Capítulo Tres #2
Cuando pasamos frente al tercer bungaló, empecé a pensar que habíamos superado lo peor, pero una nueva amenaza se dirigía hacia nosotros.
Un grupo de soldados —más de los que nosotros dos podíamos manejar— trotaba por la playa que bordeaba el follaje que nos ocultaba.
Le hice una señal a Elle para que se pusiera detrás de un grupo de palmeras.
Con una mano en su cintura, me pegué a ella, tratando de ocultar la mayor parte posible de su vestido. El aroma de su cabello me inundó las fosas nasales, y mi polla respondió, endureciéndose contra su culo como antes.
Intentando ignorar su proximidad y fracasando estrepitosamente, observé a la tropa camuflada acercarse con los AK-47 pegados al pecho. La respiración de Elle se entrecortó, señalándome el momento exacto en que los vio.
Pasaron de largo, uno por uno, casi una docena. Leó debía de haber llamado a Mendoza, y este, confiando en su lugarteniente y en cualquier mentira que le hubiera contado, había enviado más hombres.
El soldado que cerraba la marcha aminoró el paso y luego se detuvo.
Cuando se metió entre dos arbustos de dalias a solo unos metros de donde nos escondíamos, mi dedo acarició el gatillo de mi Glock.
Pero entonces una cremallera rasgó el silencio mientras los demás se perdían en la distancia.
Un segundo después, soltó un chorro irregular.
Giró la cabeza de lado a lado, con el cuello crujiendo, luego se enderezó y rodó los hombros mientras recorría las sombras con la mirada de izquierda a derecha. Entrecerró los ojos al fijarse en Elle y luego los desvió hacia mí.
Le sostuve la mirada por encima del cañón de mi arma. Tanteó en busca de la suya, y apreté el gatillo.
¡Pop!
El hombre cayó hacia delante, ahogándose con la sangre que manaba de la herida del cuello.
Elle tembló, y la vibración me recorrió el cuerpo. Me aparté, bloqueándole la vista.
—¿Estás bien?
Se me quedó mirando el pecho con los ojos muy abiertos durante un momento, luego parpadeó un par de veces antes de alzar la vista hacia mí.
—Sí, estoy bien.
Era mentira, pero no tenía tiempo para mimarla ahora ni para justificar mis acciones. Ella ya pensaba lo peor de mí de todos modos.
—Quédate aquí.
Después de arrastrar el cuerpo más lejos del camino, tomé una decisión. Necesitábamos un lugar donde escondernos para que pudiera contactar con Sérgio y averiguar exactamente cuál era la situación. Y Elle necesitaba tiempo para recuperarse del shock y descansar.
La agarré del codo y la guié hacia el interior del bosque. —Vamos.
Se resistió e intentó zafarse. —Por ahí no es seguro. Está demasiado cerca del hotel y llevan patrullando los edificios las veinticuatro horas.
La señalé con el dedo. —Eso debería haberte dado la primera pista de que aquí no estabas a salvo. Nunca debí dejarte venir.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, supe que la había cagado.
—¿Dejarme?
Casi resoplé. Era muy propio de Elle centrarse en su independencia y no en mis tendencias acosadoras. Respiré hondo y solté toda mi frustración. Era lista, y hasta ahora había respondido bien a la lógica.
—Mira —dije, cambiando de tema—, no vamos a llegar hasta el hotel, pero por aquí es más probable que nos topemos con uno o dos en vez de con una docena cerca de la playa. Te garantizo que habrá más, y cuanto más discutamos, más fácil será que nos encuentren.
Dejó de resistirse y sus bíceps se relajaron bajo mis dedos. La solté y se puso a caminar detrás de mí. —¿Adónde vamos?
—Uno de los bungalós más cercanos a la piscina está vacío.
—¿Cómo lo sabes? —Sus palabras me rozaron la nuca, cargadas de sospecha.
—Es una larga historia.
—Ya me lo imagino.
Rodear el siguiente bungaló nos llevó más tiempo del esperado. Sus ocupantes habían vuelto y habían encendido todas las luces, lo que nos dejaba sin apenas cobertura, aunque eso también significaba menos lugares donde pudieran esconderse los hombres de Leó.
El móvil me vibró en el bolsillo cuando volvimos a la seguridad de la oscuridad y aceleramos el paso. Llevaba sonando cada pocos minutos durante la última media hora. No podía arriesgarme a mirarlo. La luz delataría nuestra posición.
Un grito ahogado me sacó de mis pensamientos. Giré en redondo con el arma lista. Ella se estrelló contra mí y su frente me golpeó la barbilla.
La sujeté rodeándole la cintura con el brazo. —¿Qué pasa?
Con una mano apoyada en mi hombro, se arqueó para mirarme. Tenía el dolor grabado en el rostro y negó con la cabeza.
—¿Te has hecho daño?
—Solo he pisado algo. Sigue.
Me incliné hacia un lado y le eché un vistazo a los pies. ¿Cómo coño no me había dado cuenta de que iba descalza? La hierba era espesa, pero algunas plantas tenían espinas.
Me quité la mochila. —Ponte esto.
—¿Por qué?
—Hazlo y punto.
Cuando se la puso, le ofrecí la espalda con las rodillas flexionadas. Miré por encima del hombro. —Súbete.
Abrió los ojos de par en par. —Estoy bien. Te voy a retrasar.
—Ya no queda mucho.
—Entonces puedo aguantar.
—Súbete de una puta vez, Elizabeth —espeté—, antes de que nos maten a los dos.
Con un suspiro de resignación, se subió. Me rodeó el cuello con los brazos y me ciñó las caderas con sus largas y esbeltas piernas. La última vez que había estado entre sus muslos, la estaba follando contra su cama.
—Ay.
—¿Qué?
—Tu cuchillo me está clavando.