Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

La Presa

Ahora que solo estamos Marco y yo, es hora de poner mi plan en marcha.

Le envío un mensaje a Michael diciéndole que voy a nuestra casa a recoger algunas cosas y que no quiero volver a verlo nunca más.

Mi marido es de lo más predecible. Sé que esto hará que aparezca, probablemente en las próximas dos horas.

—¿Quieres algo de beber? —le pregunto a Marco mientras me dirijo a la cocina, donde enseguida encuentro una botella de mi vino tinto favorito.

—No, gracias, no bebo cuando estoy trabajando.

Me encojo de hombros.

—Más para mí.

Respiro hondo, inhalando el rico y aterciopelado aroma del vino tinto mientras llena mi copa hasta el borde. El líquido carmesí brilla con la luz tenue, como si fuera sangre.

La primera copa baja rápido, así que la vuelvo a llenar antes de regresar a la sala de estar.

Me siento en el sofá y repaso mentalmente lo que quiero que suceda y cómo quiero que se desarrollen las cosas.

Aunque Marco está aquí y podría dominar fácilmente a Michael, quiero que sea yo —solo yo— quien se encargue de todo.

—Sergei estará aquí con el veneno en media hora —dice Marco, mirando su teléfono—. ¿Estás segura de que quieres que el veneno mate realmente a Michael? Si no, Sergei hizo algunas sugerencias...

Ladeo la cabeza, intrigada.

—¿Sugerencias? ¿Como qué?

Marco se encoge de hombros.

—Dice que tiene de todo, desde muerte instantánea hasta parálisis. Elige tu veneno... literalmente.

Me río entre dientes.

—De acuerdo. Mmm, creo que me decidiré por la parálisis. Pero una de acción lenta. Necesito que tarde al menos treinta minutos.

Arquea una ceja.

—¿Alguna razón en particular?

—Sí —digo.

—¿Te gustaría explicarlo?

Tomándome mi tiempo, doy un gran trago de vino.

—No me gustaría —respondo—. Pero como asumo que no vas a aceptar esperar en ningún lugar donde no puedas vigilarme, podrás verlo por ti mismo.

—Entendido —acepta sin problemas—. ¿Hay algo que necesitemos hacer antes de que llegue Michael?

—¿Como qué? —pregunto.

Marco se ríe.

—No sé... ¿necesitas organizar algo? ¿Preparar algo?

Esa es una buena pregunta. Solo iba a arreglarme un poco, ponerme algo que a Michael le guste verme puesto. Pero quizá debería hacer más que eso.

—Sí —digo mientras me pongo de pie—. Creo que debería revisar su despacho.

Marco me sigue mientras nos dirigimos al estudio de Michael, una habitación en la que solo he estado cuando mi marido me ha convocado.

Aunque paso mucho tiempo sola en nuestra casa, nunca me he atrevido a entrar allí desde que me golpeó por limpiar la habitación cuando él no me lo había pedido.

Como nada importa después de esta noche, no dudo.

La puerta está cerrada con llave, pero gracias a las habilidades de Marco, la arranca de sus bisagras.

—¿Buscamos algo específico? —pregunta mientras revuelvo algunos papeles antes de encender el ordenador de escritorio.

—No lo sé —murmuro.

Cuando el ordenador arranca sin pedir contraseña, no puedo contener un bufido frustrado. Así de dócil y sumisa era; ni siquiera necesitaba una contraseña para mantenerme alejada. No sé por qué eso me enfurece aún más.

Abro el correo electrónico de Michael, tampoco protegido con contraseña, y reviso los correos más recientes. No hay nada interesante hasta que... espera, ¿qué es eso? Hago doble clic en una correspondencia que tiene mi nombre en el asunto.

Mis ojos se abren de par en par y mis manos se cierran en puños mientras leo el contrato adjunto.

Con cada palabra que leo, siento como si mi corazón se estuviera destrozando...

no, no destrozando. Aniquilando. Las lágrimas distorsionan mi visión y parpadeo rápidamente para asegurarme de no perderme nada.

—¿Qué demonios? —susurro. Mi garganta arde con las emociones que intento contener, pero es inútil. Mi mano tiembla mientras bajo por la pantalla.

Michael no solo quería que yo muriera, se aseguró de que muriera a manos del asesino a sueldo más despiadado; el Cazador. Valentine. Pero eso significa... me mintió. Valentine me mintió descaradamente cuando dijo que era un trabajo del pasado.

Echo un vistazo rápido a Marco y, afortunadamente, me da la espalda, así que no se da cuenta de mi agitación.

Incapaz de mantenerme erguida, me desplomo en la silla detrás de mí mientras proceso la enormidad de esto. Como si fuera una señal, mi cerebro me recuerda la presencia que sentí siguiéndome durante los días entre Navidad y Año Nuevo, y de nuevo hoy más temprano.

Dios mío. No necesito confirmación para saber que era Valentine. Esto significa que él también es la razón por la que Michael quería que me matriculara en la Universidad de Holloway.

Dios mío, literalmente me colocaron en su camino de todas las formas imaginables. Ofrecida como un cordero sacrificial para el matadero. Entonces... ¿por qué sigo respirando? Estamos a principios de febrero y sigo viva. Valentine podría haberme matado fácilmente en la cabaña, pero no lo hizo.

Incluso podría haberse asegurado de que yo misma me matara con su bárbara ruleta rusa. No morí, obviamente. Sobreviví, y ahora, cuanto más lo pienso, me pregunto si siquiera había una bala en la maldita recámara.

Realmente no puedo explicarlo, y quizá me esté engañando, porque si hay algo que sé tanto de Valentine como del Cazador, es que si cualquiera de los dos realmente quisiera que yo estuviera muerta, ya sería comida para gusanos.

Pero de nuevo, no lo estoy. Así que eso tiene que significar que no quiere que esté muerta, ¿verdad?

Cerrando los ojos, me recuesto más en la silla mientras intento darle sentido a mis pensamientos, pero ¿cómo puedo cuando solo tengo la mitad del rompecabezas? Las únicas dos personas que realmente saben lo que está pasando no están aquí conmigo.

Uno está de camino, espero; el otro, bueno, lo drogué y lo dejé solo.

Ya que recibí mensajes de él y sentí su presencia hoy más temprano, sé que está despierto y podría estar en cualquier lugar. Sin embargo, no le temo. ¿Cómo puedo cuando no hay razón para creer que realmente me hará daño?

Cuanto más pienso en todo esto, más feroz es el dolor que me atraviesa por dentro.

Respiro con jadeos entrecortados mientras intento actuar con la mayor normalidad posible para no alertar a Marco.

Mierda... Marco. No puedo permitir que descubra lo que está pasando.

No hay forma de que se lo oculte a Nick si ve el contrato.

Mientras le doy vueltas a qué demonios hacer, el teléfono de Marco suena. Cuando se gira lentamente, abro una página web y escribo el nombre de un diseñador de moda en la barra de búsqueda.

—¿De verdad? —pregunta Marco con desdén. Levanto la vista a tiempo para verlo mirando el monitor—. Pensé que estábamos buscando algo serio. Pero supongo que no.

Me pongo tensa ante su tono, pero aun así consigo sonreír con dulzura.

—Ya sabes lo que dicen sobre la terapia de compras.

Me alivia que la voz no me haya temblado.

—Lo que sea. Sergei está aquí, así que voy a ocuparme del asunto. No salgas de esta habitación.

No espera mi respuesta, lo cual es perfecto.

En cuanto se va, entro en acción. Imprimo el contrato y, solo por si acaso, también imprimo algunas otras cosas sin importancia. Una receta, unos bolsos de lujo y una foto del apartamento de debajo del de Jack, que por lo visto está en venta.

Dejo las impresiones que no necesito sobre el escritorio, solo por si Marco oye la impresora y pregunta. Luego doblo el contrato y me lo escondo en la axila, lo cual no es lo ideal, ya que ahora me muevo con torpeza para que no se me escape.

Como Marco todavía no ha vuelto, me dirijo al dormitorio, voy directa a mi enorme vestidor y saco el vestido que necesito. Luego desaparezco en el baño.

Durante la ducha, hago todo lo posible por desconectar la mente. No tengo tiempo para desmoronarme ni para dejar que el desamor que me atraviesa con punzadas de angustia me domine. Esta noche no.

Supongo que lo único bueno que ha salido de mi matrimonio es mi capacidad de compartimentar tan a la perfección que los pensamientos no deseados no se cuelan si no se lo permito.

Sí, soy el vivo ejemplo de una... mascota bien entrenada.

Vaya ironía.

En cuanto termino, me seco y me retoco el maquillaje para hacerlo más dramático: delineador más grueso, sombras de ojos más oscuras y un pintalabios a medio camino entre el rojo y el negro. Una vez satisfecha, descuelgo el vestido de seda verde esmeralda y me lo pongo.

El vestido lo cosieron específicamente para mí, y la tela se me ciñe como una segunda piel.

El escote es tan pronunciado que se me ve el ombligo, y solo lo sujeta una pequeña cadena plateada justo debajo de los pechos.

Tiene una abertura en el lateral que llega hasta la entrepierna y deja al descubierto mi muslo tatuado.

Odio este vestido casi tanto como al hombre que me lo regaló en nuestro primer aniversario de boda. Al principio pensé que podría ser una especie de ofrenda de paz, pero, por supuesto, ese no era su propósito.

Era para que me lo pusiera mientras Michael me exhibía delante de su depravado hermano, que no desperdiciaba ninguna oportunidad para manosearme. Mi marido me dijo una vez que con esta prenda parecía un sueño erótico hecho realidad, lo que la convierte en perfecta para esta noche.

—Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver —susurro a mi reflejo. Me inclino hacia delante, presiono los labios contra el espejo y dejo una marca de pintalabios.

Aunque no he vivido deprisa, desde luego estoy muriendo joven. Veintiocho años no es nada. En cualquier otra vida, podría estar apenas al comienzo de mi carrera. O quizá ya tendría una vida asentada con un marido que me quisiera e hijos a los que mimar.

Pero esa no soy yo. Mi vida termina esta noche, y me alegro de tener muchas cosas que hacer. Eso me mantiene ocupada, me impide desmoronarme. En lugar de buscar escapatorias donde no las hay, me aseguro de hacer lo que puedo por quienes sí despertarán mañana.