Capítulo dieciséis #2
La voz de Khalid era tan baja y peligrosamente suave como Tanya jamás la había oído, y se detuvo en el umbral de la cocina mientras un escalofrío le recorría la espalda.
Durante las últimas dos semanas, Khalid parecía haberse aislado de todos salvo de su esposa, envolviéndose en un manto de cortés distancia.
Estaba tenso como un muelle a punto de saltar, consumido por la preocupación.
Sabía que Bennett vigilaba constantemente a su hermano mayor, inquieto por él.
Se avecinaba tormenta, y ella temía que estuviera a punto de desatarse.
Medio de espaldas a ella, Tanya pudo ver cómo Khalid apretaba el auricular con fuerza, las venas del cuello marcándosele.
—¿Qué demonios te hace pensar que puedes ayudarlo de alguna manera?
Asustada de pronto, Tanya retrocedió alejándose de la cocina.
Nunca, jamás, había oído a Khalid maldecir, ni había oído su voz temblar de furia como ahora.
Un toque repentino en el hombro la hizo girarse bruscamente, con un grito atascado en la garganta, y se encontró a Bennett a su lado, que levantaba un dedo en señal de advertencia.
En silencio, él la atrajo hacia sí, fuera de la vista de la cocina.
Ella se aferró a él, temblando, mientras permanecían a la escucha.
—¿Ah, sí? —La voz de Khalid era un gruñido feroz, casi irreconocible—. ¿Cómo? ¿Diciéndole que huya? ¿Que se esconda de todos y les haga creer que está muerto? Bismillah! ¡Por Alá, ni siquiera puedes ayudarte a ti mismo! ¿Qué te hace pensar que puedes ayudar a Bennett?
Una pausa.
—¡Basta ya! Llevo tres años oyendo lo mismo de ti, siempre igual. Fui un necio al dejarte solo hace tantos años, y más necio aún por seguir buscándote, y luego por mantener la fe en ti. Estás tullido, Saiid. Y no solo de cuerpo.
Bennett se tensó de forma alarmante. Tanya alzó la vista, pero él negó con la cabeza con urgencia, estrechándola contra sí. Ella notaba la rigidez de los brazos que la rodeaban, el corazón de él latiendo acelerado contra su mejilla. En la cocina, la voz de Khalid se elevó.
—Huiste de todos los que te querían, de los que te habrían apoyado.
Has destrozado a mi hermana con tu cobardía.
¿Sabes que no pasa un día sin que Jauhara llore por ti?
¿Acaso te importa que tus hijos crezcan sin padre mientras te ahogas en autocompasión?
¿Tú ayudar a Bennett? ¡No me hagas reír!
Bennett al menos trabaja duro, se esfuerza por recuperar las fuerzas.
Se va a operar para quitarse las cicatrices.
Quiere vivir, Saiid. Quiere labrarse un futuro.
Es duro, requiere determinación, dolor y sudor.
Está pasando un infierno solo para volver a caminar.
Para correr, para conducir, para montar a caballo.
Quizá incluso para volver a volar. Así que deja de preocuparte por Bennett.
Estará bien. Solo hazme un favor... haznos un favor a todos, Saiid.
.. y mantente alejado. Cúrate a ti mismo antes de pensar en curar a nadie más.
Oyeron cómo colgaban el teléfono de golpe. Luego, silencio. Bennett avanzó y cruzó el umbral de la cocina, llevándose a Tanya consigo cuando ella habría preferido retroceder.
Khalid aún aferraba el teléfono con los nudillos blancos, pero los anchos hombros se le hundieron mientras permanecía de espaldas a la habitación, la frente apoyada en el cristal de la puerta del patio.
Tras un momento, inspiró hondo y se irguió.
Al volverse, se quedó paralizado al verlos.
Tanya quiso gritar ante la angustia que reflejaban aquellos ojos oscuros y atormentados.
—Lo has oído. —No era una pregunta.
—Creía que Saiid estaba muerto. —Los ojos verde mar de Bennett no se apartaban de su hermano.
Khalid soltó una risa corta y áspera mientras se frotaba la cara con las manos.
—Más le valdría estarlo —respondió—. Para nosotros está muerto.
—¿Qué pasó?
—Sabes que fui a buscarlo después de la guerra.
Bennett asintió. Khalid se acercó a la mesa y les indicó con un gesto que se sentaran con él.
—Lo encontré en un hospital de Khobeira, en una unidad de quemados. Los soldados iraquíes... no fue nada agradable, Bennett. Le habían quemado la cara con cigarrillos.
Tanya ahogó un grito, con el estómago revuelto, y Khalid asintió en su dirección.
—Tenía la cara destrozada. Y eso era lo de menos.
La mano derecha... se la habían inmovilizado para machacarla a culatazos.
Los dos brazos rotos, varias costillas y una pierna.
No sé cómo escapó; quizá lo dieron por muerto.
Cuando lo encontré, me suplicó que no dijera nada a su familia, a Jauhara.
Estaba muy alterado, en estado crítico. Las enfermeras me dijeron que era mejor acceder a sus deseos hasta que se estabilizara, que entonces entraría en razón.
Pero cuando volví unos días después, había desaparecido.
Se había marchado del hospital sin más, con la escayola puesta, suponen, aunque no debería haber podido caminar.
Khalid señaló el teléfono.
—Hace tres años, por fin volví a encontrarlo. Vivía como un ermitaño, escondiendo el rostro, el cuerpo destrozado. Insistí, pero se negó a venir conmigo y no me dejó hacer nada por él. Se había dado por vencido.
Bennett se removió y soltó a Tanya para acercarse.
—¿Por qué no...?
—¿Decírselo a alguien? ¿A Elyse y a nuestro padre?
¿A Jauhara? —Los labios de Khalid se tensaron en un rictus sombrío—.
Lo habría hecho. Te lo juro, Bennett. Estaba dispuesto a arrastrarlo de vuelta conmigo, o a llevar a Jauhara hasta él aunque protestara.
Pero entonces me dijo... ma'shallah, Dios mío, Bennett. Se había divorciado de ella.
—¡Divorciado!
Bennett jadeó horrorizado. Casi dio un paso atrás.
—Pensó que ella volvería a casarse, creyéndose viuda, y quería que estuviera libre de pecado. —Khalid se frotó la frente, como si le doliera—. Échame la culpa si quieres, Bennett. Pero no podía ir donde Jauhara y decirle eso. No podía.
—No —susurró Bennett, visiblemente conmocionado—. Khalid, la mataría.
—Entonces, ¿de qué iba esta llamada? —Tanya sentía curiosidad.
Khalid hizo un gesto de impaciencia y furia.
—Se enteró del accidente de Bennett. Pensó que podía ayudar.
—Escupió las palabras, con los ojos oscuros centelleando de ira—.
Porque él había quedado lisiado, con el rostro desfigurado, pensó que podía ayudar a Bennett.
Estaba «dispuesto» a salir de su reclusión para poner su conocimiento, su experiencia, a disposición de Bennett. ¡Qué generosidad!
Tanya guardó un discreto silencio, aunque pensó que la necesidad de Khalid de desahogar su ira y su miedo por Sarah lo había cegado ante la oportunidad de traer a Saiid de vuelta al seno familiar.
Una vez allí, el errante esposo de Jauhara se habría beneficiado de la actitud de Bennett, de su empuje y su ambición por recuperarse del todo, y no al revés.
Entonces, cuando Saiid empezara a aceptarse y a asumir sus limitaciones, su actitud hacia la familia a la que había dado la espalda también empezaría a cambiar.
Se lo comentó a Bennett más tarde, esa noche, cuando estaban a solas en la habitación de ella.
—Sí —admitió él, atrayéndola hacia sí. Estaba tumbado cómodamente en la cama. Acurrucada a su lado, ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Khalid rara vez pierde los estribos —dijo—. Pero cuando lo hace, es bastante... formidable.
—Sí, lo vi. —Tanya se estremeció. Levantó la cabeza y miró a Bennett a los ojos—. Es un buen hombre, ¿verdad, Bennett?
—Sí. Hay pocos hombres como Khalid. A veces desearía parecerme más a él, pero luego me alegro de no ser así. La responsabilidad pesa mucho sobre sus hombros.
La acomodó mejor contra su cuerpo mientras deslizaba las manos bajo la camiseta para acariciarla distraídamente. Ella se estremeció cuando él le cubrió los pechos con las manos, acariciándole la suave piel.
—Siempre ha estado muy unido a Jauhara. Natalie le llevaba muy poca diferencia de edad, pero a Jauhara la convirtió en su protegida especial casi desde el día en que nació.
Se volvió hacia ella y la besó. Tanya se abrió a él de buen grado mientras las manos de Bennett se volvían más insistentes en sus pechos, tirando de los pezones erectos. Ella gimió suavemente contra su boca y él se colocó sobre ella, con el cuerpo esbelto presionándola contra el colchón.
—Tanya. —Su voz era profunda, cargada de promesa sensual.