Epílogo
Jack
Tengo los ojos fijos en los ataúdes gemelos de Ruby y Valentine mientras me mantengo al borde del mausoleo Knight. Las manos me tiemblan ligeramente sobre el programa del funeral doblado; el peso de mi culpa me aplasta como una fuerza física.
El viento frío me azota, me roba el aliento y me hiela hasta los huesos. Es como si hasta los elementos guardaran luto hoy, aunque no es nada comparado con el nudo helado que tengo en el pecho.
Una tormenta de emociones se arremolina en mi interior: dolor, culpa y una necesidad desesperada de absolución. Mis pensamientos vuelven a aquel momento fatídico en que causé la muerte de Ruby sin querer.
Había intentado dispararle a Valentine, convencido de que estaba a punto de matarla con el cuchillo presionado contra la garganta de ella.
Pero después de ver el estado en que estaba el cuerpo de Ruby, Nick está seguro de que, al presionar el cuchillo contra su garganta, Valentine pretendía darle una muerte piadosa.
Quizá por eso Valentine nunca la apartó, sino que dejó que mi bala los matara a los dos.
Joder… su cuerpo. Si hubiera sabido en qué estado estaba, lo que John Simmons le hizo, le habría dado mucho más que una bala entre los ojos. Pero entonces no lo sabía. Parece que hay mucho que no sabía, como la profundidad de los sentimientos de Ruby por Valentine y, supongo, los de él por ella.
No puedo quitarme la escena de la cabeza: el destello del disparo, una bala; dos cuerpos. El cuerpo sin vida de Ruby, la sangre que manchaba el rostro antes hermoso de mi hermana.
Nick permanece inmóvil como una estatua, con los ojos oscuros e impenetrables. Sus rasgos y su actitud estoica hacen imposible adivinar lo que piensa, una habilidad que ha perfeccionado con el tiempo.
Carolina, en cambio, parece frágil y ansiosa; sus delicados dedos retuercen el borde del chal negro. Nuestras miradas se cruzan un instante, y veo un destello de compasión en sus ojos antes de que aparte la vista.
Pero es la mujer de la entrada quien realmente me llama la atención. Su figura curvilínea va envuelta en un atuendo negro, elegante y ceñido, con una sofisticación casi fuera de lugar en este mar de dolor.
Una larga melena negra y lisa le cae en cascada sobre los hombros, con la mitad inferior teñida de un llamativo rojo sangre a juego con el pintalabios y las uñas.
Incluso desde esta distancia, sus ojos grises me atraviesan y hacen que el corazón se me acelere con una extraña mezcla de curiosidad e inquietud.
—¿Quién es? —le pregunto a Nick en voz baja, señalando con la cabeza hacia la misteriosa mujer.
—Nunca la he visto —responde con brusquedad, sin quitarle los ojos de encima.
Las preguntas se agolpan en mi mente, pero ahora no es momento de respuestas.
La voz monótona del sacerdote sigue ofreciendo palabras de consuelo que rebotan en mi corazón entumecido.
Mantengo la mirada fija en la enigmática desconocida, incapaz de librarme de la sensación de que guarda la clave de algo importante.
Cuando la ceremonia llega a su fin, me obligo a apartar la mirada de ella y asumo la irreversibilidad de mi pérdida. El viento aúlla entre los árboles desnudos del exterior, como un eco del vacío que siento dentro.
Al terminar, el sacerdote nos mira expectante a Nick y a mí. No tengo ni idea de lo que acaba de decir ni de lo que quiere de mí. Pero en lugar de averiguarlo, le doy la espalda y me dirijo hacia la mujer desconocida.
—¿Quién es usted? —pregunto con una voz más áspera de lo que pretendía al dirigirme a la intrusa.
—Soy Eve Mortis —responde con calma, y sus labios se curvan en una leve sonrisa—. Y usted debe de ser Jack Knight.
No me sorprende que sepa quién soy.
—Correcto —digo tras dudar un momento—. ¿Qué la ha traído aquí? No parece una de las amigas de Ruby. —No le digo que sé que mi hermana no tenía ninguna.
—En realidad —comienza Eve lentamente, y su mirada se desvía un instante hacia los ataúdes gemelos antes de volver a mí—, era la psiquiatra de Valentine. Estoy aquí para despedirme y presentar mis respetos.
Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. La ira me corre por las venas y cierro los puños a los costados.
—¿Era su psiquiatra? ¿Y no pudo evitar que destruyera la vida de mi hermana?
—Jack, el dolor puede manifestarse de muchas maneras —dice con tono mesurado—. Ahora mismo, parece que está proyectando su ira hacia mí. Es comprensible, pero está mal dirigida.
—¿Comprensible? —escupo, ardiendo de rabia—. ¡Mi hermana está muerta por culpa de él, y usted no hizo nada para evitarlo!
—Valentine era una persona sumamente compleja, e hice todo lo posible para ayudarlo a lidiar con sus problemas —explica sin que le tiemble la voz—. Pero, en última instancia, sus actos fueron suyos. No todo puede controlarse, y culpar a otros no la traerá de vuelta.
—¿Es eso lo que se dice para poder dormir por las noches? —espeto con la visión borrosa por las lágrimas contenidas—. Es tan culpable como él.
—Entiendo que está sufriendo, pero le aseguro que hice todo lo que estaba en mi mano para ayudar a Valentine —dice con suavidad—. A veces, por mucho que nos esforcemos, no podemos salvar a todos.
Sus palabras resuenan en mi cabeza; su verdad me atraviesa la ira como un cuchillo. Respiro hondo e intento recuperar la compostura. Pero al mirarla a los ojos, sé que mi búsqueda de venganza no ha hecho más que empezar.
Puede que esta mujer tenga la clave para entender la oscuridad de Valentine y, a la larga, encontrar algo de paz por la muerte de Ruby.
—Bien —digo a regañadientes, con la voz ronca de emoción—. Pero no crea que esto ha terminado.
—Quizá no —acepta con la mirada firme e inquebrantable—. Pero, por ahora, lloremos a quienes hemos perdido.
Con un seco asentimiento, me doy la vuelta y veo a Nick, Carolina y al sacerdote hablando entre ellos. Bien. Es lo que mejor se les da, y nadie quiere oír lo que tengo que decir, de todos modos. Y menos hoy.
Una parte de mí todavía quiere tirar el ataúd de Valentine a una zanja, pero la insistencia de Carolina me lo impidió. Argumentó que hacerlo sería un insulto a Ruby, que murió intentando salvarlo.
Mientras sigo allí de pie, contemplando la última morada de mi hermana y del hombre que destrozó nuestras vidas, mi mente vuelve a la conversación con Eve Mortis.
Su actitud serena y sus palabras mesuradas todavía me persiguen. No puedo librarme de la sensación de que sabe más sobre la oscuridad de Valentine de lo que aparenta. Quizá, si indago más, encuentre las respuestas que busco para entender esta tragedia.
Cuando levanto la vista, me doy cuenta de que se ha ido.
Suspiro con pesadez y me obligo a alejarme del mausoleo, ignorando las súplicas de Carolina y Nick para que me quede con ellos.
Cada paso me parece una traición, pero sé que no tengo otra opción.
Si quiero encontrar justicia para Ruby, debo dejarla atrás, al menos por ahora.
Afuera, veo a Eve alejarse a lo lejos, caminando deprisa con la cabeza agachada mientras mira el teléfono.
Mantengo una distancia prudente mientras la sigo por las calles sinuosas, con todos los sentidos alerta.
Su andar elegante destaca contra el telón de fondo de la ciudad bulliciosa, pero permanezco invisible, una sombra silenciosa que la persigue.
Mi mente bulle con formas de hacerla pagar. Si no hubiera sido por ella, si hubiera hecho bien su trabajo, Valentine nunca habría entrado en la vida de Ruby, y ella seguiría viva. Mientras la acecho, mi odio hacia Eve crece, un fuego oscuro que me consume desde dentro.
Finalmente, llega a un edificio que irradia profesionalismo. El letrero sobre la entrada dice «Mortis Psychotherapy and Behavioral Clinic». Así que aquí es donde trabaja, pienso, mientras el sabor amargo de la ironía persiste en mi lengua.
Mientras la veo desaparecer en el interior, no puedo evitar pensar en lo apropiado que resulta que alguien conectado al mundo retorcido de Valentine se especialice en desentrañar las mentes de otros.
Me quedo afuera, debatiéndome entre entrar o no. No había planeado esto, pero algo en esa mujer, Eve Mortis, su conexión con Valentine, alimenta mi rabia y me empuja a actuar. Mis manos se cierran en puños a los costados mientras la indecisión libra una batalla en mi interior.
—A la mierda —murmuro entre dientes. Respiro hondo y empujo la puerta con más fuerza de la necesaria.
El sonido de la puerta al golpear contra la pared resuena por el área de recepción, anunciando mi presencia como un trueno furioso. Camino directamente hacia el mostrador de recepción, cada paso cargado de determinación.
—¿Puedo ayudarle? —pregunta la recepcionista, con la voz temblorosa ante mi entrada brusca.
—Quiero pedir cita con la Dra. Eve Mortis —respondo con voz firme, sin dejar entrever la agitación que ruge en mi interior.
—Por supuesto —responde ella, tecleando en el ordenador con los ojos muy abiertos por la aprensión—. Veamos... tenemos un hueco el próximo jueves por la tarde. ¿Le vendría bien?
—Perfecto —digo con la mandíbula tensa mientras imagino cómo será enfrentarla cara a cara como cliente. Arrancar las capas de esa fachada cuidadosamente elaborada y descubrir la verdad.
—Estupendo —dice la recepcionista, que sigue tecleando nerviosa—. ¿Me da su nombre, por favor?
—Jack Knight.
—Gracias, Sr. Knight. Ya está todo listo. Por favor, llegue quince minutos antes para rellenar algunos formularios.
—Gracias —respondo con brusquedad, y giro sobre mis talones para salir de la clínica.
Al salir al aire frío, la furia que corre por mis venas se templa momentáneamente ante una creciente sensación de determinación. Solo es cuestión de tiempo que me enfrente a Eve Mortis y la haga pagar por su papel en toda esta locura.
—Tu momento llegará, doctora —susurro entre dientes—. Te lo prometo.
¿Te has enamorado de los hermanos Knight? La historia de Nick ya está disponible, y puedes reservar la de Jack.