Capítulo 32
El Cazador
Era casi mediodía cuando por fin salimos de mi cabaña y volvimos a la ciudad. Tras un almuerzo abundante y otra ducha juntos, caímos rendidos: los dos necesitábamos dormir después del ejercicio matutino.
Dios, tenerla en mi cabaña, a mi merced, fue jodidamente perfecto. Claro, el sexo fue fenomenal, igual que perseguirla por el bosque. Pero el verdadero subidón fue saber cuánto le importo, que se preocupó por mí.
Poco a poco, mi mascota ha derretido el hielo que rodeaba el órgano de mi pecho y lo ha hecho latir de nuevo. Solo que esta vez, late por ella.
Me deslizo fuera de la cama, camino hacia la ventana y miro hacia fuera. Está oscuro otra vez, y siento la llamada de las calles. Cuando la oscuridad la envuelve, se supone que Nueva York es mi patio de juegos. Pero todavía no he tenido tiempo de desatarme.
Me doy la vuelta y observo a Ruby mientras duerme; descubro que me gusta estar aquí con ella. No es que el Cazador no vaya a salir nunca a jugar, quizá salga antes de lo que creo, ya que me he traído el arco. Pero por ahora, no tengo prisa por dejarla.
Murmura algo en sueños, con el ceño fruncido. Se gira hacia el otro lado, inquieta.
Una vez seguro de que sigue profundamente dormida, salgo del dormitorio y me dirijo en silencio a la cocina. Me duele el cuerpo por el largo viaje, con la tensión de la mañana aún pesándome sobre los hombros. La caza siempre cobra su precio, pero esta vez algo es diferente.
Con un suave bostezo, preparo una taza de café. El rico aroma llena el aire mientras me siento en la barra, con el portátil brillando en la tenue luz. El suave clic de las teclas resulta casi rítmico, un marcado contraste con el torbellino de pensamientos que me recorre la mente.
No encontré ni un solo rastro, ni una prueba, de que alguien más hubiera estado en la cabaña aparte de Ruby y yo. Examiné meticulosamente un perímetro generoso y peiné cada centímetro del suelo cubierto de nieve. Sin huellas, sin evidencia de otra presencia. En teoría, eso debería tranquilizarme.
Pero no lo hace.
A veces, la prueba está en su ausencia. Había una zona en particular que parecía demasiado... inmaculada. La nieve estaba intacta, lisa, sin tocar, como si alguien hubiera borrado sus huellas a propósito. Era demasiado perfecta, demasiado limpia, en un entorno que es todo menos ordenado.
Ni siquiera había marcas de grava suelta, ramas o los restos habituales que uno esperaría encontrar en el bosque. Y teniendo en cuenta que ambos oímos crujir la rama, estoy seguro de que alguien estaba allí, observándonos.
Desde el punto de observación que me hizo sospechar, habrían tenido una vista clara de mí mientras reclamaba a mi mascota.
Una parte de mí disfruta con la idea de que me vean, de exhibir mi dominio, pero pensar que alguien lo haga sin mi conocimiento —sin mi aprobación— me enciende la sangre de rabia.
Me recuesto con los dedos tamborileando ociosamente sobre la barra mientras espero a que el programa se abra en mi pantalla. Es una ventana oscura a cada rincón del estado de Nueva York, una vista panorámica desde lo alto sobre la ciudad.
El mismísimo viejo Rey me otorgó este regalo, y con él ejerzo un nivel de control sin igual. Puedo asomarme a la vida de quien yo elija, pero ahora mismo solo hay una cosa que me importa encontrar.
El pulso se me acelera mientras navego por los innumerables feeds de CCTV en busca del que me llevará hasta quien se atrevió a irrumpir en mi ritual. Los minutos pasan, la tensión crece con cada momento, hasta que...
—Ahí estás —murmuro entre dientes mientras una sonrisa perversa me curva la comisura de los labios.
En la pantalla, algunos coches serpentean por las sinuosas carreteras que conducen a las montañas Catskill, con los faros cortando la densa oscuridad como cuchillas. Pero solo uno toma la misma salida que yo.
Al mirar más de cerca y fijarme en la marca y el modelo, lo reconozco perfectamente. Sí, lo he visto antes, sin duda. Más concretamente, lo he visto en el garaje abandonado donde me he reunido con Michael.
La marca temporal confirma lo que ya sospechaba pero no quería creer.
La furia me recorre como un infierno ardiente que amenaza con consumir todo a su paso.
Michael se atrevió a seguirme. Se atrevió a romper una de las reglas no escritas del juego.
Nadie ha vuelto jamás a la cabaña. Nadie me ha seguido jamás hasta mi santuario.
Y sin embargo, aquí está, adentrándose en mi territorio como si tuviera derecho.
En todos mis años como el Cazador, nadie se ha acercado tanto. Nunca. El impulso de destriparlo, de dejar su cuerpo como advertencia para cualquiera que piense en desafiarme, es casi insoportable.
Debería haberlo eliminado cuando tuve la oportunidad. Pero... no lo hice. Una parte de mí se nutre del orden, de seguir las reglas, incluso cuando me resultan incómodas.
Todos tenemos reglas, y aunque la mayoría de las mías son autoimpuestas, siguen siendo reglas.
¿Una de las más sagradas? Nunca matar a un cliente mientras el trabajo esté activo.
Es cuestión de profesionalismo, no de moralidad.
No pretendo tener un código moral, pero esa es una línea que nunca he cruzado.
Todavía.
Si no puedo matarlo directamente, tendré que ser más creativo. Los pensamientos me llegan tan deprisa que me presiono los puños contra las cuencas de los ojos para intentar frenarlos. La idea de que Michael estuviera observando retuerce algo dentro de mí, algo oscuro y primitivo.
Mientras el esbozo de un plan toma forma, me levanto y me dirijo a la caja fuerte.
El metal frío del revólver me resulta reconfortante en la mano, un recordatorio del poder que ejerzo.
Tras dejar el arma sobre la mesa, vuelvo al dormitorio y me apoyo en el marco de la puerta mientras observo dormir a Ruby.
El cabello de ébano se le derrama sobre la almohada como el ala de un cuervo, el rostro sereno en el sueño. Su cuerpo, tan pequeño, tan frágil, yace vulnerable ante mí. Un sentimiento retorcido se agita en mi interior: posesividad, sí, pero también algo más. Algo mucho más peligroso.
Me acerco y la despierto con suavidad, sacudiéndola levemente.
—Ruby —murmuro en voz baja.
Se remueve y abre los ojos verdes, parpadeando. La confusión le inunda la mirada al verme.
—¿Qué pasa? —susurra mientras se frota los ojos.
Tiene la voz ronca, espesa de sueño.
—Levántate —digo en un tono que no admite discusión—. Hay algo que tienes que hacer.
—¿Qué está pasando? —pregunta con voz suave e insegura.
—Ven conmigo.
Me doy la vuelta sin esperar respuesta, y ella me sigue con los pies descalzos golpeteando suavemente contra el suelo. Entramos en la sala de estar y le hago un gesto para que se siente en la silla junto a la ventana.
Ella duda, su inquietud es palpable, pero obedece y se deja caer en el asiento con movimientos lentos y deliberados. Observo cada destello de emoción que cruza su rostro, y cada uno de ellos alimenta el hambre oscura que llevo dentro.
—¿Confías en mí, Mascota? —pregunto mientras me siento en la mesa de café, con mi cuerpo ocultándole el arma.
—Por supuesto —responde sin dudar. Sus ojos verdes rebosan de esa confianza que, tan tontamente, acaba de confirmar que siente por mí—. ¿Por qué me preguntas eso?
—¿Me lo demostrarías si te lo pidiera? —pregunto, suavizando el tono.
—Sí, haría cualquier cosa por ti —confirma. Entonces frunce el ceño—. Pero ¿cómo?
Sonrío, aunque sin calidez alguna. Saco el revólver a la vista y digo:
—Ruleta rusa.
Abro el tambor y le muestro la única bala alojada dentro. Su respiración se entrecorta, sus ojos se abren de par en par.
—¿Qué demonios? ¿Ruleta rusa? ¿Por qué? —la voz de Ruby se quiebra. El peso de lo que le pido la golpea de lleno, pero en lugar de pánico, hay acero en sus ojos verdes.
Ignorando sus preguntas, jugueteo con el metal antes de hacerlo girar con teatralidad.
—Una bala, seis cámaras.
—Dime por qué.
Lo que ve en mi rostro la hace suavizar el tono.
—Háblame, Valentine. ¿Qué ha pasado desde que volvimos?
Me inclino hacia ella y la observo con atención.
—Dijiste que harías cualquier cosa por mí, Mascota —respondo en voz baja, deslizando un dedo por el metal frío del arma—. Y necesito que me lo demuestres.
Ella niega con la cabeza, mordiéndose el labio. Hay una batalla librándose en su interior, y resulta hermoso contemplarlo.
—Confías en mí, ¿verdad? —pregunto con voz peligrosamente suave—. Confías en que no dejaré que mueras.
Sus ojos se clavan en los míos, y le sostengo la mirada.
Tras una pausa larga y agónica, asiente.
—¿De verdad necesitas esto? —pregunta con tono desconcertado—. ¿No hay otra manera?
Sonrío, satisfecho, y le tiendo el revólver.
—Ninguna.
La mano de Ruby se cierne sobre el arma, con los dedos temblorosos mientras se acercan poco a poco a la empuñadura.
Su reticencia es palpable, pero finalmente lo toma, y el revólver pesa en su mano.
Observo con atención cómo sus dedos rodean el metal frío, cómo su pecho sube y baja con respiraciones irregulares.
—Buena Mascota —arrullo, recostándome un poco y observándola como un depredador—. Ahora, apúntate.
Lentamente, levanta el revólver y se presiona el cañón contra la sien. Tiene los nudillos blancos de apretar el arma con tanta fuerza.
Mi propio pulso se acelera ante lo que veo. Hay poder en este momento, una intensidad cruda y primitiva que alimenta algo profundo en mi interior. La confianza que deposita en mí, cómo se tambalea al borde de la vida y la muerte... todo resulta embriagador.
—Aprieta el gatillo —ordeno, con la voz convertida en un suave susurro en el silencio.
Me sorprende cuando pone los ojos en blanco y sisea:
—Estás muy jodido de la cabeza.
Sin darme oportunidad de responder, aprieta el gatillo.
¡Clic!