Capítulo 10
La alarma no hizo ningún ruido. Nunca lo hacía. Llegó como llegaban todas las cosas graves en la Vorenhaus: por la puerta, en la cara de un hombre.
Sergei entró al despacho a las cuatro y veinte de la tarde con una hoja impresa en la mano y la expresión de quien ya decidió lo que va a hacer y solo viene a cumplir la formalidad de avisar.
—Un aparato llamó desde dentro de la casa —dijo—. Dieciséis once. Sesenta y dos segundos. A un número fijo de Marsella, prefijo del sexto distrito.
Nikolai no se movió.
Había una antena en el tejado del ala norte desde el segundo año de su gobierno, y la antena no escuchaba ninguna conversación — escuchaba aparatos.
Todo teléfono que se conectaba dentro del perímetro dejaba un número de serie en un registro que Sergei revisaba por la mañana.
Era una de las primeras cosas que Nikolai había instituido al asumir, y la había instituido pensando en traición, en un contador comprado, en un soldado con deuda de juego.
Nunca en una mujer que quería hablar con una anciana.
—¿De quién es el aparato?
—Del muchacho del pasillo este. —Sergei puso la hoja sobre la mesa—. Lev Sarkisov. Veintitrés años, tres años en la casa, ficha limpia. Ya está en el sótano.
—Sáquenlo del sótano.
Sergei se quedó con la mano quieta sobre el papel.
—Nikolai.
—Sáquenlo del sótano, llévenlo a la cocina de guardias y tráiganmelo aquí. Sin esposas. —Se levantó—. Y no le cuentes a nadie más el prefijo de ese número. A nadie, Sergei. Ni a Volkov, ni a Grigori, ni a tu propia cama.
◆
El muchacho entró con la mano vendada y el rostro de quien ya se despidió de la vida por dentro y ahora solo espera la parte técnica.
Nikolai no le indicó que se sentara. Los hombres confiesan mejor de pie.
—Cuenta.
Y Lev contó. Contó deprisa, sin intentar mejorar nada, y fue la ausencia de ese intento lo que hizo que Nikolai prestara atención de verdad: el corte con la bisagra, el trapo empapado, la mujer que se detuvo en el pasillo y le dijo que la dejara ver.
Contó el procedimiento entero con una precisión que Nikolai no habría podido arrancar con ningún método del sótano — el lavado, la tijera, la cinta — porque el muchacho llevaba tres horas repitiéndoselo de memoria como quien se aferra a algo bueno antes de morir.
—Y entonces me pidió el teléfono —dijo Lev—. Sesenta segundos. Habló de un número en Marsella, de una anciana, y de que yo me quedaba al lado escuchando y colgaba cuando quisiera.
—Y se lo diste.
—Se lo di.
—¿Por qué?
El muchacho se miró la mano.
—Porque le iba a preguntar a otro —dijo—.
Y ese otro iba a decir que no y a denunciarla, y usted se iba a enterar de que no sirve de nada pedir.
Y después iba a dejar de pedir y a empezar a hacerlo sola.
—Tragó saliva—. Pensé que era mejor sesenta segundos con un guardia al lado que una noche de ella sola con una idea mejor.
Nikolai guardó silencio el tiempo suficiente para que el silencio doliera.
Porque el razonamiento era bueno. Era, de hecho, exactamente su propio razonamiento — el mismo por el que había dejado la puerta del cuarto sin llave, el mismo por el que le había dicho a ella qué camión tardaría más en descubrirse.
Un muchacho de veintitrés años con tres años en la casa había llegado, solo y sangrando, a la misma conclusión que al Pakhan le había costado doce días y una placa de latón admitir.
—Tienes una hermana —dijo Nikolai.
Lev se puso pálido.
—¿Se lo contó ella a usted?
—Nadie me contó nada. Está en tu ficha. —Nikolai fue hasta la ventana—.
Escucha con atención, porque lo voy a decir una vez.
Lo que hiciste puede costarle la vida a una mujer de ochenta y dos años en Marsella, y tal vez ya se la haya costado.
Eso es tuyo. Lo vas a cargar. No te lo voy a quitar y no voy a fingir que fue poco.
—Sí, señor.
—Y mañana por la mañana vas a estar en el pasillo este, en tu puesto, con la cinta cambiada.
El muchacho no entendió de inmediato. Nikolai vio el momento exacto en que la frase le llegó.
—Señor —
—Lo que Sergei sabe es que un aparato llamó desde dentro de la casa.
Lo que va a saber dentro de diez minutos es que la llamada se hizo por orden mía, porque quise ver qué número marcaría la señorita Reyes si creyera que nadie estaba mirando.
—Nikolai se volvió—. No me vas a dar las gracias.
Vas a pasar el resto de tu vida en esta casa sabiendo que le mentí a mi hermano por ti, y el día en que necesite cobrarlo, lo voy a cobrar. ¿Está claro?
—Está claro.
—Vete.
Cuando la puerta se cerró, Nikolai se quedó de pie en medio del despacho con una sensación que no logró clasificar de inmediato y que, cuando la clasificó, lo irritó profundamente: alivio.
No era misericordia. Lo revisó, con el mismo rigor con que revisaba todo, y la cuenta cerraba: colgar públicamente al guardia que prestó el teléfono le enseñaría a toda la casa que la mujer del ala este era capaz de doblegar a un hombre armado con una curación y una frase.
En tres días, cada soldado de la Vorenhaus estaría mirando a Sofía Reyes y calculando su propio precio.
Un Pakhan no les entrega esa idea a sus propios hombres.
La cuenta cerraba. Y él sabía — con la parte antigua y desconfiada de sí mismo, la parte que había sobrevivido a tres intentos de arrebatarle el título — que estaba usando una buena cuenta para comprar algo que no tenía nada que ver con cuentas.
Era el segundo papel que firmaba esa semana sin reconocerse en la letra.
◆
Los hombres de Marsella llegaron a la rue Longchamp a las siete y diez de la noche.
El reporte llegó por radio, corto, del modo en que Nikolai lo exigía: el portón del edificio abierto, la puerta del apartamento del tercer piso entornada. Nadie adentro.
Sobre la mesa de la sala, dos tazas. Una usada, con marca de labial en el borde.
La otra limpia por dentro, boca abajo sobre el platillo — lavada y secada por alguien que sabía lo que hace una taza sucia.
Un plato con dos brioches intactos. El teléfono descolgado, con la línea todavía abierta desde las cuatro y doce, lo cual significaba que nadie había colgado después de la llamada y que, durante tres horas, una línea viva había conectado ese apartamento con un aparato dentro de la Vorenhaus.
Y, apoyado contra la pared junto a la puerta, el bastón.
Nikolai cerró los ojos por un segundo al oír la palabra bastón, y al segundo siguiente ya estaba dando órdenes, y la mano que anotaba no temblaba.
—Los vecinos.
—Nadie vio nada, Pakhan. El edificio entero. Un hombre cargando a una señora de ochenta y dos años por la escalera a las cuatro de la tarde y el edificio entero tenía los ojos cerrados.
El barrio comprado otra vez. El mismo barrio que no había visto a nadie arrancar una placa de latón de la pared a plena luz del día.
—¿Papeles?
Una pausa del otro lado. Un sonido de cajón.
—Hay un fajo de cartas en el cajón del aparador, Pakhan. Unas seis, siete. Todas con la misma letra.
—¿Qué letra?
—Letra de mujer, señor. Prolija. En francés. —Papel desdoblándose—. Están firmadas "Sofía".
Nikolai apoyó la mano en el borde del escritorio.
Él había mandado a Vory pagar el banco, contratar a la suplente, cubrir a la enfermera del puesto los martes y viernes.
Lo había hecho con transferencias y con gente contratada, del modo en que se borra a una persona del mundo sin tocar a nadie, y tenía una carpeta con el registro de cada centavo, porque un hombre prudente guarda el comprobante de sus propias bajezas.
Nunca había mandado escribir ninguna carta. No lo habría hecho. Falsificar la letra de una persona es un trabajo lento, hecho por alguien que tuvo en las manos, durante días, cosas escritas por ella.
—Traigan el fajo —dijo, y la voz le salió igual—. No lo lean. Pónganlo en una bolsa y tráiganlo.
—Hay otra hoja sobre la mesa que no es una carta.
—Léala.
—No se puede leer. No tiene ninguna palabra. Tiene un número escrito a mano en el medio de la hoja. —El hombre dudó—. Solo eso. Un número de teléfono. Y no es de aquí, señor. Es prefijo de aquí del este.
Nikolai miró el mapa antiguo en la pared sin verlo.
No era un secuestro para exigir rescate; no se lleva a una anciana para pedirle dinero a un Pakhan.
Era una línea telefónica tendida a través de mil kilómetros, con una punta en la mesa de un apartamento vacío en Marsella y la otra apuntando hacia el interior de su casa.
No querían hablar con Nikolai Yakovlev. Si hubieran querido, habrían mandado el número al portón, junto con la placa.
Dejaron el número donde solo una persona en el mundo iría a buscarlo.
—Guarden la hoja —dijo él—. No toquen el número. Que nadie llame.
Colgó y se quedó quieto.
Sergei llevaba un rato en la puerta. Nikolai no preguntó desde cuándo.
—La llamada la autorizaste tú —dijo el hermano. No era una pregunta; era una frase puesta sobre la mesa para ver qué hacía Nikolai con ella.
—Sí.
—Autorizaste una llamada de sesenta segundos desde un aparato no registrado, dentro del perímetro, a un número fijo que los Ryzhov estaban intervenido o vigilando de cerca, y no avisaste al jefe de seguridad de la casa.
—Sergei entró—. Si eso es cierto, eres el peor Pakhan que ha tenido esta familia.
Y si es mentira, acabas de mentirme a mí para salvar a un soldado de veintitrés años.
—Elige la que prefieras.
—No necesito elegir. —Había cansancio en la voz del hermano, y el cansancio era peor de lo que habría sido la ira—. Vi la ficha del muchacho. Tiene una hermana de diecinueve años en Rostov y le manda dinero todos los meses. Viste la misma ficha que yo.
Nikolai no apartó la mirada.
—Quieres que lo entregue al sótano.