Capítulo 31
La presa
Lo primero que noto al volver en mí es que me palpita la cabeza; cada latido me lanza una punzada de dolor al cráneo. El aire está viciado, y el polvo me hace cosquillas en la garganta con cada respiración. Intento incorporarme, pero tengo el cuerpo pesado, torpe, como si estuviera bajo el agua.
Lo segundo que noto es que tengo los ojos vendados y las muñecas atadas detrás de la espalda. ¿Qué demonios ha pasado?
Estaba con… sí, estaba con Valentine en su cama. Pero está claro que ya no estoy allí. Este lugar huele diferente, y reina un silencio inquietante.
—¿Valentine?
Siento la lengua pastosa al llamarlo. ¿Habrá venido Michael a por mí?
—¿Dónde estás? ¿Estás bien?
El corazón se me acelera mientras mi mente conjura imágenes de Valentine herido, de mí otra vez en las garras de Michael.
¡Mierda, mierda, mierda!
Se me escapa un sollozo mientras lo llamo una y otra vez.
—¿Dónde estoy? —murmuro con la voz ronca y débil de tanto llamar a un hombre que no puede oírme.
La pregunta queda sin respuesta mientras intento concentrarme en los sonidos. Pero no hay ninguno.
De repente, un silbido agudo rasga el aire y algo pasa volando junto a mi cabeza. Grito, y el instinto se apodera de mí mientras ruedo y caigo de lo que sea que me servía de cama. Me duele el cuerpo, pero no puedo permitirme dudar. Necesito salir de aquí. Ya.
El sonido vuelve a producirse, poniéndome los nervios de punta; el peligro que se cierne sobre mí es demasiado real.
—¿Quién está ahí? —grito mientras lucho por ponerme de pie.
—Huye, niñita. Huye —se burla una voz amenazante desde algún lugar cercano, helándome la sangre—. No dejes que te atrape. Si lo hago, serás mía.
No reconozco la voz, pero la amenaza es clara.
El corazón me martillea en el pecho mientras echo a correr en dirección opuesta a donde creí oír la voz.
Al sentir el frío envolviéndome, me doy cuenta de que corro hacia una salida. Intento acelerar, pero es difícil cuando no puedo usar los brazos para equilibrarme ni ver adónde voy.
Respiro de forma entrecortada; cada bocanada de aire me desgarra los pulmones como hielo. El pánico me recorre el cuerpo, lanzándome a una carrera a ciegas.
—¡Por favor! —grito con la voz quebrada por el miedo—. ¿Por qué haces esto?
¡Mierda!
Necesito callarme en vez de delatar mi posición. Me doy cuenta de mi estupidez en cuanto la última palabra me raspa la garganta dolorida. Aunque, pensándolo bien, seguro que él no lleva una puta venda en los ojos. Así que si puede verme, ¿de qué sirve guardar silencio?
La única respuesta es el silencio inquietante del exterior, puntuado por el crujido de la nieve bajo mis pies y el chasquido ocasional de las ramas que piso. La oscuridad es sofocante y me desorienta aún más. No sé adónde voy ni qué me espera.
¿Estarán Michael y John jugando a algún juego retorcido conmigo?
—Voy a por ti —se burla la voz desconocida y gélida, provocándome un escalofrío que me recorre la espalda.
Se me escapa un gemido justo cuando algo silba junto a mi oreja, tan cerca que noto cómo el aire se desplaza a su paso.
Corro en línea recta, pero enseguida me doy cuenta de que eso también es peligroso: varias ramas heladas me han golpeado la cara y he chocado con al menos un tronco. Pero no puedo frenar, no puedo parar.
Se me escapa un grito cuando un golpe seco impacta en el árbol junto a mí y me llueve una cascada de lo que parecen astillas. La amenaza es real, y sé que tengo que seguir moviéndome si quiero sobrevivir.
—¡Déjame en paz! —grito.
Mi desesperación crece con cada segundo que pasa. Los silbidos siguen llegando, cada uno más cerca que el anterior, mientras la voz desconocida continúa atormentándome.
—Sigue corriendo. A ver hasta dónde llegas.
Las piernas me arden de agotamiento y jadeo de forma entrecortada, pero no puedo detenerme. No dejaré que este agresor invisible nos haga daño, ni a mí ni a Valentine. Lucharé hasta mi último aliento si es lo que hace falta para salvarnos a los dos.
—Por favor —jadeo mientras tropiezo.
Me doy cuenta de que nunca podré escapar de él, pero algo dentro de mí se niega a rendirse. Con la adrenalina corriéndome por las venas, obligo a mis piernas agotadas a moverse de nuevo y me empujo más allá de mis límites mientras el miedo me impulsa hacia delante.
—Correr no te salvará —gruñe con voz amenazadora, desconocida y fría como el hielo—. No puedes escapar de mí. Mhmm, estoy deseando atraparte. Las cosas que voy a hacerte. Joder.
La última parte se transforma en un gemido lujurioso.
El crujido de sus pasos en la nieve se hace más fuerte a medida que acorta la distancia entre nosotros. Por mucho que me esfuerce, sé que no podré aguantar mucho más. El cuerpo me tiembla por el esfuerzo y el frío penetrante, y los pulmones me arden por el aire gélido que aspiro con desesperación.
De repente, un brazo fuerte me rodea la cintura y me levanta del suelo.
—Te pillé.
Grito cuando me arroja al suelo helado con fuerza brutal, inmovilizándome bajo su cuerpo. Su dominio agresivo me provoca escalofríos de terror, y forcejeo debajo de él, sacudiéndome y pateando para intentar liberarme.
—Quítate de encima —me quiebra la voz de miedo y desesperación.
Pero él no cede, sujetándome con determinación implacable.
—¿Qué quieres de mí? —digo entre dientes.
Me castañetean los dientes, tanto por el frío como por el miedo atroz que me atenaza el corazón.
—Todo —gruñe, inclinándose hasta que su aliento me calienta la oreja—. Ahora eres mía.
Apenas oigo sus palabras por encima del zumbido de la sangre en mis oídos. Mientras sigo forcejeando contra él, percibo un aroma familiar que parece fuera de lugar en esta situación aterradora: algo cálido y terroso, con un toque de especias. Es reconfortante e inquietante a la vez.
—¿Por qué haces esto? —exijo con la voz temblorosa, por mucho que intente sonar valiente.
—Lo descubrirás muy pronto —susurra con voz siniestra.
Jadeo cuando su mano se cierra sobre mi pecho y aprieta con brusquedad. Mi cuerpo reacciona involuntariamente con un estremecimiento de vergüenza y excitación que no puedo controlar.
—Por favor —susurro, intentando escabullirme de él—. No hagas esto.
Sin hacerme caso, su mano libre agarra mi otro pecho y me pellizca el pezón a través de la ropa. No puedo evitar el gemido que escapa de mis labios. Las lágrimas me escuecen en los ojos mientras lucho por comprender cómo mi cuerpo puede traicionarme así.
—Mírate —se burla, con voz baja y cruel—. Estás disfrutando esto, ¿verdad?
—Por favor —suplico de nuevo, intentando desesperadamente apartarlo, pero él me domina con facilidad.
—Tus débiles intentos de resistencia solo hacen esto más placentero para mí —dice, y de repente me suelta los pechos y agarra el dobladillo de mi camisa. Con un movimiento rápido, me la arranca del cuerpo, dejándome expuesta al frío gélido.
—¡Para! —grito con voz aguda por el miedo, pero él ignora mis súplicas y sigue despojándome de la ropa hasta dejarme completamente desnuda en la nieve. El frío me muerde la piel, pero no consigue apagar el calor que se acumula en mi entrepierna.
—Qué cosita tan bonita —murmura mientras sus ojos recorren mi cuerpo desnudo.
Algo metálico y frío se presiona contra mi garganta y un escalofrío me recorre la columna mientras el hombre lo desliza lentamente por mi cuerpo, rodeándome las areolas hasta que gimo. Si es por miedo o deseo, no lo sé.
—Piel tan delicada —murmura, añadiendo presión. Dejo escapar un gemido cuando la piel se rompe y siento la calidez de mi sangre que brota del punto donde hunde el metal.
Para mi propia sorpresa, y asco conmigo misma, gimo en voz alta.
Continúa trazando lentamente la punta afilada del arma por la piel suave de mi vientre, dejando un rastro de piel de gallina a su paso. Dejo escapar otro gemido, más suave esta vez. Mi cuerpo me traiciona con su respuesta involuntaria a la mezcla de placer y dolor.
Hay un pensamiento insistente en el fondo de mi mente, como si mi subconsciente intentara decirme algo. Pero no puedo concentrarme en eso ahora.
—No. N-no. Por favor... —gimo, con la voz apenas audible mientras intento reunir algo de coraje.
—¿Estás suplicando por más? —se burla. Su voz profunda resuena en el bosque silencioso. Mueve el metal más abajo y roza la carne sensible de mi monte, lo que me hace jadear y arquear la espalda involuntariamente—. ¿O estás suplicando que te folle?
Sus palabras me provocan una descarga de miedo e intriga, pero el deseo que titila en mi interior queda rápidamente eclipsado por una oleada de determinación.
—Nunca —digo entre dientes—. No seré tu juguete.
—¿Ah, sí? —arrastra las palabras con un tono rebosante de burla. Lo siento moverse y oigo los suaves roces de tela—. Ya veremos.
Mi estómago se retuerce con una mezcla de pavor y curiosidad cuando me doy cuenta de que debe de estar desvistiéndose. Reúno hasta la última gota de fuerza que queda en mi cuerpo maltratado e intento darle una patada.
Pero mis esfuerzos son inútiles; él atrapa fácilmente mis piernas y las inmoviliza. La sensación de ser sujetada por él, combinada con la nieve fría debajo de mí, solo aumenta mi miedo y vulnerabilidad.
—Qué cosita tan luchadora —murmura, claramente divertido con mi resistencia—. Estoy deseando hacerte gritar mi nombre.
Y mientras se posiciona entre mis piernas temblorosas y frota la punta de su erección contra mi abertura, sé que no importa cuánto luche: mi destino está sellado con este hombre peligroso y posesivo que me ha atrapado en su oscura telaraña.
Aunque estoy húmeda, un dolor abrasador me atraviesa cuando el extraño me penetra. Mi cuerpo se tensa por la conmoción mientras se abre paso dentro de mí. Dejo escapar un jadeo: una mezcla de agonía y placer inesperado me recorre el cuerpo ante la intensidad de todo.
Me lanza las piernas sobre sus hombros, dejándome expuesta a él en todos los sentidos. Mientras comienza a embestir dentro de mí, me quita la venda de los ojos. Parpadeo frenéticamente y tardo unos momentos en recuperar la orientación. Pero cuando lo hago...