Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

En abril la Vorenhaus olía a tierra mojada y a pintura fresca, porque Anton había podado las rosas de invierno en el punto justo y porque toda el ala este había sido repintada en marzo.

Sofía tardó cinco meses en admitir que aquello era su vida y no un paréntesis, y lo admitió un día cualquiera, con una jeringa en la mano, contando frascos.

El ambulatorio ya no era la salita.

Habían tirado abajo la pared entre la salita y el cuarto de al lado a fines de enero, y ahora había dos camillas de verdad, un armario de acero con cerradura, una pileta profunda y una heladera solo para medicamentos, con termómetro, que ella revisaba todos los días a las siete y a las diecinueve.

En la puerta había una placa de latón que los hombres de la casa mandaron hacer sin consultar a nadie y atornillaron un jueves por la noche, con los cuatro tornillos torcidos.

*AMBULATORIO — S. REYES*

Ella lloró cuando la vio. Después fue a buscar un destornillador y enderezó los cuatro tornillos, porque una cosa es llorar y otra es dejarlo torcido.

Nadia Sarkisova llegó en febrero.

Tenía diecinueve años, los mismos ojos que su hermano y una maleta que pesaba menos de lo que debería, y pasó los tres primeros días con miedo de tocar cualquier cosa.

Sofía la puso a contar material el primer día, a lavarse las manos el segundo y a sostener la bandeja el tercero, exactamente como un hombre de Marsella había hecho con una chica de diecisiete años, veintisiete años antes, y para el final de la segunda semana la muchacha ya discutía con ella sobre vendajes.

Lev fingía que no miraba cuando las dos pasaban por el pasillo. Fingía mal.

◆

Bogdan fue a Úzhhorod en enero, con bastón, con un sobre en el bolsillo que llevaba escrito cuatro meses y que terminó sin entregar, porque su hija abrió la puerta y él decidió decir las cosas con la boca.

Volvió con una fotografía de dos niños y se la mostró a todos en esa casa durante tres semanas, incluso a personas que ya la habían visto dos veces.

Marta quedó embarazada en marzo, para escándalo general de la cocina, y su marido vino a vivir en una de las casitas del patio sur, e Irina empezó a mandar sobre los dos con una autoridad que no tenía ninguna base contractual.

Madame Perrin decidió, en febrero, que les iba a enseñar francés a los guardias.

No pidió permiso a nadie. Se instaló en la salita de la planta baja a las cuatro de la tarde, tres veces por semana, con un cuaderno y una regla, y lo más absurdo que Sofía vio en todo ese invierno fue a Marchenko —ciento diez kilos, cicatriz en la ceja, un hombre al que había visto arrancar una puerta de sus bisagras — copiando le chat est sur la table con la lengua entre los dientes, y recibiendo un golpe en la mano con la regla cada vez que se equivocaba de acento.

Grigori escuchaba las clases desde el rincón, con una manta sobre las rodillas, y corregía la pronunciación de la profesora en un francés perfecto solo para molestarla.

◆

Se casaron en febrero, un día de semana, en la sala del consejo.

Fue idea de Sofía y la sostuvo contra toda la casa: nada de iglesia, por razones que los dos entendieron sin decirlas en voz alta, y nada de fiesta. La sala sin ventanas del sótano, la mesa de roble, ocho personas.

Dmitri y Sergei de un lado. Sasha, que llegó tarde y sobrio.

Irina, de vestido, con las manos rojas alrededor de un pañuelo.

Madame Perrin, que lloró de principio a fin y después se quejó de que no había habido sopa.

Anton, de traje, con las manos limpias por primera vez en cuarenta años.

Bogdan y Lev apoyados contra la pared porque no había silla para todos.

Ella conservó su apellido. Nunca llegaron a discutirlo: él simplemente nunca preguntó.

Y sobre la mesa, entre los dos, un papel que Tarasov había redactado en tres días y leyó en voz alta con la solemnidad de quien lee una sentencia —el contrato de separación total de bienes, en el que constaba, en cláusula aparte, que la cuenta de Ginebra a nombre de Sofía Reyes era anterior al matrimonio, seguía siendo exclusivamente suya y no se comunicaba bajo ninguna circunstancia con el patrimonio de la familia Yakovlev.

Fue Sofía quien exigió la cláusula, y fue Nikolai quien exigió que se leyera en voz alta delante de las ocho personas.

◆

A los ocho se les avisó entre noviembre y enero, uno por uno.

Nikolai tardó once semanas en localizarlos a todos, y mandó hombres a cuatro países, y el mensaje era siempre el mismo y siempre se entregaba en persona: su nombre está en una hoja que hoy tiene la familia Ryzhov, esto es dinero, esto es un documento, y usted decide qué hace con las dos cosas.

Cinco tomaron el dinero y desaparecieron. Dos rechazaron todo y se quedaron donde estaban.

El octavo era una mujer de sesenta y tres años que tenía una barbería en Toulon, y fue la única a la que Sofía avisó en persona, un sábado de diciembre, sentada en una silla de barbero, y la mujer escuchó todo y después preguntó una sola cosa: si el viejo Reyes había muerto con dolor.

—No mucho —dijo Sofía—. Tenía morfina y la usaba poco.

—Ya —dijo la mujer—. Siempre fue así, se lo guardaba todo para los demás.

Sofía volvió de Toulon callada y pasó dos días sin hablar del tema.

Pensaba en su padre tres o cuatro veces por semana, y seguía sin saber qué sentir, y había dejado de exigirse a sí misma una conclusión.

La clínica de Noailles atendía a setenta personas por semana.

Amélie Fontaine mandaba una carta al mes, escrita a mano, siempre con la misma apertura torpe —estimada señorita Reyes, todo bien por aquí — y siempre con una lista de material al final, porque había aprendido rápido que una lista sin alternativa vuelve vacía.

Sofía respondía a todas.

En abril, un martes, Grigori la llamó a la galería acristalada que habían vuelto a acristalar para él, y le dio doscientos euros en efectivo y un papel con un número de sepultura.

—La florista de Aix —dijo el viejo—. Todos los meses de abril. Yo no uso teléfono y Sasha no está.

Sofía miró el papel.

Sabía qué era ese número, y sabía por qué el viejo había esperado hasta abril, y sabía que era a ella y no a otra persona a quien habían elegido para hacer esa llamada —y no preguntó nada, porque en esa casa ya había habido interrogatorio suficiente para tres generaciones.

Llamó desde la salita. Dio el número, pagó, pidió que fueran blancas.

Después volvió a la galería, le devolvió el vuelto en la mano y se quedó mirando el patio sur con él unos diez minutos, sin hablar, hasta que el viejo se quedó dormido en el sillón.

◆

Nikolai pasó el invierno reconstruyendo lo que había costado la tregua.

Fue un trabajo sin ninguna grandeza: llamadas, viajes cortos, tres cenas en Viena y una en Praga, y la paciencia de esperar a que hombres que habían dejado de atender volvieran a hacerlo.

El despachante de Trieste volvió en diciembre.

El banco de Vaduz nunca volvió, y él desistió de Vaduz.

Un nuevo corredor apareció en Viena para ocupar el lugar de Hollmann, y era demasiado joven y cobraba demasiado caro, y Dmitri dijo que era exactamente por eso que iba a servir.

La casa cerró el año con cuarenta y siete hombres y ninguna baja.

Diecinueve deudas pagadas en noviembre; ningún hombre comprado desde entonces, hasta donde cualquiera supiera —y Nikolai había aprendido, a esa altura, exactamente cuánto valía la expresión hasta donde cualquiera supiera.

Dmitri pasó febrero y marzo fuera, negociando con una casa del sur algo que todavía no tenía nombre y que iba a terminar teniendo el nombre que esas cosas siempre tienen: una tregua que necesita un matrimonio para existir en el papel.

Volvió de allí con la cara de quien vio el precio y todavía no le dijo a su hermano cuál era.

Sasha fue a Marsella tres veces.

De la primera trajo una fotografía de la lápida y el registro de concesión, y Nikolai guardó los dos en el cajón de abajo, en la carpeta marrón, detrás del sobre de Tomás Reyes, y no hizo nada con eso durante cinco meses.

No por miedo. Por método: un hombre que persigue a una persona que apaga velas dentro de iglesias no va tras ella con prisa. Va despacio, junta papeles, y espera a que la persona se mueva primero.

El portón siguió abierto todo el invierno.

Sergei odió aquello durante cinco meses, mandó instalar dos cámaras nuevas en la alameda para compensar, y nunca más volvió a tocar el tema después de la noche en que encontró a su cuñada a las tres de la madrugada, volviendo del galpón con una caja de material en los brazos, sola, tranquila, cruzando el patio de una casa donde ya no había ninguna puerta cerrada con llave para ella.

◆

Ella subía al despacho a las once de la noche casi todos los días, y casi siempre con trabajo.

Ese martes de abril subió con la lista del mes y la tiró sobre su mesa antes de decir buenas noches.

—Hilo absorbible cuatro-cero. Dos cajas de guantes chicos, porque Nadia tiene mano de niña.

Un tensiómetro nuevo, porque el del auto se cayó y el señor Marchenko no va a admitir que fue él.

—Se sentó al borde del escritorio, del lado de siempre—.

Y quiero un armario con llave para la heladera de medicamentos.

—La heladera tiene llave.

—La heladera tiene llave y treinta y siete personas en esta casa saben dónde cuelga. —Sofía cruzó los brazos—. Hay morfina en esa heladera. No voy a ser la mujer que dejó la puertita abierta dos veces en la vida.

Nikolai apoyó el bolígrafo.

Fue una de las pocas veces en cinco meses en que la vio tocar ese tema, y ella lo tocó de pasada, sin drama, del modo en que se menciona una cicatriz vieja al ponerse el abrigo.

—Mañana por la mañana —dijo él.

—Gracias.

—Y usted va a tener que bajar a cenar mañana, porque Volkov viene con su esposa y ya Irina mató un pato.

—Ceno. —Tomó un lápiz del portalápices y empezó a girarlo entre los dedos—. Con una condición, y no le va a gustar.

—Diga.

—Danilo.

Nikolai se recostó en la silla.

Pavel Danilo estaba vivo, en un depósito de la familia en Bratislava, cojeando en el frío tal como ella había previsto, cobrando sueldo de controlador de inventario y sin autorización para poner un pie en esa casa.

Su hermano había salido de Odesa en diciembre, y los dos vivían juntos, y Sergei mandaba a verificar la dirección una vez al mes.

—¿Qué pasa con Danilo?

—Nunca va a volver aquí, y estoy de acuerdo, y ni siquiera lo estoy pidiendo.

—Sofía dejó de girar el lápiz—. Quiero que alguien le revise la pierna dos veces al año.

Nada más que eso. Un médico de Bratislava, pago, con informe para mí.

Esa pierna se remendó sobre una mesa de cocina con una pinza de depilar y va a dar problemas en diez años.

—Vendió esta casa.

—Es mi paciente —dijo ella.

Fue exactamente lo que había dicho tres horas después de conocerlo, de rodillas en el suelo de una cocina, con las dos manos dentro del muslo de un hombre, y los dos reconocieron la frase al mismo tiempo, y ninguno de los dos hizo ningún comentario.

—Dos veces al año —dijo Nikolai—. Con informe.

Sofía asintió, satisfecha, y bajó del escritorio.

En la puerta, se detuvo.

—Tiene el pulso a noventa y cuatro desde hace tres días —dijo—. Lo conté el domingo, lo conté el lunes y lo conté hoy.

—¿Me va a decir qué significa?

—Voy a decirle qué no significa. —Puso la mano en el marco de la puerta—. No es su corazón. Está esperando que llegue algo y no me dijo qué.

Él no respondió, porque la respuesta honesta era que no sabía qué estaba esperando, y porque hacía cinco meses que no llegaba nada —ninguna carta, ningún auto en el camino viejo, ningún papel en el portón—, y cinco meses de silencio, para un hombre que había pasado la vida contando silencios, era el ruido más fuerte que existía.

◆

El sobre llegó la tarde del jueves diecisiete de abril, y llegó por el portón abierto.

Ningún auto, ningún testigo. Un sobre pardo común, apoyado contra la reja lateral de la garita, con su nombre escrito en el frente:

NIKOLÁI YAKOVLEV

En letra de imprenta. Cada carácter dibujado por separado, sin ninguna ligadura, todas con la misma presión de principio a fin.

El Vory lo llevó al despacho con las dos manos, como se lleva algo que nadie quiso haber tocado, y se quedó de pie al otro lado de la mesa sin que nadie se lo ordenara.

Nikolai lo abrió con el abrecartas.

Adentro había un único recorte de periódico, cortado con tijera, de un diario serbio de circulación pequeña. Media docena de líneas en la columna de necrológicas, con una fotografía del tamaño de un sello que él reconoció antes de leer el nombre —un rostro cortés de hombre de cuarenta y nueve años.

Kirill Ostrov, muerto en su apartamento de Belgrado. Sesenta y nueve kilos, cuarenta y nueve años, ningún signo de violencia. Causa natural: paro cardíaco durante el sueño. La familia pide discreción.

Nikolai leyó las seis líneas dos veces.

La segunda vez las leyó despacio, palabra por palabra, del modo en que leía un contrato, y la parte de él que sentía algo se quedó tres párrafos atrás, detenida, esperando, mientras la otra parte hacía el trabajo de siempre y verificaba fechas.

La tregua es mía, señor Yakovlev. No es de mi casa. Vale mientras yo esté vivo.

El periódico era del martes quince de abril.

El sello de correos en el sobre —porque había un sello, y quien manda un mensaje así a propósito quiere que se lea el sello — era del lunes catorce de abril.

Despachado a las once y veinte de la mañana, en un correo de Bratislava, casi veinticuatro horas antes de que Kirill Ostrov muriera durmiendo.