Cazadora Perdida (Serie Kat Drummond 6) 2. Monster Slayer
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2. Monster Slayer

Monster Slayer

—¿Cómo que estás en la lista negra? —preguntó Brett por teléfono, horrorizado.

—El puto cliente se ha negado a pagarme y mi aplicación no funciona.

—¿Tengo que ir a darle una lección?

—Sé librar mis propias batallas, Brett. Y ya estamos en la cuerda floja de por sí.

No estábamos exactamente en una lista de vigilancia (bueno, en realidad puede que sí), pero se nos estaban acabando los amigos en esta ciudad.

Los cazadores que me habían ayudado a vengar a mi novio muerto habían tenido que pasar a la clandestinidad.

Los que no estaban muertos, claro. Tenían carreras que proteger y asesinar al hijo de un concejal no era la mejor forma de garantizar la estabilidad laboral.

Hammond y los demás no me hablaban. Brett me aseguraba que no era por resentimiento, pero yo lo sabía bien.

Los había llevado a una trampa. Y sus amigos habían muerto por ello. ¿Y qué ganaban ellos a cambio?

Tenía que compensarlos por lo que habían hecho por mí. Pero antes de eso, necesitaba poner en orden mi propia vida.

—Tengo que llegar al fondo de esto —continué—. Si no puedo cazar, entonces...

No quería ni imaginarlo. Ya había dejado la universidad. No es que pudiera permitírmela con mis ingresos actuales, de todos modos. Pero si no podía cazar, ¿qué iba a hacer con mi vida?

—Deberías fichar por Drakenbane —sugirió Brett—. No necesitas una licencia de autónomo para eso. Estarás protegida bajo la licencia de agencia.

—No se me da bien trabajar en equipo.

—A falta de pan, buenas son tortas. Y se te dan genial los trabajos en equipo.

—Odio los equipos.

—Decidiré no ofenderme por eso. De todas formas, escucha esto: Drakenbane está reclutando de nuevo. Para cubrir algunas bajas.

No hizo falta mencionar que algunas de esas bajas eran culpa mía.

—Hablaré bien de ti. Guy también lo hará. Sería estupendo tenerte con nosotros.

—Tendría más sentido que me uniera a Puretide.

—¿Esos moñas? Los beneficios de Drakenbane son mucho mejores. Te reembolsan la munición. No tienes que comprar la tuya.

—Yo uso espadas.

—Bueno, también hay otras ventajas. Pero sobre todo... —prácticamente podía ver su sonrisa burlona al otro lado de la línea—. Podrás trabajar conmigo.

—Eso es más bien un riesgo laboral —me reí—. Me lo pensaré.

Brett le contestó a alguien que estaba con él.

—Dale recuerdos a Guy —dije.

—¿Y a mí qué?

Me reí y colgué.

—Esto es serio, Kat —dijo Treth, después de que guardé el móvil en el bolsillo de mi chaqueta.

—Todo es serio contigo.

—¿Cómo estaba Brett? —preguntó Duer.

—Está bien. Y gracias por la ayuda de antes.

Resplandecía de orgullo. Parecía que no le importaba haber servido de cebo si la caza salía bien al final.

—¡Porque últimamente todo es serio! —respondió Treth.

Dejé de caminar por la calle. No podía permitirme un taxi y alguien me había robado la moto mientras estaba internada en el Campo Candace.

—¿Crees que no lo sé? —susurré—. ¿Crees que vivo felizmente ajena a que estoy sobreviviendo a base de fideos instantáneos mientras mi gato tiene que vivir con Cindy porque no puedo permitirme alimentarlo? ¿Crees que quiero esto?

—Te estás volviendo descuidada —fue su respuesta.

Levanté los brazos en señal de resignación.

—Como si eso ayudara de algo, Sir Treth de Concord. Gracias.

No respondió, e incluso Duer se quedó callado. Reemprendí la marcha.

—Lo siento —dijo finalmente Treth.

—¿Por qué cojones?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Suspiré y me apoyé en un árbol. Duer voló hasta las ramas altas. Para mirar flores o lo que fuera.

—Somos un puto desastre, ¿verdad? —dije.

—Es por esa necro...

—Candace no tiene nada que ver con esto. Este es nuestro problema. Tuyo y mío.

—¿Cuál es mi problema? —saltó Duer desde la copa del árbol.

—Cállate, Duer.

—Cállate tú.

—Te tocó la nigromancia, Kat —dijo Treth. Sonaba como si estuviera intentando recitar las escrituras pero estuviera fallando. Su voz era demasiado emocional. Eran sus propias palabras, no las enseñanzas de sus maestros y amigos muertos hacía tiempo—. Esa clase de mancha no desaparece así como así.

—¿O sea que ahora soy malvada?

—No... no. Malvada no. Jamás malvada, pero...

—Entonces asunto zanjado. Malvada no. Estoy bien. Bueno, mi chi o lo que sea está bien. No estoy manchada por la oscuridad.

Sonreí, intentando desarmarlo. Fallé.

—Sigo pensando que deberíamos haber...

—¿Haber hecho qué?

Vaciló, pero vi sus pensamientos por un instante.

Matado a Candace.

—Es como una hermana para mí, Treth.

—Y ese es el problema.

—Treth —susurré, intentando ser diplomática—. Hemos pasado por mucho. Pero no lo has visto todo. No has visto lo que hizo que yo fuera... yo.

—Yo ya he visto mi ración de sufrimiento, Kat.

—Exacto, tu ración. No la mía. Y tú no ves lo que yo veo a través del ojo de Candace. Ella está sufriendo. Y reconozco su dolor. Es el mío.

—Si un perro sangra igual que un humano, ¿lo convierte eso en humano?

—Deja de ser tan obtuso.

—¡Deja de buscar excusas para una nigromante! —gritó de repente.

Impactada, no respondí. Duer debió de sentir la tensión, a pesar de que ni siquiera reconocía la existencia de Treth. Bajó volando y se quedó suspendido frente a mí, con su pequeña frente arrugada por la preocupación.

—Deberíamos haberla matado —susurró Treth.

No respondí. No pude. Me levanté y me dirigí a casa, con Duer siguiéndome. Treth y yo no volvimos a hablar.