Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Lo sé.

—Entonces dígame de quién es.

Él no respondió enseguida, y la demora fue distinta a las otras, y Sofía — que había pasado cinco semanas aprendiendo ese rostro como se aprende un monitor — vio el momento exacto en que él decidió contar.

Fue algo mínimo. Los hombros de él bajaron medio centímetro.

—Siéntese —dijo Nikolai.

—No quiero sentarme.

—Siéntese, porque voy a tardar un rato y no la quiero de pie.

Y ella se sentó. Se sentó porque sus piernas quisieron sentarse, y porque estaba pasando, por fin, después de treinta y nueve días.

Él fue hasta la ventana y se quedó de espaldas un instante, del modo en que alguien organiza algo largo antes de decir la primera palabra.

—Su padre me buscó en febrero del año pasado —empezó—.

No fui yo quien lo buscó a él. Mandó un mensaje por un camino antiguo que ni siquiera sabía que todavía existía, y lo que decía el mensaje era una sola línea.

—Una pausa—. Y, cuando leí esa línea, dejé todo lo que estaba haciendo y fui a Marsella en auto, sin escolta, sin avisarle a Dmitri.

Sofía apenas respiraba.

—¿Por qué?

—Porque la línea decía el nombre de una persona que murió hace nueve años.

El aire del despacho cambió de peso.

Vera.

Sofía se quedó con las dos manos apretadas en los brazos de la silla.

—Mi padre conocía a su mujer.

—No fue eso lo que dije.

—Fue lo que dijo usted.

—Dije que escribió su nombre. —Nikolai seguía de espaldas, y la voz venía desde la ventana—. Hay una diferencia, y la diferencia es el libro entero.

—Entonces deme la diferencia.

Él tardó.

—Se acuerda usted del camino de Ostrava —dijo—. Del auto. Del chofer que se detuvo a nueve kilómetros porque fue lo más lógico que podía hacer.

—Me acuerdo.

—Nunca le conté qué pasó antes del camino.

Por qué ella iba en ese auto, a esa hora, en ese camino, sola con un chofer y sin escolta, cuando la regla de esta casa, escrita por mi padre, decía que ninguna mujer de la familia anda sin dos autos.

—Por fin se dio vuelta, y su rostro era distinto a todo lo que Sofía había visto ahí—.

Alguien rompió esa regla esa noche. Y no fui yo.

—¿Quién?

Y fue ahí, exactamente ahí, con todo el piso abriéndose por fin en la dirección correcta, que Sofía cometió el error.

Se inclinó hacia delante y dijo lo que llevaba días ensayando, lo que en su cabeza era lo más generoso y lo más adulto que podía decir:

—Sea lo que sea —dijo—, quiero pagarlo. Si mi padre debe algo, lo pago yo.

Si le hizo algo a su mujer, no puedo deshacerlo, pero me quedo el tiempo que haga falta y trabajo, y no voy a quejarme más, y algún día esto se termina y quedamos a mano.

Solo dígame el número. Siempre pedí solo eso. Dígame el número y lo pago.

Nikolai se dio vuelta.

Y Sofía supo, antes de que él dijera nada, que lo había arruinado todo — porque lo que le cruzó el rostro a ese hombre fue lo mismo que ella había visto en la cara de un hijo que descubre que su madre firmó un consentimiento sin entender qué firmaba.

—No —dijo él.

—¿No qué?

—No se lo voy a decir. —La voz volvió plana, y esa planura se cerró como una puerta de acero—. Hoy no.

—Estaba usted contando.

—Estaba. Paré.

Sofía se levantó tan rápido que la silla rechinó contra el suelo.

—¿Por qué? ¿Por lo que dije? —Abrió las manos—. ¡Ofrecí pagar! ¡Es lo más honesto que tengo para ofrecer!

—Lo sé. —Y fue la primera vez en cinco semanas que ella oyó algo parecido al cansancio en esa voz—. Ese es el problema.

—Explíquese.

—No puedo explicarle sin contarle, y no voy a contarle hoy.

—Entonces va usted a mantenerme aquí sin saber por qué, indefinidamente, y yo tengo que aceptarlo porque usted decidió, solo, en su despacho, que no soporto la información.

—No es que no la soporte. —Dio un paso, y había algo casi urgente en él ahora—.

Es que iba usted a hacer exactamente lo que acaba de hacer aquí.

Iba a convertirlo en deuda. Iba a calcular, iba a ofrecerse, iba a quedarse por obligación y iba a llamarlo justicia, y dentro de dos años iba a despertarse en un cuarto del ala este sin saber si estaba ahí por voluntad propia. Yo no voy a hacerle eso.

—¡Ya me lo está haciendo! —La voz de Sofía subió por primera vez en esa casa—. ¡Ya estoy en un cuarto del ala este sin saber si estoy aquí por voluntad propia! ¡La diferencia es que ahora tampoco sé por qué!

Él encajó el golpe sin moverse.

Después dijo, muy bajo:

—Puedo darle el portón.

Sofía se detuvo.

—¿Qué?

—Si quiere irse, se va. Hoy. —Nikolai fue hasta el escritorio y apoyó las dos manos en él—.

No es retórica. Dinero, documentos, el país que elija, una casa, una clínica si quiere.

Nombre nuevo, si lo acepta. Nunca más me vuelve a ver.

Es lo único que tengo para darle que no le cuesta nada, y está sobre la mesa desde la semana pasada.

—Levantó la vista—. Lo que no puedo darle es la verdad y el portón al mismo tiempo. Elija uno.

Y Sofía se quedó parada en medio de ese despacho y descubrió, con un horror que le subió por la nuca, que necesitó dos segundos enteros para responder.

Dos segundos.

Cinco semanas antes habría cruzado ese portón descalza.

—Es usted un cobarde —dijo ella, y la voz le salió temblorosa porque no era con él con quien estaba enojada—. Y no voy a elegir nada con usted. Voy a averiguarlo sola.

—Sofía —

—No.

Llegó a la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte, sin darse vuelta.

—Una cosa. Cuando lo averigüe, y lo voy a averiguar, no va a poder decir que me lo contó. Va a tener que vivir con el hecho de que la única persona en esta casa que nunca me dijo nada fue usted.

◆

No volvió a su cuarto.

Cruzó el pasillo de abajo, subió, tomó el abrigo, y bajó por la puerta de servicio de la cocina, donde Irina estaba pelando papas.

La vieja miró el abrigo, miró la cara de ella, y no preguntó nada.

—Si alguien pregunta por mí —dijo Sofía—, fui a ver las rosas.

—Nadie se cree eso a las seis de la tarde en noviembre.

—Entonces di que no dije adónde iba.

Irina soltó el cuchillo.

—Señorita. —Habló rápido, algo que no solía hacer—. Ese hombre enterró a tres jefes de esta familia. No es como el patrón. El patrón nunca le va a hacer daño, y los dos sabemos por qué, aunque usted todavía no sepa decirlo en voz alta. El viejo no tiene ninguno de esos motivos.

—Tiene algo que necesito.

—Tiene todo lo que usted necesita —dijo Irina—. Ese es el problema. Un hombre que tiene todo lo que usted necesita cobra el precio que quiera.

Sofía se detuvo con la mano en la puerta.

—Eres la única persona en esta casa que nunca me dijo que no hiciera nada.

—Porque usted nunca me hizo caso y yo ahorro fuerzas. —La vieja volvió a la papa—. Vaya por el lado del invernadero. De ese lado no hay cámara y hay un portoncito que rechina. Ciérrelo despacio.

◆

Afuera hacía frío y estaba oscureciendo.

Sofía cruzó el jardín amurallado, rodeó el invernadero y pasó por el portoncito, que rechinó de todos modos.

El patio sur era otro mundo — grava vieja, una hilera de tilos sin hojas, un pozo tapado con tablas.

Ahí la Vorenhaus dejaba de parecer una fortaleza y pasaba a parecer lo que también era: una vieja casa de campo, con dependencias, donde había nacido y muerto gente durante tres generaciones.

Caminó rápido, con las manos en los bolsillos, contando sus propios argumentos como quien revisa el material antes de un procedimiento.

No tenía nada para ofrecerle a ese hombre.

No tenía dinero, no tenía información, no tenía un nombre.

Tenía una sola cosa, y era pequeña, y tal vez fuera suficiente: era la única persona en esa casa a quien Grigori podía contárselo todo sin que la información llegara al Pakhan — porque, si llegaba, el Pakhan sabría que ella había ido allá.

Los dos tenían el mismo secreto por delante y el mismo motivo para callarlo.

Era un mal argumento. Era el único.

La casa más pequeña tenía una galería acristalada con la luz encendida. Se veía, adentro, la silueta de un hombre mayor sentado solo frente a un tablero.

Subió los tres escalones y golpeó.