Capítulo 16
R ebeca estaba en el cielo. Estaba pasando.
¡Estaba besando a Connor! Había besado a muchos hombres antes, pero ninguno la había hecho sentir así.
Nunca alguien le había hecho sentir la sangre zumbando en los oídos y que el calor se expandiera por todo su cuerpo.
Quería congelar el tiempo y vivir en ese instante para siempre. Demasiado pronto, él se detuvo.
—Me propasé —dijo, avergonzado—. Yo… —Miró al suelo, buscando palabras—. Lo siento.
—No lo hagas. —Se puso de puntillas y abrió los labios, dándole acceso fácil.
Él respondió de inmediato. Un gemido se escapó la boca de Rebeca, y eso pareció encender un fuego dentro en él.
La levantó y la apoyó contra la pared del baño, y ella enredó las piernas alrededor de su espalda.
Había fantaseado mucho con él y siempre imaginó que sería correcto, paciente, metódico.
Pero el hombre frente a ella estaba actuando con una intensidad casi desbordada, y le encantaba.
—Más —susurró.
En una ocasión, investigándolo en internet antes de firmar los papeles, había encontrado un foro dedicado a especular sobre él el tamaño de su miembro. Ahora, sentirlo tan cerca hacía que todas esas teorías se quedaran cortas frente a la realidad.
—Connor, espera. —Rebeca finalmente recordó algo importante e intentó apartarlo, aunque él era prácticamente inamovible.
—¿Qué? —arqueó una ceja, y el gesto casi la hizo olvidar lo que iba a decir.
—El médico dijo nada de sexo. Por los medicamentos de ovulación.
—Sí, para evitar la posibilidad de embarazos múltiples —asintió—. ¿Tienes preservativos?
—¿Tú tienes? Eres tú quien tiene millones de mujeres suspirando por ti.
—No hago esto tan seguido. —Se encogió de hombros—.
No te preocupes, hay muchas otras cosas entretenidas que podemos hacer.
—Le mordió el cuello y ella dejó escapar un suspiro.
Le subió la falda y recorrió sus piernas con las manos mientras ella desabotonaba su camisa, dejando al descubierto su torso—.
Muchas cosas con las que he soñado —murmuró cerca de su oído.
El teléfono fijo de la casa empezó a sonar. Él se detuvo y la miró.
—No voy a contestar —decidió ella.
Volvió a sonar, pero lo ignoraron. Entonces comenzó a sonar su teléfono celular.
—Creo que algo pasa —dijo ella.
Él la dejó con cuidado en el suelo para que pudiera atender.
—¿Hola? ¿Rebeca? —La voz al otro lado sonaba grave.
Un miedo incomprensible le llenó el pecho.
—¿Qué ocurre?
—Ana está en el hospital.