Capítulo 22
La presa
El lejano repique del reloj de pie suena demasiado fuerte mientras me cuelo por la puerta principal; el sonido reverbera por toda la casa en silencio.
Mis pasos resuenan en el pasillo vacío; cada taconazo sobre el suelo de mármol hace que el corazón me lata con más fuerza.
Es tarde, mucho más de lo que pensaba, y solo la idea de despertar a Michael me provoca un escalofrío.
No hay manera de explicar los pantalones que dejé en el baño del bar después de que Valentine los destrozara.
Respiro con jadeos cortos y entrecortados mientras me cuelo en el dormitorio con la intención de coger algo de ropa de dormir para que parezca que llevo horas en casa. En cuanto tengo uno de mis negligés entre los dedos, salgo sigilosamente y la pesada puerta se cierra con suavidad a mi espalda.
Me detengo un momento, atenta a cualquier señal de movimiento, a cualquier indicio de que haya alterado el sueño de Michael, pero la habitación sigue quieta y en silencio.
Con un suspiro de alivio, me dirijo al baño mientras forcejeo torpemente con los botones del abrigo. Necesito borrar todo rastro de Valentine de mi piel, cualquier olor que pueda delatarme.
En cuanto entro en el baño, echo el cerrojo y abro la ducha. El agua silba al salir, y en cuestión de segundos el vapor me envuelve mientras dejo caer el bolso al suelo y me desvisto a toda prisa. Después me meto bajo el chorro abrasador, agradeciendo el escozor del calor en la piel.
Me froto el cuerpo con las manos temblorosas, intentando eliminar cualquier evidencia de lo que he hecho. El jabón se me escurre y cae con un chapoteo en el suelo de baldosas; me agacho a recogerlo con cuidado de no mojarme el pelo.
Cuando termino, cojo la toalla con movimientos frenéticos mientras intento secarme. Mi reflejo en el espejo aparece distorsionado por el vapor y el agua que resbala por el cristal. Pero aún así lo veo…
La visión de mi hombro me provoca una nueva oleada de excitación: la marca del mordisco. Cuando Valentine me hizo correrme, me mordió. No sé por qué no me di cuenta hasta ahora de que fue lo bastante fuerte como para dejar marca, y ahora la evidencia mancilla mi piel de porcelana.
Por mucho que quiera seguir mirándola, no puedo. Necesito cubrirla para que Michael no la vea. No quiero que sepa lo que he hecho; eso queda entre Valentine y yo.
Me tiemblan las manos mientras intento cubrir la marca con base de maquillaje; los dedos torpes, temblorosos. Es un esfuerzo inútil: el maquillaje se corre y se emborrona sobre mi piel, una parodia grotesca de la mujer elegante que fui en otro tiempo.
De repente, el estruendo de una patada contra la puerta del baño reverbera por toda la habitación; la madera se astilla y se agrieta bajo la fuerza del golpe.
Grito, un sonido crudo y primitivo que me desgarra la garganta, y el cuerpo se me queda paralizado de terror mientras el vapor se arremolina a mi alrededor, espeso y sofocante.
La voz de Michael corta el aire, una burla fría y cruel que me provoca un escalofrío.
—¿Qué demonios haces llegando a casa a estas horas?
Sus pasos resuenan por el baño, pesados y amenazantes, mientras avanza hacia mí.
Me quedo paralizada, con el corazón latiéndome en el pecho, mientras el cristal empañado del espejo refleja al monstruo que acecha mi vida.
La mirada fría e implacable de Michael se cruza con la mía; sus ojos se entrecierran con sospecha al posarse en la marca del mordisco en mi hombro.
La rabia se acumula dentro de él, una tormenta oscura y retorcida que amenaza con consumirme.
Pero no lo permitiré. No dejaré que gane.
Intento pasar corriendo a su lado, pero Michael es demasiado rápido; sus manos se cierran en torno a mis brazos y me arrastra hacia él, clavándome los dedos en la carne como garras.
Grito, y el sonido resuena por todo el baño mientras lucho contra él; mis intentos desesperados de liberarme resultan inútiles contra su fuerza. El miedo y el dolor me consumen, una ola oscura y sofocante que amenaza con hundirme.
A medida que Michael aprieta el agarre y sus dedos me dejan cardenales en la piel, sé que se me acaba el tiempo. Necesito encontrar la manera de escapar, de liberarme de la pesadilla en que se ha convertido mi vida. Y al mirar sus ojos fríos e implacables, veo la verdad aterradora.
No solo estoy luchando por mi libertad. Estoy luchando por mi vida.
Michael me dedica una sonrisa que enseña todos los dientes, una que conozco demasiado bien: la que siempre muestra justo antes de castigarme.
—Bueno, esposa —se burla—. ¿Dónde demonios has estado?
—Y-yo… —me tiembla tanto la voz que casi no puedo hablar.
Con un movimiento rápido, me arranca la toalla del cuerpo. Luego pasa un dedo por la marca del mordisco.
—¿Y a quién coño has dejado que te toque?
—N-nadie —tartamudeo, decidida a no pronunciar su nombre—. F-fue un a-accidente.
Me castañetean tanto los dientes que tengo que morderme el interior de la mejilla para que paren.
Michael suelta una risa cruel y burlona y me abofetea tan fuerte que caigo al suelo con un grito. El miedo y la furia se encienden dentro de mí mientras me patea los muslos.
—¡Michael! —grito.
Se agacha a mi altura y me acurruco instintivamente, sabiendo que apenas ha empezado. Michael no pierde el tiempo.
En cuestión de segundos, siento el primer golpe en el cuerpo.
Me protejo la cara con los brazos mientras intento desesperadamente defenderme de su asalto salvaje.
El sonido de sus gruñidos y de mis propios gritos angustiados llena la habitación, una sinfonía de sufrimiento que resuena en los rincones más oscuros de mi alma.
El sabor de la sangre me llena la boca y la visión se me nubla mientras lucho por mantener la conciencia.
Pero me niego a ceder. No dejaré que me rompa.
Porque si lo hace… podría… maldición. No hay ningún «podría» que valga.
Si me lleva al sótano, no estoy segura de no dejar escapar el nombre de Valentine.
En todos estos años, nunca he podido callarme nada cuando Michael saca el látigo.
—¡No! —grito.
Con una oleada de adrenalina, me obligo a desplegarme y mi cuerpo entra en acción mientras ataco a Michael con feroz determinación.
Le asesto puñetazos en el pecho, cada golpe alimentado por la rabia y la desesperación que llevan tanto tiempo acumulándose dentro de mí.
La sorpresa brilla en sus ojos, seguida de un breve destello de incertidumbre al ver que lucho con una ferocidad que nunca esperó.
Sin embargo, no es suficiente.
Su fuerza me domina; sus manos se cierran en torno a mi garganta y me golpea la cabeza contra el suelo.
Intento respirar con desesperación, con los pulmones ardiendo, mientras le araño los dedos en un intento de liberarme de su agarre aplastante.
El mundo a mi alrededor aparece y desaparece, los bordes de mi visión se oscurecen mientras lucho por mantenerme consciente.
—Pagarás por esto, maldita zorra —gruñe Michael mientras me estrella la cabeza contra el suelo una vez más.
Luego se levanta y me patea el brazo antes de salir del baño.
La sangre me mana de la nuca, con un olor intenso que me abruma.
Pero en cuanto oigo la puerta principal cerrarse de un portazo, me arrastro por el suelo hasta alcanzar mi bolso con la mano temblorosa.
Mis dedos buscan torpemente el teléfono.
Jack... Tengo que llamar a Jack.
Logro marcar su número y pongo el teléfono en altavoz.
—¿Ruby? —La voz de Jack me reconforta, y siento que una oleada de alivio me recorre el cuerpo. Pero entonces percibo la preocupación en su tono, el miedo que no está acostumbrado a ocultar—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Mi voz es apenas un susurro cuando intento hablar; las palabras me salen atropelladas, en un torrente de pánico.
—Jack... yo... necesito ayuda.
Hay una pausa al otro lado de la línea.
—¿Dónde estás, Ruby? ¿Qué está pasando? —Su tono rebosa tensión, miedo.
Mi mente se acelera, llena de miedo y confusión, y me cuesta formar las palabras para explicar. Me trabo al hablar, tratando de transmitir la urgencia de mi situación.
—Estoy... estoy en casa. Michael... él... me atacó.
Cuando vuelve a hablar, la furia ha reemplazado al miedo, y sus instintos protectores, los que siempre han formado parte de él, afloran a la superficie.
—Voy para allá, Ruby. Aguanta. Llegaré lo antes posible.
Mientras escucho la voz de Jack, siento un destello de esperanza.
Él me ayudará. Se asegurará de que esté a salvo.
Pero entonces mi visión empieza a nublarse, la oscuridad se cierra a mi alrededor mientras entro y salgo de la consciencia.
El teléfono se me escurre de la mano y siento que me desvanezco; mi último pensamiento es una súplica desesperada de ayuda.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando recupero la consciencia; la cabeza aún me palpita y tengo la visión borrosa.
Abro los párpados con dificultad y descubro una habitación en penumbra que no reconozco.
Al oír voces elevadas a lo lejos, seguidas de pasos que resuenan cerca, dejo escapar un gemido quebrado.
Fragmentos de recuerdos giran en mi mente como esquirlas de cristal roto. El baño. El mordisco de Valentine. La llamada desesperada a Jack. Y después... nada.
La cabeza me palpita al ritmo de mi corazón acelerado mientras lucho por incorporarme; las sábanas susurran bajo mi cuerpo. El dolor agudo que me atraviesa me hace torcer el gesto, un cruel recordatorio de la paliza que soporté.
Las voces se vuelven más fuertes, y resulta demasiado fácil reconocerlas: son mis hermanos. Sus palabras acaloradas se filtran a través de la neblina de mi mente y alimentan mi confusión.
—¡Deberías habérmelo dicho, Jack! ¡Podría haber evitado esto! —La voz de Nick retumba, llena de furia.
—Vete a la mierda —replica Jack con tono tenso—. ¿Por qué siempre tienes que darle la vuelta a todo como si fuera sobre ti? A nuestra hermana la han dejado inconsciente a golpes y tú estás preocupado por tu imagen. Vete a la mierda.