Capítulo Dos #3
—Si dudas de mi puto juicio —gruñó Alex, con el acento más marcado, como siempre que se enfadaba o se dejaba llevar por la pasión, como anoche—, ¿por qué no te encargas tú mismo?
—Te olvidas de quién eres, hermanito —gruñó Emiliano, recalcando con tono amenazante lo de hermano pequeño para poner a Alex en su lugar—, y tergiversas mis palabras a propósito. Esta chica no es tu responsabilidad, Alex. ¿Por qué sigues aquí? ¿Qué significa para ti?
Alex se levantó del sofá de un salto y fue hasta la ventana, donde se quedó mirando hacia fuera. Se me cortó la respiración mientras esperaba que Alex dijera las palabras que anhelaba escuchar.
—No tiene otra familia, Emil, y le prometí a Jake que cuidaría de ella. Solo necesito unos días más para dejarlo todo en orden.
Me ardían los ojos de lágrimas que me negaba a derramar.
En realidad, no podía culparlo. Yo había buscado el consuelo que me ofrecía, y ninguno de los dos había hablado de amor ni de compromiso.
Pero joder, dolía. Le había entregado el alma durante los últimos días, y para él yo no era más que una obligación.
No me quedé a escuchar más. No me amaba, y nada de lo que dijera podría reparar el daño que me había hecho en el corazón.
Y aun así, no puedo dejar de amarlo.
Pero amarlo no bastaría si quería protegerlo de Mendoza después de que Leó tejiera su red de mentiras. Tenía que olvidar el pasado, dejar de compadecerme y mover el culo.
Me sequé una lágrima de la mejilla y me obligué a ponerme de pie. Los músculos agarrotados protestaron, igual que los pies con cada paso sobre el suelo duro.
Antes de que llegara a la puerta, esta chirrió al abrirse. Pegué la espalda contra la pared detrás de ella y levanté la pala. El cañón de una Beretta 92 apareció antes que el hombre que la empuñaba.
Le golpeé en la cabeza y el impacto me reverberó por los brazos. Con un gemido, cayó contra el marco de la puerta. Volví a descargar la pala y el mango desgastado se partió en dos con un fuerte crujido. Se desplomó hacia un lado, bloqueándome la salida.
Recogí su arma y me asomé por la puerta antes de pasar por encima de él. La luz de la luna bañaba el claro alrededor del cobertizo, pero la oscuridad impenetrable que lo rodeaba me impedía ver cualquier peligro.
Cerré los ojos y agucé el oído, pero reinaba un silencio inquietante, sin rastro de criaturas nocturnas, lo que solo podía significar una cosa: había algo ahí fuera que no debía estar.
El chasquido de una ramita al otro lado del cobertizo confirmó mis sospechas y me lanzó hacia lo desconocido. Puede que ahora tuviera un arma, pero un disparo atraería a más soldados del cartel.
Corrí durante lo que me parecieron horas, hasta que la densa vegetación se fue aclarando y con ella mi cobertura.
Aminoré el paso y me refugié entre las flores y los árboles mal cuidados.
La luz del porche de nuestro bungaló me llamaba, pero no podía arriesgarme a poner en peligro a Makayla y Abby si habían vuelto.
Con el arma pegada al muslo, salí de detrás de una palmera y me acerqué sigilosamente a un cenador cubierto de buganvillas para ver mejor los alrededores.
La tierra dura y compacta bajo los pies doloridos dio paso a una gruesa alfombra de hierba que me alivió.
Una brisa marina me acarició la piel, susurrándome falsas promesas de que no tenía nada que temer.
Miré hacia la playa. Estaba despejada, pero no podía estar segura de que los hombres de Leó no estuvieran escondidos, al acecho. Eché un vistazo a los bungalós al otro lado del camino de piedra. Las sombras oscilaban.
¿El viento meciendo la vegetación? ¿Mi mente jugándome una mala pasada? ¿O algo más?
El sonido de botas pesadas sobre el hormigón me cortó la respiración. ¿Un soldado del cartel o un huésped? Y si era un soldado, ¿era de los de Leó? La primera pregunta quedó resuelta cuando el hombre entró en la luz. Los huéspedes no llevaban AK.
Joder. ¿Y ahora qué?
Masculló algo con el cigarrillo entre los labios mientras otro hombre se le unía.
—¿Alguna señal de ella? —preguntó el segundo.
El primer soldado exhaló el humo por la nariz mientras negaba con la cabeza.
—Tenemos que encontrar a esa pinche puta antes de que los hombres de Mendoza sospechen. He visto lo que les hace a los traidores.
Eso responde a la segunda pregunta.
Miré el arma que tenía en la mano. Nunca había matado, no sabía si sería capaz, pero tampoco había estado nunca en una situación de vida o muerte.
Solo me había entrenado para ello. Era buena tiradora y podría acabar con los dos.
O quizá solo herirlos. Volví a escudriñar las sombras. ¿Y si había más?
Acallando los escenarios que me destrozaban los nervios, retrocedí despacio hacia la palmera. Tendría que buscar otra ruta. Quizá yo...
Una mano me tapó la nariz y la boca, y otra me rodeó la cintura.
La espalda chocó contra un muro de músculo y los pies me dejaron de tocar el suelo.
Me tragué un grito. Los otros lo oirían y no tenía ninguna posibilidad contra los tres.
Por la misma razón, la Beretta que llevaba en la mano era inútil.
En lugar de eso, le asesté un culatazo en la cabeza y disfruté del golpe satisfactorio durante una fracción de segundo antes de girarme para darle un codazo en el estómago y un talonazo en la espinilla.
Él se limitó a gruñir y a apretar más, con el antebrazo aplastándome las costillas.
Se me escapó todo el aire y no pude volver a respirar.
La cabeza empezó a darme vueltas por la falta de oxígeno.
Por primera vez en toda la noche, mientras mi enemigo me arrastraba hacia la oscuridad, los dedos helados del miedo que me atenazaban la garganta vencieron a mi instinto de luchar por mi vida, por los recuerdos de mi padre y mi hermano, por Makayla y Abby… por Alex.