Casarme con el papá de mi bebé (Cómo cazar un marido 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

—A na se hizo daño —explicó Rebeca a Connor, mirando desesperada alrededor del salón en busca de las llaves del coche. Nunca las dejaba en su sitio designado, y hoy maldecía su desorden—. ¡Mañana mismo compro un maldito gancho para colgarlas! ¿Dónde están mis putas llaves?

—Yo te llevo —dijo Connor, sacándolas de detrás de una pila de libros.

Salieron apresurados. Rebeca golpeó la puerta del departamento de al lado, pero nadie respondió.

—Llamaré a Dolores desde el camino; a esta hora debe de estar en la iglesia.

Corrieron hacia el ascensor y luego a la calle. Allí vieron a Jin Wu Shi intentando tomarle disimuladamente una foto a Connor con una Polaroid. Connor, en lugar de molestarse, posó para la foto mientras desbloqueaba el coche.

—¿Te gusta mi coche? Es mejor que tu taxi —bromeó, intentando distraerla.

Rebeca jugueteaba nerviosa con las llaves, moviendo la pierna tan rápido que seguro era capaz de generar electricidad para todo el pueblo si alguien la conectaba a un generador.

Atravesaron el pueblo en el Porsche, hoy por suerte había poco tráfico, y llegaron al hospital con Rebeca prácticamente saltando del auto antes de que se detuviera por completo.

—Ana está bien —dijo la señorita Jia al acercarse, la maestra de la escuela primaria que daba tutorías de matemáticas a Ana—. Se cayó y se golpeó la oreja contra la mesa. Necesitará puntos, pero el doctor dijo que sanará perfectamente. Necesitan que la acompañes y que completes estos datos.

—Yo me encargo —dijo Connor, tomando el portapapeles.

—¿Sabes toda nuestra información? —preguntó Rebeca.

—Mi equipo fue muy minucioso. —Le tomó la mano—. Ve con ella. Yo me encargo.

Rebeca no tuvo tiempo de analizar lo que esas palabras le provocaron en el pecho y corrió hacia el consultorio de Laura.

Minutos después, Ana ya tenía los puntos y estaba lista para irse.

La pequeña estaba pálida, mirando la gasa manchada de sangre sobre la camilla, pero no se quejaba; solo apretaba con fuerza la mano de Rebeca.

—Mírate, fuiste muy valiente —dijo Connor al entrar en la sala.

Ana le mostró orgullosa la herida. Laura se quedó boquiabierta al verlo. Rebeca sabía que su amiga tenía debilidad por Jing Hong, pero nadie era inmune al atractivo de Connor.

—Voy a pagar y nos vamos a casa —dijo Rebeca, notando que sus manos aún temblaban.

—Ya está pagado —respondió Connor. Le ofreció los brazos a Ana, que aceptó encantada que la cargara como si fuera un bebé.

Rebeca también habría necesitado un abrazo; estaba tan nerviosa que sentía que podría vomitar en cualquier momento.

—Connor, dime cuánto fue para retirarlo del cajero.

—No.

—¡Connor! Puedo averiguarlo —amenazó.

—Dame el dinero y juro que compraré el cuadro más caro del Louvre y lo pondré a tu nombre.

—Está bien —cedió ella—. Voy a buscar sus cosas.

Vio a Laura cubriéndose la boca para ocultar su sorpresa.

Tal vez era extraño verlos discutir como una pareja.

O verla a ella ceder en una discusión. Desde el incidente del lago, todos habían estado recibiendo y enviando mensajes sin parar.

Rebeca los había ignorado todos pero sabía que lo que acababa de pasar pronto sería del conocimiento público.

Pero en ese momento tenía algo más urgente en mente.

Vio a Connor salir del hospital, susurrándole palabras tranquilizadoras a Ana, con la voz suave, paciente. Algo en su pecho se desmoronó.

Ya no era solo atracción. Era algo más profundo. Más intenso. Algo que la consumía por completo. Rebeca comprendió, con una claridad abrumadora, que estaba total y absolutamente enamorada de Connor Langley.