2. Madrugador #2
Miré por la otra ventana. Esta parte de la ciudad era una vista mucho mejor que el suburbio en decadencia en el que había estado cazando anoche.
Las tiendas estaban abriendo, mostrando mercancías que iban desde componentes informáticos hasta amuletos de la suerte.
Pancartas con fuentes de estilo antiguo contrastaban con carteles de neón y pantallas de ordenador.
Si uno no salía de estas partes de Ciudad Esperanza, olvidaría todos los problemas a los que se enfrentaba la ciudad.
Su mayor preocupación sería simplemente el aumento de los impuestos para pagar a los Magos del Titán y la interrupción ocasional de algún monstruo.
Eran problemas de poca monta de los que los habitantes de Ciudad Esperanza eran expertos en quejarse, pero que seguían siendo comparativamente insignificantes.
Los residentes más ricos de esta ciudad demasiado grande no comprendían los peligros reales que amenazaban su hogar.
Ningún muro separaba el centro de la ciudad y los nuevos emplazamientos de líneas ley de los barrios bajos infestados de delincuencia y no muertos.
Solo los cazadores lo hacían. Cazadores como yo.
El autobús dio un tirón hacia adelante y continuó a un ritmo saludable, de paso humano.
Volví a mirar la hora. ¡Casi sería más rápido ir andando!
Suspiré. Esperaba que esta clase no fuera demasiado importante, pero estando tan cerca de la temporada de exámenes, era muy probable que lo fuera.
Abrí unos apuntes en mi móvil. Al menos podía aprovechar este tiempo para estudiar.
—Kat —dijo Treth.
—¿Qué? —le susurré, mientras mis ojos recorrían un pasaje sobre la creación del primer distrito financiero de líneas ley en Ciudad Esperanza.
—Mira por la ventana.
Puse los ojos en blanco pero lo hice. Justo afuera, en un callejón entre tiendas, había tres hombres.
Dos llevaban chaquetas rojas, bordadas con potenciadores de runas.
Los símbolos potenciarían la energía mágica latente y ayudarían a su encantamiento.
Detrás de los dos de las chaquetas había un chico de más o menos mi edad, acobardado.
Agarraba una bolsa de cuero mientras los de las chaquetas lo empujaban.
Una chispa. Uno de ellos sostenía ahora una llama en la palma de su mano.
—No es mi problema.
Volví a mis apuntes. Treth no respondió. Me entró el gusanillo. El corazón me latía rápido. Más rápido. Me guardé el móvil en el bolsillo y salté por la ventana del autobús.
¿Qué estás haciendo, Kat? , me pregunté. No me respondí. Saqué un sobre de papel del bolsillo y empecé a agitarlo, sintiendo que la arena de su interior se desplazaba de un lado a otro.
Al acercarme a los tres, les oí hablar.
—Solo son libros. No os sirven de nada —jadeó la víctima, ansiosa.
—¡¿Estás asumiendo que no leemos?! —replicó uno de los asaltantes. Acercó más la llama que tenía en la mano. El rostro del chico palideció.
—Nosotros tenemos la Chispa y tú no. Todos los libros que importan no le importan a un cascarón como tú. Danos la bolsa.
—¡Eh! —grité, llegando a la escena, a solo unos metros de los tres.
Los de las chaquetas se giraron, y su irritación y rabia se convirtieron en desconcierto.
—Lárgate, nena, no tenemos nada contra ti.
—Qué lástima —dije, sin dejar de agitar el sobre de papel. Se estaba calentando—. Yo sí tengo algo contra vosotros.
Antes de que los magos de las chaquetas pudieran reaccionar, desgarré el sobre y les arrojé su contenido.
Tal como esperaba, no solo uno no extinguió su llama, sino que el otro también intentó lanzar un hechizo.
Su magia se volvió contra ellos cuando la demanzite en polvo los alcanzó.
El mineral antimágico no solo disipaba los hechizos activos, sino que quemaba temporalmente la chispa de los usuarios de magia.
El polvo alcanzó a los magos y hubo un destello.
Siguieron gritos mientras los magos se tapaban los ojos y los oídos.
Al parecer, la demanzite provocaba una sobrecarga sensorial extrema en sus víctimas.
El Sindicato de Magos había presionado para que se prohibiera.
Por suerte para «cascarones» como yo, el mineral, normalmente inofensivo, todavía se podía conseguir en los alquimistas de la ciudad.
El destello disminuyó y continué pateando a ambos hombres en el estómago, doblándolos. Cayeron al suelo al tiempo que sus balbuceos sonaban un poco a encantamientos. El polvo no duraría mucho más y era mi último sobre.
Mi último sobre...
Mierda.
Sacudí la cabeza con frustración. La demanzite no era barata y la necesitaba contra los túmulos, y por si alguna vez encontraba a uno de los nigromantes que estaban detrás de una horda de zombis.
Pero ya era demasiado tarde. Miré a mi alrededor. La víctima se había ido. Ni rastro de él.
—Desagradecido...
—Los héroes no necesitan gratitud para hacer lo que hacen, Kat —citó Treth. No sabía exactamente a quién estaba citando, pero el tono de Treth siempre cambiaba cuando compartía la sabiduría de sus señores y camaradas perdidos hace tiempo.
Gruñí. La gratitud y la recompensa eran cosas que Treth afirmaba no necesitar, pero a mí ambas me gustaban bastante.
Los magos a mis pies empezaban a levantarse. Salí pitando.
Llegué al campus, de algún modo, unos minutos antes de que empezara mi clase.
A pesar de todas las maldiciones que sin duda se me habían pegado, parecía que mi suerte seguía intacta.
Miré hacia la escalera que llevaba a la avenida principal del campus, donde estaba mi aula.
Cuando empecé a ser estudiante, las escaleras me intimidaban.
Cada mañana era un resuello que me causaba un dolor abrasador por todo el cuerpo.
Sin embargo, con mi nuevo trabajo a tiempo parcial, pan comido.
Subí las escaleras sin esfuerzo al son de cánticos de protesta y gritos.
—¡Vosotros sois el monstruo!
—¡No al desuello de hadas!
—¡Abajo las Agencias!
¡Otra vez! Pensaba que los manifestantes ya habían tenido suficiente con la manifestación de la semana pasada.
Protestaban por el trato general hacia lo que la sociedad consideraba monstruos, haciendo piquetes en el campus, siendo un incordio y perturbando el tránsito de peatones.
No sé por qué pensaban que el campus era el lugar apropiado para protestar.
La mayor parte de la administración universitaria simpatizaba con ellos y no tenía poder sobre cómo llamaba la sociedad a las cosas.
Mi profesora de Estudios de los No Muertos incluso se negaba a referirse a los no muertos como monstruos, para mi disgusto.
En todo caso, los manifestantes deberían estar protestando contra gente como Drakenbane; pero eso requeriría que fueran a un vecindario peligroso, donde verían cómo eran realmente sus preciosos «no-monstruos».
No siempre miraba las protestas con desprecio.
Los duendecillos y las hadas eran, en su mayoría, inofensivos, pero a menudo los alquimistas los mataban y recolectaban para usarlos en el desarrollo de productos y rituales mágicos.
Pero, cuando los manifestantes empezaron a defender los derechos de los zombis, se acabó mi simpatía por ellos.
Apreté los puños, respiré hondo y me adentré en la marabunta.
Esperaba que el hedor de necro-sangre apenas disimulado en mi pelo hiciera que los manifestantes se apartaran de mí.
No fue así. Y para cuando logré abrirme paso entre la horda de gente que apestaba peor que yo, ya llegaba tardísimo a clase.
Perdí toda la simpatía que pudiera haberme quedado por los manifestantes.
Abrí las puertas del aula magna. Por suerte, la gente seguía entrando a mitad de la clase. A pesar de que Estudios de los No Muertos era una asignatura bastante dura, eso no podía cambiar la apatía del estudiante universitario típico.
Me senté al fondo y empecé a garabatear apuntes a bolígrafo, a pesar de mi agotamiento y mi vista nublada.
Utilizaba el móvil para estudiar, pero prefería tomar los apuntes iniciales a mano.
Mi amiga Trudie siempre intentaba convencerme de que escribiera directamente en el móvil o que me comprara un portátil, pero las viejas costumbres nunca mueren.
—Todos los no muertos corrompen la pureza de las líneas ley —decía la profesora, mientras yo garabateaba lo que decía y lo que había anotado en la pizarra.
—Los túmulos o los no muertos sin amo no —dijo Treth.
Lo ignoré y seguí tomando apuntes.
—Las líneas ley corrompidas atraen a más no muertos, creando un ciclo que se retroalimenta —continuó la profesora, dibujando un círculo en la pizarra blanca con un rotulador.
—¡Excremento de unicornio! —juró Treth, algo raro en él—. Los no muertos son creados mediante un encantamiento nigromántico intencionado...
—Sssshhh —susurré, tapándome la boca para que nadie me viera hablar.
—No tiene ni idea de los no muertos, Kat.
—Cállate...
—¿Algún problema, Srta. Drummond? —preguntó la profesora, dejando de escribir. Toda la clase se giró a mirarme. Se me calentó la cara.
—No, lo siento.
La profesora asintió y continuó. Por suerte, Treth no volvió a hablar.
Casi me quedé frita dos veces durante la clase. Cuando el estruendo de la gente moviéndose y los papeles señaló el final de la clase, me alegré de poder marcharme. Por desgracia, aún tenía historia más tarde.
Fuera del aula magna, me recibió la visión de una chica bajita que llevaba un collar de pinchos y una chaqueta de cuero negra. Tenía el pelo corto y negro con un flequillo con mechas azules. Su pintalabios era negro.
Sonreí mientras me acercaba a mi amiga, esquivando a algunos estudiantes también ansiosos por salir de clase.
Saludé a Trudie con un abrazo, esperando que no notara el olor. Bueno, debería estar acostumbrada. Llevaba más de un año en el mundillo.
—¿Cómo está mi hombretón? —preguntó inmediatamente.
—Alex está bien, Trudie.