Capítulo 19
Pasó seis días sin hablarle.
No fue una evasión grosera — Nikolai Yakovlev no hacía nada de forma grosera.
Fue administrativo. Las respuestas a las notas de ella sobre restricción de hombres volvían firmadas, el mismo día, por Vory.
El material que ella pedía llegaba en veinticuatro horas.
Una vez, en el pasillo de la planta baja, él se detuvo, la saludó con la cabeza, preguntó por la pierna de Danilo, escuchó la respuesta entera, agradeció y siguió camino.
Perfecto. Correcto. Insoportable.
Sofía trabajó seis días con la mandíbula apretada y una rabia sin dónde apoyarse, porque no había ninguna ofensa que señalar. Un hombre que se aleja con educación no le da a nadie derecho a quejarse.
El jueves se descubrió ordenando tres veces el mismo cajón de gasas y se detuvo a mitad de camino, con el paquete en la mano, y se obligó a mirar de frente lo que estaba pasando.
No era el roce. El roce ella sabía catalogarlo; era adrenalina, cercanía, cinco semanas de cautiverio y un hombre que la miraba como nadie la había mirado en la vida. Cuerpo es cuerpo. Tenía veintisiete años y no era tonta.
El problema era el alivio.
Porque la noche del miércoles, cuando vio a ese hombre pasar por la puerta con la mano suelta y la sangre seca en la ceja, lo primero que llegó — antes del deber, antes del reflejo, antes de cualquier cosa clínica — fue volvió.
Y era esa palabra la que no sabía dónde guardar.
◆
Estaba también el problema de Sasha.
No había contado nada. De eso Sofía tuvo certeza en tres días, porque en una casa de ese tamaño una noticia así habría llegado a la cocina antes del almuerzo, y la cocina siguió tratándola exactamente igual que antes. Lo que hizo el muchacho fue peor a su manera: empezó a saludarla.
Todos los días, en el pasillo, con una cordialidad absolutamente vacía — buen día, señorita Reyes — y una sonrisa de dos milímetros que decía, con toda la claridad del mundo, yo lo vi.
El martes apareció en la puerta del cuarto con la mano vendada por él mismo, en un nudo ridículo.
—Me quemé con la cocina.
—Usted no sabe dónde queda la cocina.
—Me quemé con la cocina de otra persona. —Sasha se sentó sin ser invitado y extendió la mano. Era una quemadura de verdad, de segundo grado, en la base del pulgar—. ¿Me va a decir que es grave para que me quede tranquilo?
—Le voy a decir que tiene que dejar de poner la mano en cosas calientes a las cuatro de la mañana. —Sofía trabajó en silencio un minuto—. ¿Le va a contar a su hermano que vino aquí?
—No. —Observó el vendaje—. En esta casa nadie le cuenta nada a nadie, señorita.
Es el deporte nacional. Aunque, entre nosotros, nadie necesita contarlo.
—Sonrió apenas, sin malicia real, solo la provocación de un hermano menor—.
Mi hermano tiene cuarenta y un años y usted tiene veintisiete, y toda esta casa, de la cocina al portón, ya hizo las cuentas y ya decidió que no es asunto de nadie.
Es una unanimidad agotadora. —Y, cuando ella terminó—: ¿Puedo darle un consejo que no me pidió?
—No.
—Nikolai no está huyendo de usted. —Sasha se levantó de todos modos—. Está huyendo de lo que iba a decir si se quedaba dos minutos más en esa sala. Conozco esa cara. La vi una sola vez, en dos mil dieciséis, y esa vez sí se quedó los dos minutos.
Salió antes de que ella pudiera preguntar qué había pasado en dos mil dieciséis.
◆
Danilo se fue el miércoles.
Fue Bogdan quien se lo contó, tarde, y la noticia llegó envuelta en la forma neutra que esa casa le daba a las cosas: al muchacho lo trasladaron.
Ella bajó al cuarto de la planta baja y encontró la cama tendida, el suero recogido, su propio vendaje doblado sobre la mesa de luz — doblado, no tirado, un mensaje que no logró leer.
—¿Salió caminando? —le preguntó al guardia de la puerta.
—Con muleta, señorita.
—Vivo.
El hombre dudó.
—Salió vivo de aquí —dijo.
Y eso fue todo lo que consiguió, y Sofía cargó con esa respuesta el resto de la semana como quien lleva una piedra en el zapato — porque salió vivo de aquí es una frase construida, y ella ya sabía reconocer las frases construidas en esa casa.
◆
El informe de Marsella llegaba todos los días, y todos los días era igual, y Sofía leía las seis líneas del modo en que se lee un examen que no cambia: buscando la línea que había cambiado.
El viernes, cambió.
No en el contenido. En el formato. Donde antes había seis líneas mecanografiadas, ahora había cuatro, y la cuarta era nueva:
Vigilancia del edificio de la calle Longchamp suspendida por orden de la jefatura. Hombres reasignados.
Sofía lo leyó tres veces.
Después bajó.
◆
No pidió que la recibieran. Pasó frente al guardia del pasillo de abajo con el papel en la mano y la cara de quien va a hacer un vendaje urgente, y el muchacho — era Lev — abrió la boca, la miró, y no dijo nada: acababa de gastar lo último que podía darle.
Nikolai estaba de pie junto al mapa. Había papeles por todo el escritorio, tres pilas, una lupa, y él los cubrió con una carpeta al oír la puerta, con la naturalidad de un gesto ya hecho cien veces.
—Sacó usted a los hombres de su edificio —dijo Sofía.
Él miró el papel en la mano de ella.
—Los saqué.
—¿Por qué?
—Porque dos hombres parados frente a un edificio en Noailles durante tres semanas se convierten en parte del paisaje, y lo que es parte del paisaje se fotografía, se sigue y se usa.
—Fue hasta la mesa—. Sigo teniendo gente en Marsella.
No en la puerta. Si la hubiera dejado en la puerta, les estaría diciendo a los Ryzhov qué edificio me interesa, todos los días, de seis a seis.
Era una buena respuesta. Siempre era una buena respuesta, y era exactamente ahí donde dolía.
—¿Ella está viva?
—No lo sé.
—¿Sabe usted algo que yo no sepa?
—Sé muchas cosas que usted no sabe.
—Sobre ella.
—No. —Sostuvo la mirada—. Sobre Madame Perrin sé exactamente lo que dice el papel, y por eso el papel le llega a usted antes que a mí.
Sofía puso el papel sobre la mesa.
Y se quedó ahí, del otro lado del escritorio, con el corazón acelerándose de un modo que no tenía nada que ver con la anciana de Marsella, porque lo que venía cargando hacía doce días le había subido hasta la garganta y no iba a bajar solo.
—Leí la carta de mi padre —dijo.
El despacho se quedó muy quieto.
—Lo sé —dijo Nikolai.
Ella no esperaba eso. No esperaba que fuera tan rápido, ni tan simple.
—¿Desde cuándo?
—Desde el sábado.
—Y no hizo usted nada.
—No.
—Ni siquiera preguntó usted cómo entré.
—No voy a preguntar. —Rodeó la mesa y se detuvo a tres pasos de ella—. Si pregunto, me miente usted o delata a alguien. Prefiero no obligarla a elegir.
Tres pasos se volvieron dos sin que ella notara quién había caminado.
Se detuvo demasiado cerca para una conversación sobre una deuda, lo bastante cerca para que el frío de la noche todavía prendido en su abrigo llegara hasta ella, y por un instante ninguno de los dos habló de ninguna carta.
La mano de él subió — no hasta la cara de ella, primero hasta el antebrazo, dos dedos cerrándose despacio sobre la manga — y no se detuvo ahí.
Subió más, por el hombro, y los dedos se metieron por dentro del cuello abierto de la blusa, sobre la piel desnuda de la nuca, y la pregunta que ella había venido a hacer se deshizo en algún lugar antes de llegar a la boca.
Él la atrajo.
No despacio. Un tirón corto, decidido, que la trajo contra su pecho, y la mano que le sostenía la nuca le inclinó la cara hacia arriba al mismo tiempo que él bajaba la suya, y por un instante — nítido, físico, sin ninguna palabra decente cerca — las bocas de los dos casi se encontraron, tan cerca que ella sintió el aire de él antes de sentir la boca, la respiración de ambos ya errática, ya rápida, el cuerpo de él contra el de ella diciendo con claridad lo que su boca todavía no había dicho.
La otra mano de él bajó por la cintura de ella, por debajo del abrigo abierto, y se detuvo en la base de la espalda, los dedos cerrándose en la tela fina de la blusa, atrayéndola más hacia su propio cuerpo — y Sofía oyó su propio jadeo antes de reconocerlo como suyo.
Fue él quien retrocedió.
Apartó la boca a un dedo de distancia de la de ella y se quedó ahí, inmóvil, los dos respirando el mismo aire caliente entre los rostros, la mano todavía cerrada en la nuca de ella, casi contra su propia voluntad — ella sintió el esfuerzo en eso, sintió cuánto le costaba, el cuerpo de él todavía pegado al de ella como si retroceder fuera una decisión que había que tomar dos veces.
Después, despacio, soltó la nuca de ella, soltó su espalda, y dio un paso atrás, y su rostro volvió a cerrarse en lo que ella ya reconocía como el rostro de trabajo.
Había un cálculo detrás de ese paso atrás, y no era solo el asunto de la carta.
Era el mismo cálculo de siempre, el que él hacía desde hacía semanas sin admitirlo en voz alta: catorce años de diferencia no eran una ventaja ahí, dentro de ese despacho, con ella todavía con su propio jadeo en la garganta.
Eran el motivo por el que tenía que ser él quien retrocediera primero, todas las veces, porque ella tenía veintisiete años y cinco semanas de cautiverio en la cabeza, y él ya tenía edad y experiencia de sobra para saber la diferencia entre que el cuerpo diga que sí y que la persona entera lo decida.
—Así no —dijo él, con la voz más baja de lo que pretendía, más para sí mismo que para ella—. No en medio de esto.
La rabia de ella vaciló, y Sofía detestó lo bueno que era ese hombre para eso — para quitarle el piso a una pelea siendo decente en medio de ella, con la marca de sus dedos todavía tibia en la piel de la nuca, aun después de haber acabado de demostrar, con todo el cuerpo, que sabía exactamente el efecto que tenía sobre ella.
—Entonces sabe usted lo que leí —dijo, y la voz le salió más firme de lo que sentía—. Sabe usted que sé que ustedes se conocieron. Que fue a Marsella antes de que él muriera. Que se sentó en la cocina de mi casa. —Dio un paso—. Y sabe usted que leí que la deuda nunca fue de él.