Capítulo 16 #2
La tela se abre fácilmente bajo sus dedos, y siento un estremecimiento de satisfacción mientras va desabrochando.
Sus manos me rozan el pecho, y el contacto enciende un fuego que arrasa con mi contención.
Sus dedos son cálidos y suaves, el tacto vacilante y decidido a la vez mientras desabrocha cada botón, dejando más piel al descubierto.
—Buena chica —digo con voz ronca, deleitándome con el rubor que le sube a las mejillas ante el elogio—. Ahora, veamos hasta dónde estás dispuesta a llegar.
Sus ojos se encuentran con los míos, llenos de ese desafío que la hace tan cautivadora. Me echo hacia atrás, dándole espacio para continuar, y ella lo hace; sus manos se mueven con más confianza mientras llega al último botón.
—Continúa —digo con un gruñido bajo.
Vacila, y sus ojos buscan los míos como pidiendo confirmación.
Le doy un ligero asentimiento, observando cómo lleva las manos a mi cinturón.
La tensión en sus movimientos es palpable; le tiemblan ligeramente los dedos mientras libera el cierre metálico.
Cada roce de su piel contra la mía me envía una descarga de electricidad por todo el cuerpo, y tengo que luchar para mantener la expresión neutra.
Esto es mucho mejor de lo que podría haber imaginado. La polla se me engrosa y alarga dentro de los pantalones, y en cuestión de segundos estoy insoportablemente duro.
—¿Te resultaría más fácil de rodillas? —pregunto, asegurándome de plantearlo como una pregunta.
En lugar de responderme con palabras, Ruby se arrodilla e inclina la cabeza hacia atrás para mirarme.
—¿Así? —pregunta.
Me encojo de hombros.
—Si así te resulta mejor.
Su ceño fruncido como respuesta me hace luchar contra la sonrisa que pugna por asomar. Pero disfruto viéndola reflexionar sobre lo que acaba de suceder. No necesito estar en su cabeza para saber que se está preguntando si esto es mejor, y si lo hizo por voluntad propia.
Cuando se queda de rodillas, sé que he ganado. Y solo ha hecho falta una sugerencia. Dios, qué maleable es.
El aroma de cuero y madera llena el aire, mezclado con algo que es únicamente Ruby, una mezcla embriagadora que tira de mi control. La observo con los ojos entrecerrados: cómo frunce las cejas en concentración, cómo se le entreabren ligeramente los labios mientras se concentra en su tarea.
Sus dedos se mueven hábilmente, y un estremecimiento me recorre mientras cumple mi orden tácita. Está tan cerca que su aliento me roza la piel. Mis manos se aferran al borde del escritorio, la única señal externa de la excitación que me recorre.
—Sigue —ordeno con voz grave, un murmullo ronco que la hace estremecerse.
Traga saliva de forma audible mientras sus manos pasan de mi cinturón a la cinturilla del pantalón. Sin embargo, sus dedos no tiemblan al desabrochar el botón. Se mueve con seguridad, aunque despacio.
Intenta complacerme, ganarse mi aprobación, y saberlo me inunda de satisfacción. Me deleito en el poder que tengo sobre ella, en cómo se doblega a mi voluntad, y siento que la bestia en mi interior se pavonea ante su sumisión.
—Buena chica —la elogio de nuevo en un susurro ronco—. Lo estás haciendo muy bien.
Se le sonrojan las mejillas ante el elogio y se le dilatan las pupilas. Mis palabras la afectan. Dejo que mi mirada recorra su figura arrodillada, fijándome en cómo su pecho sube y baja con cada respiración, en cómo sus labios se entreabren ligeramente al exhalar.
Mi calma aparente oculta la tormenta que ruge en mi interior, la necesidad de deshacerla como ella me ha deshecho a mí. Sus manos se mueven hacia la cremallera. El sonido del metal deslizándose contra metal resuena en la habitación silenciosa, y su respiración se entrecorta mientras la baja.
—¿Quieres que siga? —pregunta con la voz ligeramente temblorosa.
Inclino la cabeza hacia un lado.
—¿Tú quieres continuar? —pregunto, devolviéndole la pregunta.
Asiente con un gesto brusco.
—Sí.
Mi polla se tensa contra la tela de los bóxers, ansiando su contacto.
—Entonces, adelante —me río entre dientes, señalando mis pantalones abiertos—. No voy a detenerte.
Sus dedos me rozan la piel mientras me baja los pantalones y los bóxers, y el contacto me envía chispas de placer por todo el cuerpo. Dejo caer la cabeza hacia atrás y cierro los ojos un momento para saborear la sensación.
Al ver mi polla, se lame los labios. Sus manos descansan sobre mis muslos, y el calor de su tacto me abrasa la piel.
—Sígueme —ordeno con voz que corta el aire como una cuchilla.
Doy un paso atrás, disfrutando de la tensión en sus movimientos mientras obedece, con el cuerpo en tensión por la anticipación y los nervios.
La iluminación suave de la habitación proyecta un resplandor íntimo que resalta la delicada curva de su espalda y cómo su cabello oscuro cae como una cortina alrededor de su rostro.
Tras quitarme del todo los pantalones y los bóxers, rodeo el escritorio mientras la siento arrastrarse detrás de mí. Me siento en la silla de cuero y abro las piernas, sin apartar la mirada de ella mientras se mete bajo el escritorio.
Ahora que no puede verme la cara, por fin dejo que una sonrisa cruel se extienda por mis labios.
Dios, es incluso más ansiosa de lo que pensaba.
Pura perfección. Meto la mano en el cajón y saco la pila de exámenes.
Mientras algunos de mis colegas lo guardan todo en formato digital, yo prefiero el papel de toda la vida.
—Voy a corregir los exámenes de todos —digo en tono casual—. ¿Quieres quedarte ahí abajo mientras tanto?
Su delicada mano recorre mi pierna, me roza la cara interna del muslo y luego envuelve sus esbeltos dedos alrededor de mi miembro erecto. Me trago el gemido y emito un sonido de desaprobación.
Cuando responde:
—Sí.
Deslizo la mano bajo la mesa y le acaricio la cabeza de nuevo.
—Métetela en la boca, señora Simmons.
Su cálido aliento me acaricia la piel y me provoca un escalofrío de anticipación. Tiene la mano firme mientras aprieta la base. La sensación de sus labios rozando la punta de mi polla es exquisita, y tengo que contener el impulso de embestir en su boca.
Su boca es cálida y húmeda, y la textura de su lengua me envía oleadas de placer. Percibo su conflicto interno, cómo se debate entre lo prohibido del acto y su necesidad de obedecer. Sus movimientos son vacilantes pero obedientes, prueba del poder que tengo sobre ella.
—Qué obediente eres, mascota —murmuro con un ronroneo grave que la hace estremecerse.
Sus dedos se aprietan alrededor de mi polla y luego empieza a lamer y chupar, arrancándome un gemido. La sensación de su boca envolviéndome, cómo su lengua se enrosca alrededor del glande, es casi insoportable.
Pero esto no va de placer, y no permitiré que ninguno de los dos lo olvide.
—Para —digo con voz gélida, una orden que la deja paralizada—. Te quedarás quieta hasta que te hayas ganado el privilegio de hacerme correr.
Antes de ponerme a avanzar con los exámenes, me recuesto hacia atrás y la miro. Está preciosa así, de rodillas y con mi polla en la boca. Saber que tengo este poder sobre ella, que puedo hacer que haga lo que yo quiera, me inunda de satisfacción.