Cazadora Perdida (Serie Kat Drummond 6) 14. Una amiga muy lejana
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14. Una amiga muy lejana

Una amiga muy lejana

—Kat... —susurró el viento en mi oído. Me encontraba en un campo vacío, rodeada de hierba de un verde oscuro hasta donde alcanzaba la vista. El cielo estaba gris y amenazaba lluvia, aunque el aire era seco y la temperatura se mantenía en un punto indefinido entre el frío y el calor. Olía a muerte.

—Kat... —bramó de nuevo el viento.

—Treth, ¿oyes eso? —susurré.

No hubo respuesta. Expandí mis sentidos para ver si podía detectarlo en su cámara. No estaba allí. De repente, sentí un vacío inmenso en mi interior, como si hubiera perdido una parte de mi propia alma. ¿Dónde estaba Treth? ¿Dónde estaba mi caballero?

—¡Kat! —gritó el viento, pero no era el viento. Era Candace.

—¿Candace? ¿Qué está pasando?

—El Mentor, Kat —medio gritó, medio susurró ella—. Ha vuelto. El hombre que mató a tu familia.

—¿Dónde estás? ¿Qué es esto?

—Tengo que esconderme, Kat. No puedo dejar que me atrape otra vez. No puede tenerme a mí ni a tu ojo.

—¿A qué te refieres?

—El ojo nos conecta. Él no querrá eso. No quiere nada que no pueda controlar.

—¡Candace! Vuelve. Podemos ayudarte.

—¡Él lo sabrá! No puedo. Tengo que huir. Lejos, muy lejos...

Un rayo impactó en el campo y torrentes de lluvia golpearon la tierra. Oí un siseo cuando la lluvia arreció sobre mi abrigo de salamandra. Apenas lo había notado antes; aquí se sentía como una segunda piel.

—¡Candace! Cálmate. Estoy aquí.

—No, no... no estés aquí. Viene a por mí. ¡Y después vendrá a por ti!

—¿Quién es él? ¿De qué estás hablando?

—El hombre que reconstruirá el mundo, Kat. Mi mentor. El hombre que ordenó la muerte de mi padre. El hombre que mató a tus padres. ¡El Mentor! El que hizo pedazos tu alma.

Ella lanzó un grito.

—¡Candace! ¡Candace! Háblame. No dejes que la locura se apodere de ti otra vez. Hemos pasado por demasiado juntas. ¡Somos hermanas, Candace! Y te protegeré pase lo que pase.

Tan bruscamente como había empezado, la tormenta amainó. Candace no respondió, pero sentí su presencia.

—Kat —susurró—. No puedo volver. Todavía no. Pero lo haré. Cerca del final. Cuando ambas podamos cobrarnos nuestra venganza...

Venganza.

Ya la había catado. La sangre de un odiado hombre lobo. Se había sentido bien al abatirlo. Bien al verlo sufrir. Pero eso fue mientras estaba furiosa. Mientras la rabia y el odio me alimentaban.

No creo que odiase ya a Andy. No me arrepentía de haberlo matado, pero era difícil odiar a un cadáver. Bueno, difícil odiar a cadáveres que no anduvieran por ahí.

Pero de eso se trataba. Él no andaba por ahí. Estaba muerto. Por mi mano. Me había cobrado mi venganza. Y fue dulce por un tiempo, pero no trajo a Colin de vuelta. Y nunca lo haría.

¿Acaso matar a este Mentor, el hombre que me había hecho todo esto, el hombre al que debería odiar y de hecho odiaba más que a nadie en los reinos, me traería consuelo?

¿Valdría la pena tener un corazón lleno de odio por vengarme de él y vengar a mis padres?

¿Importaba realmente, viendo que nunca podría devolverme a mis padres? ¿Que no cambiaría nada?

Eran preguntas estúpidas. La respuesta a todas ellas era obvia.

Muy sencilla. Porque ya tenía el corazón lleno de odio.

Y no podía, ni debía, obligarme jamás a perdonar a un hombre así.

Especialmente si iba tras mi amiga, mi hermana.

Y si mi enloquecida hermana de alma estaba en lo cierto, entonces también venía a por mí.

Lo mataría. Y disfrutaría al hacerlo.

Porque, por mucho que estuviera de acuerdo con Treth en que cazábamos por amor, yo necesitaba esto.

El Mentor moriría. Por mi mano. Este año, el que viene, en diez o en veinte. No importaba. Había esperado tanto por mi venganza que podría esperar hasta la eternidad, siempre que la eternidad terminara con mi hoja atravesando su corazón.

—¿Por qué tardas tanto en elegir? ¡Si son todos espadas!

—exclamó Brett, mientras estábamos en el abarrotado mercado nocturno de Long Street, en el Casco Antiguo.

Estábamos rodeados de otros compradores, bajo el calor de las doradas farolas y el olor de una comida callejera espléndidamente grasienta.

Brett devoraba un pad thai de gambas con un tenedor de plástico, mientras yo manejaba con destreza mis palillos sobre un chow mein de pollo.

—Esa horda de ratas gigantes nos dejó un buen sueldo —respondí—. Quiero gastarlo en algo digno de los Cruzados.

—Los Cruzados de Kat —corrigió él, señalándome con una gamba.

—No voy a llamarlos así.

—Yo sí.

—Pues me alegro por ti.

Él sonrió y se comió la gamba.

No estaba mirando un puesto de espadas cualquiera como el año pasado.

Este puesto lo regentaba un herrero del Reino de las Tierras Altas.

Uno bastante reputado. El año pasado yo había sido más frugal y no me habría atrevido a acercarme al puesto de un maestro herrero así.

Pero ahora que sabía que estaba comprometida con este estilo de vida, sentía que necesitaba armas dignas de mis múltiples desafíos.

Y me estaba cansando de las toscas espadas de Brett.

Los Cruzados habían estado aceptando muchos trabajos.

Esas cosas que las agencias no querían. Lo que antes era mi pan de cada día.

Uno pensaría que eso significaba que no ganábamos buen dinero.

Se equivocaría. Debajo de todos esos trabajos de alto nivel y grandes ligas, había una montaña de misiones que necesitaban solución.

Demasiadas para que las manejaran las agencias.

Solían reservarse para autónomos, como lo había sido yo.

Pero muchas de estas misiones no eran aptas para autónomos en solitario.

Los Cruzados contaban con un purificador de la Luz Sagrada, un experto en demoliciones y brechas, un experto en ametralladoras con amplios conocimientos sobre monstruos y una espadachina con un fantasma en la cabeza.

Eso nos hacía especiales. No éramos una agencia de renombre, pero tampoco un autónomo solitario.

Como resultado, nos habíamos hecho un hueco en la industria de la caza de monstruos, aceptando los trabajos demasiado pequeños para las agencias pero demasiado grandes para los autónomos.

Le pagaba el alquiler a Cindy, le pagué a mi antiguo casero los meses atrasados (a pesar de la renuencia de Brett y Treth) y estábamos obteniendo beneficios.

Brett y Guy estaban empezando a reponer su arsenal vendido e incautado.

Yo me había comprado una armadura corporal nueva.

Y ahora, era el momento de reemplazar mis espadas.

Eché un vistazo a los precios de las espadas encantadas, que ya venían con endurecimiento, purificación y capacidad de corte extra. Hice una mueca y aparté la vista. Nos iba bien, pero no tanto.

—¿Puedo ayudarla, señorita? —dijo un dependiente, de pie al otro lado del mostrador protegido por un cristal reforzado.

—Eh... —dije, si es que eso podía considerarse realmente decir algo—. Busco algo que esté listo para el combate.

El dependiente sonrió, esa sonrisa insincera de cara al público.

—Por supuesto. Todo lo del Maestro Menzies está listo para el combate. Atiende a cazadores de monstruos, fuerzas especiales e incluso al Cuerpo del Trueno.

—Interesante —comentó Brett mientras masticaba—. ¿Por qué vendes tus cosas en Long Street, entonces?

—Brett...

—No, señorita, es una pregunta válida —el dependiente miró fijamente a Brett—.

Hope City tiene una próspera industria de caza de monstruos, caballero.

No solo de las megaagencias, sino de cada autónomo sobre el terreno.

Las Herrerías Menzies ganan tanto dinero vendiendo en el mercado nocturno como con los pedidos especiales para Puretide.

—Espero que vender a autónomos signifique que hay buenas ofertas para nosotros, los peces pequeños —dije yo.

—Hay algo para cada bolsillo. ¿Qué tipo de monstruos cazan ustedes?

—No muertos, sobre todo.

Casi frunció el ceño, pero se contuvo. —Puede que una hoja de Menzies no sea necesaria...

—¿Te has enfrentado alguna vez a una horda de zombis, colega? —le interrumpió Brett.

—No, pero...

—Entonces —Brett se volvió hacia mí—, deberíamos explicarte qué buscamos. Puede que no las fabriquemos, pero conocemos nuestras armas.

—Por supuesto, caballero. ¿Señorita?

Sobresaltada, y un poco avergonzada por la asertividad de Brett, tardé un momento en responder.

—Cazo algo más que no muertos —dije—. Así que necesito algo versátil.

Lo bastante rápida para responder a los atacantes, pero lo bastante robusta para que no se parta en combate.

Va a cortar mucho hueso. También necesito protección para la mano y algo que asegure que la hoja no salga volando si me quedo sin aliento. Eh...

—¿Plata? —sugirió Brett.

Negué con la cabeza. —La plata se mella demasiado rápido. Confiaré en tu plata cuando la necesitemos.

—Si me permite sugerirle algo, si lo que caza son espíritus o vampiros, un encantamiento de purificación puede funcionar tan bien como la plata. Sin embargo, no servirá contra hombres lobo.

Asentí. Sonaba bien, pero viendo el recargo por los encantamientos aquí, quizá encargaría el de cualquier espada que comprara en otro sitio.

—Entonces, ¿tiene algo que se ajuste a mi descripción? Ah, y lo más importante. Necesito dos. Lucho con dos armas.

El dependiente meditó mi petición y finalmente respondió.

—Tengo un juego en stock que creo que le gustará. Síganme, por favor.

Nos guió por la hilera de vitrinas hasta que vi las espadas en cuestión con mis propios ojos.

—Doble acero forjado Menzies, por supuesto. El guardamanos viene preparado para inscripciones de encantamiento, así que la hoja se puede personalizar a su gusto. La hoja de estilo alfanje es rápida y duradera.

—¿Un alfanje, Kat? —Brett sonrió, se mascaba el chiste—. Deberías ponerte un parche sobre tu ojo nuevo para ir de pirata total.

—Ja, ja, qué risa.

—Es «¡arrr!», en realidad.

Al dependiente no pareció hacerle gracia.

—¿Puedo probar el agarre?

—Ciertamente.

Abrió la vitrina y cogió las espadas. Vi que el guardia de seguridad que estaba detrás nos vigilaba, por si nos daba por salir corriendo. Llevaba tanto una espada de Menzies como una pistola. Por suerte para nosotros, no éramos de los que robaban.

El peso de la espada se sentía bien en mi mano.

Mejor que mi bracamante y mi wakizashi, de hecho.

Sentí que estaba traicionando de repente a mis viejas espadas, pero examiné con más atención las hojas de estos alfanjes.

Tenían más o menos la misma longitud que mis antiguas armas, quizá un centímetro más.

Tenían una curva agradable y el acero se veía de calidad. Le devolví la hoja.

—Si aún no se ha decidido, puedo hacerle una demostración de su poder de corte.

—Sí, por favor.

Sacó un cilindro de gel balístico, diseñado para demostrar la potencia de cualquier tipo de arma cinética, y lo colocó en un gancho que colgaba del techo provisional del puesto. Dentro de los límites del tenderete, no tenía que preocuparse de golpear a nadie.

Adoptó una postura que recordaba a la de un esgrimista, echó la hoja hacia atrás y, con un golpe rápido, partió el gel balístico en dos. Dada la consistencia de la carne humana, aquello era impresionante. Y la velocidad...

—Me las lle... —me detuve a tiempo. ¡Regatea, Kat! No parezcas demasiado ansiosa.

—¿Cuánto por la pareja?

—¿Para usted? —consideró un precio—. Diez mil dólares.

Casi escupo mi café inexistente.

—Podría comprar un rifle antimaterial del calibre .50 por ese precio —exclamó Brett. Mentía en parte; no podría hacerlo legalmente, pero eso no lo había detenido antes.

—Caballero, estos son alfanjes de caza cortos de primera calidad, diseñados y forjados exclusivamente por Menzies. Ese precio va con el prestigio.

—He oído hablar de tirar por lo alto —dije yo—, pero ese precio es ridículo.

—¡Señorita! Me insulta. Pero bajaré. ¿Qué le parecen nueve mil dólares?

—Aun así, podría comprar muchas armas —que insisto en que son mejores que las espadas— por esa cantidad.

—¿Señorita?

—Baje más.

—Señorita, ¿por qué no pone usted un precio?

—Dos mil dólares.

—¡Señorita! Eso es demasiado poco.

—¿Punto medio?

—Estas son dos de las mejores espadas que verá en Hope City. ¡No! ¡En el mundo!

—Y ningún autónomo podrá permitírselas. Son buenas, se lo concedo, pero ese precio no lo vale. Y además, usted no cree que las necesite para cazar zombis.

—Yo no he dicho eso...

—Pero lo ha pensado. Bien, tres mil dólares.

Él suspiró. —Lo mínimo que puedo aceptar son seis mil dólares. Y solo bajo tanto porque necesito la venta para mi cuota diaria. Menos de eso no contará como venta. Para eso prefiero fingir que las han robado y cobrar el seguro.

—Bueno, podríamos ayudar...

El guardia de seguridad gruñó. No había posibilidad de eso, entonces.

Seis mil dólares. Nos había ido bien, pero no tanto.

Entre el trol, las ratas gigantes, un montón de zombis y una plaga de necrófagos, solo me habían quedado cuatro mil dólares netos.

Y necesitaba parte de eso para comida, alquiler y otras cosas.

No podía permitirme esas espadas, por mucho que las quisiera.

Me preparé para rechazarlas, sintiendo también la decepción de Treth. A él también le habían gustado.

Brett me tocó el brazo. Sorprendida, lo miré.

—Yo pongo el resto.

—¿Qué? No...

—Considéralo un gasto de empresa —dijo con una sonrisa.

—¿Y qué hay de reponer tu equipo?

—Guy y yo ya tenemos bastante. Cindy dice que somos unos acumuladores.

—Bueno, en eso tiene razón.

—Y tú necesitas un par de espadas nuevas.

—Pero, Brett...

—Me lo puedes devolver.

—Ah, si es así...

—Con una cita.

—¿Qué?

Antes de que pudiera negarme o asimilar lo que estaba pasando, Brett le entregó su tarjeta al dependiente y transfirió el dinero. Mientras llevaba las espadas de vuelta a casa, me di cuenta de que Brett había pagado el importe íntegro.