Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Nikolai pasó los dos días siguientes cerrando la casa, y la cerró con una frialdad que no sentía hacía años.

El muro norte, reforzado y con sensor. Cuatro hombres permanentes en el camino viejo.

Los turnos reducidos de seis a cuatro horas, porque un hombre cansado ve menos.

Las entregas de provisiones empezaron a detenerse fuera del portón y a transferirse a carritos de la casa por gente de la casa, bajo luz, con dos hombres armados.

Fin de las salidas individuales: el que bajaba al pueblo bajaba de a tres.

Convocó a los cuarenta y un hombres de la Vorenhaus al patio a las seis de la mañana y habló once minutos.

No se subió a nada. Se quedó sobre la grava, en medio de ellos, con el abrigo mojado, y habló en el volumen exacto en el que el último de la fila necesitaba esforzarse para oír — porque un hombre que se esfuerza para oír presta más atención que uno al que le gritan.

Dijo lo verdadero y lo útil, en ese orden.

Que Viena estaba cerrada. Que de ahí en adelante iban a trabajar más y salir menos.

Que quien tuviera un pariente preso, enfermo o endeudado le diera el nombre a Sergei antes del viernes, sin ningún castigo, porque el que no lo diera iba a ser encontrado después, y ahí sí.

—Y no van a dar ese nombre por lealtad a mí —dijo—. Lo van a dar porque, si alguien va a buscar a su madre, quiero llegar primero. Es solo eso. No le estoy pidiendo a nadie que muera por la familia. Estoy diciendo que la familia paga antes.

Que a partir de ese día la paga de todos subía treinta por ciento. Que las familias de los que murieran cobrarían durante diez años, no dos, y que la lista quedaría con Tarasov y no con él, para que siguiera valiendo si él ya no estaba ahí.

Y que nadie, bajo ningún concepto, discutía con la señorita Reyes cuando estuviera atendiendo a alguien, ni le contaba lo que pasaba en el patio.

Notó, al decir su nombre, cómo cuarenta y un hombres se pusieron un grado más atentos.

Y notó una segunda cosa, que se guardó sin comentarla con nadie: cuando dijo tampoco le cuenten lo que pasa en el patio, tres hombres de la fila de atrás cruzaron una mirada — y no era la mirada de quien recibe una orden. Era la de quien ya venía cumpliendo esa orden por cuenta propia.

Dmitri también lo notó, y lo dijo después, en la escalera:

—Acabas de darle un puesto sin darle un título. Otra vez.

—Lo sé.

—Tienes una semana, según Grigori.

Nikolai se detuvo en el rellano.

—¿Fue a hablar contigo?

—Fue a hablar con todos, hermano. Es lo que hace un viejo cuando decide morirse siendo útil. —Dmitri se encogió de hombros—. Tarasov también recibió visita. Y Volkov.

◆

Esa noche Nikolai sacó la carpeta marrón del cajón y la llevó al escritorio, y la dejó abierta por primera vez en seis meses.

No leyó la carta. Se la sabía de memoria. Lo que hizo fue otra cosa: tomó papel y empezó a escribir el orden en que iba a contarlo.

Así preparaba todo — una toma de almacén, una reunión de consejo, una ejecución. Orden, secuencia, lo que va primero para que lo que va después se pueda soportar. Y descubrió, en cuarenta minutos y cinco hojas rotas, que no lograba armar esa secuencia de ningún modo.

Porque no había un buen orden.

Si empezaba por el padre de ella, iba a oír que Tomás vendió información durante veinticuatro años antes que cualquier otra cosa, y todo lo que viniera después le llegaría a una mujer que acababa de perder a su padre por segunda vez.

Si empezaba por la promesa, oiría primero que él la trajo por el pedido de un moribundo, y lo convertiría en deber en el mismo segundo.

Si empezaba por Vera, estaría poniendo a la mujer muerta entre los dos a propósito, y eso era bajo hasta para él.

Y si contaba todo de una vez, ella iba a hacer lo único que él no podía dejar que pasara: iba a querer irse de la casa para reparar lo que su padre había hecho.

Nikolai apagó la lámpara y se quedó a oscuras con la carpeta abierta.

Quedaba una secuencia posible — la misma que usaba Sofía con los pacientes, se dio cuenta con desagrado: decir primero lo que ya duele menos, dejar que el cuerpo lo absorba, volver al día siguiente, decir el resto. Fraccionar no es mentir. Es dosificar.

Odió la idea porque era cobardía bien vestida.

La eligió de todos modos, y escribió en la hoja una sola línea — primero: el padre de ella trabajaba para nosotros — y guardó el papel en el cajón junto con la carta.

Faltaban seis días del plazo de Grigori.

◆

Ella volvió al patio sur dos veces.

La primera, el lunes, la galería acristalada estaba a oscuras y las persianas del primer piso habían sido cerradas por dentro. Sofía golpeó de todos modos, más por terquedad que por esperanza, y se quedó cuatro minutos, y volvió.

La segunda, el miércoles por la mañana, había un hombre sentado en un banquito junto a la puerta de la casa pequeña, con un abrigo de la casa y una radio en el cinturón, y el hombre se levantó antes de que ella llegara a los escalones.

—Buen día, señorita.

—Buen día. Vine a ver al señor Grigori.

—El señor Grigori no está recibiendo.

—¿Está enfermo? —Dio medio paso—. Soy enfermera. Si está enfermo, subo, y usted puede subir conmigo y quedarse mirando.

El hombre se puso rojo hasta la raíz del pelo — su vergüenza decía, más fuerte que cualquier respuesta, que la orden no venía del viejo.

—No es enfermedad, señorita.

—¿De quién es la orden?

—Buen día, señorita —repitió el muchacho, y volvió a sentarse en el banquito, y se quedó mirando la grava.

Ella bajó los escalones y cruzó el patio de vuelta con algo nuevo y feo en el pecho, y esa cosa no era miedo: era la certeza de que el único hombre de esa casa dispuesto a contarle algo acababa de quedar bajo vigilancia por su culpa.

◆

Fue Sasha quien le dio la última pieza, y la dio gratis, porque Sasha daba todo gratis y esa era su utilidad.

La encontró en el pasillo de la planta baja el jueves, sobrio por primera vez en siete semanas, con la mano ya sin vendaje.

—Tiene cara de no dormir.

—Usted también.

—Yo no duermo por profesión. —Se apoyó en la pared—. ¿Notó que ya nadie habla de Viena?

—Nunca oí a nadie hablar de Viena.

—Claro. Hace tres años que esta casa habla de Viena todos los santos días.

Cambio, carga, un hombre llamado Hollmann que mi hermano del medio detestaba.

—Sasha miró el pasillo vacío—. La semana pasada el nombre desapareció de la mesa de la cena.

No disminuyó. Desapareció. —Se encogió de hombros—.

Cuando un tema desaparece así, señorita, no es porque se terminó. Es porque se convirtió en luto.

Sofía se quedó mirándolo.

—¿Por qué me está contando esto?

—Porque me pasé toda la vida en esta casa siendo el único que no sabía nada —dijo Sasha, y por primera vez no había ninguna gracia en su voz—. Y es algo muy malo de ser. No se lo deseo a nadie.

◆

Por la noche, Sergei subió con una carpeta y una cara que a Nikolai no le gustó.

—Agarramos a un hombre en el camino viejo a las cuatro de la tarde —dijo—. No es de los Ryzhov. Es un chico de la aldea, diecinueve años, hijo del panadero. Le pagaron en efectivo para que pusiera algo en el buzón de la garita y se fuera.

—¿Está bien?

—Está aterrado y está bien. Mandé llevarlo a su casa y mandé a un hombre a dormir en la puerta del panadero esta noche. —Sergei puso la carpeta sobre la mesa—. Esto estaba adentro.

Un sobre. Sin nada escrito por delante.

Nikolai lo abrió con el cortapapel.

Era una fotografía. Grande, impresa en buen papel, con la nitidez de un teleobjetivo caro.

Sofía estaba en el jardín amurallado. De pie, con abrigo, las manos en los bolsillos, de perfil hacia la izquierda, mirando algo fuera del cuadro.

El pelo estaba más corto — cortado con las tijeras del estuche, torcido atrás, lo que databa la fotografía en menos de dos semanas.

Se veía la textura del abrigo. Se veía la cadenita fina en el cuello.

El ángulo era desde arriba y desde lejos, del otro lado del muro, en dirección al camino viejo.

Nikolai la estudió con la lupa, y la lectura le llevó menos de un minuto y lo dijo todo.

El punto de disparo estaba por encima de la línea del muro, lo que significaba trípode o plataforma — alguien había estado parado en un campo abierto el tiempo suficiente para montar el equipo.

La luz pegaba de atrás hacia delante sobre el hombro derecho de ella: mañana.

La sombra del invernadero entraba en la esquina del cuadro unos cuarenta centímetros, lo que daba la hora con media hora de margen de error.

Siete y veinte, siete y cuarenta de la mañana. El horario en que ella cruzaba el jardín entre la consulta y la cocina.

El mismo horario que había entregado Pavel Danilo en enero.

Nikolai se quedó con eso en la mano durante un tiempo que no midió, y la rabia que no había llegado con Hollmann llegó toda de golpe, y la contuvo donde siempre la contenía, detrás de los dientes, porque un hombre que muestra rabia frente al jefe de seguridad hace que el jefe de seguridad sienta miedo.

—Hay algo atrás —dijo Sergei.

Dio vuelta la fotografía.

No era una nota. No había exigencia, ni nombre, ni firma, del mismo modo que no las había habido en la placa de bronce.

Había una sola línea, escrita a mano, en ruso, con bolígrafo negro, en la esquina inferior derecha del papel fotográfico.

Una fecha.

Nikolai la leyó, y todo el despacho pareció retroceder dos pasos, porque era la misma fecha que había visto quince días antes en el margen de una hoja de mil novecientos noventa y nueve, en la letra inclinada de su propio padre, con tres palabras debajo:

él nos avisó.

◆

Ella llevó la lista de restricciones al despacho el martes, a las siete de la noche, y la llevó porque de verdad lo necesitaba — Bogdan en guardia de ocho horas era un problema clínico, y se lo iba a decir con el papel en la mano.

El guardia del pasillo de abajo le dijo que esperara adentro. El Pakhan estaba en el subsuelo con Sergei y subía en diez minutos.

Sofía entró.