Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

El Cazador

Arrodillado, contemplo el cuerpo desnudo de Ruby tendido ante mí. Su vulnerabilidad me remueve por dentro, una mezcla potente de lujuria y poder. Mi polla palpita dolorosamente, prueba de lo excitado que estoy, y siento la humedad del líquido preseminal empapando mis bóxers.

Mientras la observo, siento la atracción entre nosotros, esa fuerza magnética que la atrajo hacia mí. Recorro sus curvas con la mirada y noto las marcas de uñas en sus pechos. Me inclino y las lamo.

—¿Te las hiciste ahora mismo? —pregunto con voz ronca.

—Sí —sonríe, sin que parezca importarle en absoluto que haya tenido que sacarse sangre para correrse.

Mi mente vuelve a cuando me la follé en el baño y me dijo que no podía correrse sin dolor. Pienso en esa compleja relación entre placer y dolor que gobierna sus deseos. Hay tanto por descubrir.

—¿Quieres más? —pregunto con voz ronca.

Cuando asiente, me muevo hacia la cabecera de la cama y me recuesto contra la fría pared de ladrillo. Mi mirada la recorre y capta cada detalle mientras ella me sigue. Con cada movimiento, su rostro se contrae de dolor, pero eso no la detiene.

Sus pezones están duros, pidiendo a gritos que los toque mientras se acerca a rastras.

—Sí —susurra—. Lo quiero todo contigo.

Las palabras me golpean con fuerza, se filtran bajo mi piel, recorren mis venas y se alojan en mi corazón. Esta mujer… mi mascota. Me hace pensar y sentir cosas que nunca me creí capaz.

En cuanto está a mi alcance, la agarro de las caderas y la coloco entre mis piernas abiertas, con la espalda pegada a mi pecho.

—Pon las piernas sobre las mías.

No duda en hacer lo que le digo y mueve las piernas de inmediato. Yo abro más las mías y dejo expuesto su sexo reluciente. Deslizo las manos por sus muslos y siento el temblor de sus músculos bajo las yemas de mis dedos.

Subo las manos de nuevo por su cuerpo, le pellizco los pezones con fuerza y luego hago rodar esos botones sensibles entre mis dedos. El movimiento le arranca un grito.

—¡Valentine!

Sus gemidos son música para mis oídos, igual que la forma en que arquea la espalda buscando más contacto. El calor entre nosotros es intenso y hace que mi propio deseo se dispare. Pero me contengo. Esto es más que simple placer carnal.

—Mhmm, eres tan jodidamente sexy —digo con voz ronca, baja y grave de deseo.

La tensión en el aire es casi tangible, nos envuelve, nos acerca más. Sé que ella también la siente; se nota en cómo su pecho sube y baja con cada respiración entrecortada mientras la anticipación crece en su interior.

Bajo los dedos y gimo al alcanzar su calor empapado. Su coño se contrae a mi alrededor cuando deslizo un dedo en su interior, y enseguida añado otro para estirarla un poco. Sus caderas se sacuden, así que uso la mano libre para mantenerla quieta.

—¿Te gusta eso? —pregunto con un ronroneo grave—. ¿Te gusta cómo te toco?

—Sí —dice sin aliento, apenas en un susurro—. Sí, Valentine, por favor…

Su súplica me provoca un escalofrío y mi polla palpita en respuesta. Pero lo ignoro y me concentro en lo que tengo delante. Quiero entenderla mejor. No estaré satisfecho, saciado, hasta que sepa exactamente qué la mueve.

Mis dedos se mueven más rápido y gimo al sentir sus paredes internas contraerse a mi alrededor. Sus gemidos se vuelven más fuertes mientras su cabeza cae hacia atrás contra mi hombro, con los ojos cerrados de placer. Inclino el cuello y me prendo del lugar donde ya lleva mi marca.

—Dime, Mascota —digo con voz ronca—. ¿Por qué necesitas dolor para correrte?

—¿Q-qué? —tartamudea entre gemidos.

Como no quiero recompensar la falta de una respuesta adecuada, dejo de moverme pero mantengo los dedos dentro de su estrecho canal.

—¿Por qué necesitas dolor?

—Y-yo no lo sé.

Chasqueo la lengua en señal de desaprobación, y en cuanto lo oye, se estremece como si le molestara.

—Siempre ha sido así. Desde… desde mi primer año de matrimonio con Michael. Cuando sucede, siento algo real, algo agudo. Atraviesa todo lo demás, todo el ruido en mi cabeza. Lo necesito para… mantenerme anclada.

Mientras asimilo su confesión en susurros, curvo los dedos contra sus paredes internas.

—Quiero saber por qué —gruño.

—Pero no lo sé —grita.

Yo sé por qué, y ella también. Simplemente aún no ha atado cabos.

—Piensa, Mascota —arrullo—. Piensa en lo que has aprendido en mi clase y dime por qué.

Se estremece cuando le paso la lengua por el hombro sin cuidado. Justo cuando estoy a punto de darle otra pista, se desploma contra mí.

—Porque estoy r-rota —casi grita—. ¿Es eso lo que quieres oír? Que estoy jodidamente rota.

La ira se enciende dentro de mí y me cuesta horrores contenerla. Sobre todo porque no estoy seguro de qué la ha provocado. ¿El hecho de que esté rota y no por mis manos? ¿O porque lo dice como si fuera un comodín que lo justifica todo?

O… tal vez es porque oír eso me resulta incorrecto, incluso viniendo de ella. Porque no está rota.

Inclino la cabeza y dejo que mis labios le rocen el lóbulo de la oreja.

—¿Es eso lo que eres? —pregunto con tono neutro—. ¿Un juguete roto?

—Siento que lo soy —susurra—. Como si necesitara algo retorcido solo para sentirme normal.

Con esto sí puedo trabajar. Puede que Ruby no se dé cuenta, pero el hecho de que no esté llorando mientras dice lo que acaba de decir demuestra que todavía está ahí dentro.

Que es más que un simple recipiente. Si estuviera verdaderamente rota, no tendría capacidad de reflexión ni autoestima, pero las tiene.

—Estás condicionada —la corrijo—. Condicionada a pensar que el dolor es la única forma de sentir. Pero esa no es la verdad. Es lo que te han impuesto. Puedo ayudarte a reescribir eso.

—Condicionada —repite, y justo ahora, mientras usa el mismo tono que emplea cuando responde a una de mis preguntas en Holloway, me molesta que esta posición no me permita verle el rostro.

—Una especie de escapismo —digo con voz ronca mientras vuelvo a mover los dedos—. Cuando todo lo que sientes son distintas versiones y niveles de dolor, resulta muy fácil aprender a encontrar placer en ello.

—¡Oh!

Sabiendo que necesitará unos momentos para procesar lo que acabo de decir, no rompo el silencio. Me quedo completamente quieto, sin mover un músculo, hasta que vuelve a hablar.

—Entonces... ¿no estoy rota? —pregunta, con un dejo de esperanza en la voz.

—Por supuesto que no —me apresuro a responder, queriendo tranquilizarla—. De hecho, demuestra lo fuerte que eres.

Ella emite un murmullo.

Flexiono los dedos dentro de ella, la polla se me sacude en los bóxers y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tumbarla boca arriba y hundirme en su calor.

—Dime, Mascota, ¿cuál es tu fantasía más oscura?

Ante mi pregunta, emite un sonido a medio camino entre un gemido y una risa.

—Dímelo —repito en un susurro seductor. Al mismo tiempo, deslizo los dedos dentro y fuera de su coño, deleitándome con la forma en que sus paredes se contraen alrededor de mis dedos como si quisieran retenerme dentro—.

Hay poder en decir las cosas en voz alta.

En no dejar que te dominen por huir de ellas.

—Valentine —gime, meciendo las caderas contra mi mano.

Sus paredes internas se aprietan alrededor de mis dedos y su respiración se intensifica.

Sus gemidos suenan obscenamente fuertes, igual que el sonido húmedo y obsceno de mis dedos entrando y saliendo de ella.

Sé que está cerca, y yo también. Estoy a segundos de correrme en los bóxers como un adolescente.

—Dime cómo te imaginas que pase, Mascota —gruño.

Inhala con un aliento tembloroso.

—N-no lo sé —grita—. Quiero... está bien. Mierda. Quiero que me persigan, que me...

Se detiene, traga saliva de forma audible y echa la cabeza hacia atrás.

—... Quiero que me cacen.

Hay algo en cómo pronuncia la palabra que le da un doble significado.

—¿Cazada? —gruño mientras muevo la mano entre sus muslos cremosos más rápido, más rápido, tan rápido que todo su cuerpo se sacude cada vez que la base de mi palma golpea su clítoris.

Un escenario empieza a formarse en mi cabeza, uno que hace que la polla y los huevos me duelan de ganas. Ruby huyendo de mí por el bosque que rodea la cabaña. Cazándola, pero no para matarla, sino para follármela.

Aprieto los dientes y me obligo a mantener las caderas quietas mientras deslizo la otra mano entre sus piernas.

Sin disminuir el ritmo con el que mis dedos entran y salen de su calor, clavo las uñas de la mano libre en la cara interna de su muslo.

Sin piedad, aprieto hasta que suelta un grito de sorpresa que enseguida se transforma en un gemido de placer.

—Córrete para mí, Mascota. ¡Ahora! —gruño.

No soy delicado mientras clavo las uñas más hondo, pero es lo que mi mascota necesita. La sensación basta para empujarla al límite. Coloca una mano sobre la mía y me acerca aún más, como si fuera posible. Como si quisiera asegurarse de que no la suelto.

Grita, con el coño apretándome los dedos con fuerza mientras el orgasmo la invade.

—T-tan bueno. No pares. P-por favor...

Sus palabras se transforman en gemidos profundos de placer.

Su coño me aprieta los dedos con fuerza, contrayéndose, mientras el orgasmo la recorre. Mi nombre es un cántico en sus labios, uno que no me canso de escuchar, uno que quiero volver a oír mientras la persigo por el bosque.

Mientras los últimos temblores recorren su cuerpo, llevo la mano con cuidado hacia atrás y tiro del ladrillo que hay justo encima de mi hombro derecho.

Sale con bastante facilidad. Sin perder tiempo, agarro la jeringa y se la clavo en el cuello, inyectándole el contenido en la vena antes de que se dé cuenta de lo que está pasando.

—Val...

La droga actúa más rápido de lo que ella tarda en decir mi nombre, y en cuestión de segundos se desploma contra mí.

A pesar de la urgencia que desgarra mi escasa paciencia, permanezco en la cama durante horas. Mi mascota sigue desplomada contra mí, y me gusta sentir el peso de su cuerpo inconsciente sobre el mío.

Después de doce horas, le administro otra dosis del sedante antes de permitirme dormir un poco. Como la sincronización lo es todo, esperaré hasta justo antes del amanecer para llevarnos hasta allí.

Me despierto con Ruby removiéndose en mis brazos. Tiene la voz pastosa por el sueño cuando dice mi nombre.

—Valentine.

Joder, no creo que me canse nunca de escuchar eso.

En lugar de responder, le inyecto la última dosis de sedante que va a necesitar. Ya casi es la hora, así que solo necesito que siga inconsciente el tiempo suficiente para llegar.

Una sonrisa me cruza el rostro mientras la aparto a un lado y salgo de detrás de ella. Luego la visto con una de mis camisas de manga larga y los vaqueros con los que llegó. Después, los calcetines y los zapatos. Una vez que está completamente vestida, me visto yo.

Llevarla hasta mi coche apenas supone un esfuerzo. Como quiero tenerla cerca, la coloco en el asiento del copiloto. Mientras la observo, me pregunto si tendrá frío. Así que vuelvo corriendo al loft y cojo una manta que echo sobre ella antes de sentarme al volante.