situación, no quiere que él se cierre por completo.

—Cariño… dime algo... me estás matando.

—Pá… yo… estoy bien.

—No quiero insistirte, pero… es claro que no lo estás.

—Es que… yo solo necesito que ya sea mañana.

—¿Por qué? ¿No te gustó el partido de hoy? ¿Es mucha presión? ¿Estás agobiado por eso?

—No Pá —responde Anthony, secándose el rostro—. Ese no es el problema.

—¿Sucedió algo en el viaje de regreso?

—No tengo problemas. Estoy muy bien… te lo juro por Kenny, que no hay nada mal.

—¿Entonces por qué lloras? —cuestiona George, confundido.

—No es nada... solo… estoy un poco triste.

—Hijo, mírame —dice agarrándole la mano—. ¿Cuéntame por qué te sientes así?

—Fue raro llegar a casa —murmura Anthony, con la voz quebrada y baja la mirada—. No se sintió del todo bien —añade esto último con un suspiro.

—¿No te gustó que te esperáramos? —inquiere George, frunciendo el ceño.

—Claro que sí Pá, eso lo amé. Yo siempre quiero estar con ustedes, me gusta estar en casa con todos —afirma él, con un tono lleno de tristeza.

—¿Entonces?