Capítulo 17
Esa noche, ya en casa, ninguno de los dos tenía sueño. Se sentaron en la terraza con dos mantas y una botella de vino a medias, y por primera vez desde Las Vegas hablaron sin la coraza de las bromas.
La terraza de Adrián, pequeña y desordenada como el resto de su piso, tenía sin embargo una vista despejada hacia una parte de la ciudad que de noche se llenaba de luces, y que Valeria, en las semanas que llevaba viviendo allí, había llegado a apreciar más de lo que habría esperado.
—¿Sabes que esta es la primera vez que nos sentamos aquí fuera juntos, sin más gente alrededor? —dijo Adrián, sirviendo el vino en dos vasos que no eran copas de verdad, sino los vasos normales de la cocina.
—Es verdad. Siempre hay familia, amigos, o alguna excusa de por medio.
—Se agradece un rato sin actuación.
—Se agradece, sí.
Se quedaron un momento en silencio, escuchando el rumor lejano de la ciudad, hasta que Valeria, envuelta en su manta, decidió romper el silencio con la pregunta que llevaba días queriendo hacerle.
—¿Por qué no crees en el matrimonio? —preguntó Valeria, directamente, rompiendo su propia norma sobre preguntas personales.
Adrián tardó un momento en responder, jugando con el borde de la copa.
—Mis padres llevan treinta y cinco años casados y se quieren de verdad, pero he visto a demasiada gente a mi alrededor prometer para siempre y romperlo en cuanto la vida se complica.
Con Nieves creía que teníamos algo sólido.
Cuando le dije que quería viajar, que necesitaba ese tiempo fuera, no esperó ni un mes para rehacer su vida con otra persona.
Aprendí que las promesas grandes se rompen con más facilidad de la que nadie admite.
—Y decidiste no volver a hacer ninguna.
—Decidí no depender de que otra persona la cumpliera. —Se giró hacia ella—. ¿Y tú? ¿Por qué necesitas tanto que todo salga según lo previsto?
Valeria miró la copa de vino un buen rato antes de responder.
—Con Íñigo hice planes durante siete años.
Piso, boda, incluso nombres de hijos que nunca tuvimos, y de repente descubrí que él llevaba meses dudando sin decírmelo.
Me sentí estúpida por no haberlo visto venir.
Desde entonces pienso que si controlo cada detalle, nada podrá sorprenderme de esa manera otra vez.
—¿Y esta boda accidental no ha desmontado un poco esa teoría?
—Un poco, sí —admitió ella, con una risa breve—. Es irónico, ¿no? Toda mi vida intentando controlarlo todo, y la sorpresa más grande me la ha dado precisamente lo que menos controlaba.
—Y sin embargo aquí estamos —dijo Adrián, con suavidad—. La sorpresa más grande de tu vida, sentada a tu lado con una copa de vino.
Ella sonrió, a su pesar. —Sin duda la más inesperada.
—¿La peor?
Valeria lo miró entonces, de verdad, como si estuviera reconsiderando algo que llevaba semanas dando por sentado.
—Todavía no lo tengo claro —admitió, y esa fue, de las dos, la confesión más honesta que había hecho en meses.
—¿Puedo confesarte algo? —dijo Adrián, tras un silencio largo, cómodo—. Aquella noche en la capilla, cuando dijimos los votos en broma, recuerdo haber pensado, solo un segundo, que ojalá parte de lo que estábamos diciendo fuera verdad.
—Estabas muy borracho.
—Estaba muy borracho, sí. Pero también lo pensé sobrio, hace un par de semanas, viéndote dormida en el sofá con el mando de la tele en la mano.
Valeria sintió que el corazón le daba un vuelco que no supo, ni quiso, disimular del todo. —Eso es una confesión bastante grande para una terraza a medianoche.
—Llevaba tiempo queriendo decirlo. El vino ha ayudado un poco.
—¿Y ahora qué?
—Ahora no lo sé. Pero prefiero decirlo y que sea raro, a no decirlo nunca y preguntarme siempre qué habría pasado.
—Puedo confesarte algo yo también, ya que estamos —dijo Valeria, tras un silencio en el que pareció reunir valor—. Aquella noche en el bar de safari, cuando me pusiste esas orejas de león ridículas, pensé que eras la persona más irritante que había conocido en mucho tiempo.
—Vaya declaración.
—Espera, que no he terminado. También pensé que eras la persona que más me había hecho reír en meses, y que esas dos cosas, siendo tan contradictorias, me daban mucho miedo al mismo tiempo.
—¿Y ahora? ¿Sigo dándote miedo?
—Ahora me das un miedo distinto. El de saber que si esto sale mal, va a doler mucho más que cualquier ruptura anterior.
Adrián se acercó un poco más en el banco de la terraza, sin llegar a tocarla, dejando que fuera ella quien decidiera si acortar del todo la distancia. —¿Y si no sale mal?
—Entonces habré tenido razón en preocuparme por otra cosa completamente distinta.
—¿En qué?
—En cómo voy a explicarle a mi familia que el matrimonio de mentira resultó no ser tan de mentira, después de todo.
Los dos se rieron, un poco nerviosos, un poco aliviados, y por primera vez desde Las Vegas, ninguno de los dos sintió la necesidad de aclarar inmediatamente que aquello había sido solo una broma.
La botella de vino terminó de vaciarse entre risas más suaves y silencios cada vez más cómodos, y cuando finalmente se levantaron para entrar, ya de madrugada, ninguno de los dos mencionó el pacto, ni los meses que quedaban, ni el divorcio que en teoría seguía esperándolos al final del camino.
Por esa noche, al menos, bastaba con estar ahí, sentados el uno junto al otro, sin ninguna prisa por resolver lo que fuera que estuviera pasando entre ambos.
Ya en la puerta de su habitación, Valeria se detuvo un momento antes de entrar. —Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches, Valeria.
Ninguno de los dos se movió durante un segundo largo, incómodo y dulce a la vez, hasta que finalmente cada uno entró en su propia habitación, dejando la puerta entreabierta como si, en el fondo, ninguno de los dos quisiera cerrar del todo la distancia que los separaba esa noche.
Se quedaron en silencio, el uno frente al otro, con la botella de vino casi vacía entre los dos y la ciudad entera durmiendo más allá de la terraza, cada uno conteniendo las ganas de acortar la distancia que todavía los separaba, sin que ninguno se atreviera, esa noche, a dar el paso definitivo.
—Deberíamos irnos a dormir —dijo Valeria al fin, con la voz más baja de lo habitual, rompiendo el momento antes de que se volviera irreversible.
—Deberíamos —coincidió Adrián, sin moverse.
Ninguno de los dos se levantó enseguida. Se quedaron un rato más, envueltos en sus mantas respectivas, mirando las estrellas escasas que lograban abrirse paso entre la contaminación lumínica de la ciudad.
—Gracias por la sinceridad de esta noche —dijo Valeria, finalmente, poniéndose en pie.
—Gracias a ti por escuchar sin juzgar.
—No prometo que no vaya a analizarlo todo mañana con demasiado detalle. Es lo que hago.
—No esperaba menos de ti.
Se despidieron en el pasillo, cada uno hacia su habitación, con un abrazo breve que se alargó, sin embargo, un segundo más de lo que un simple gesto de buenas noches habría requerido, y Valeria se metió en la cama esa noche con la sensación clara, incómoda y a la vez extrañamente agradable, de que algo entre los dos acababa de cambiar de forma definitiva.
Ya en su habitación, incapaz de dormir, Valeria sacó el móvil y releyó, por enésima vez esa semana, el mensaje que Íñigo le había enviado meses atrás en Las Vegas, el que nunca había llegado a contestar del todo.
Lo miró un momento, sopesando qué sentía ahora al leerlo, y descubrió, casi con sorpresa, que ya no sentía prácticamente nada: ni rabia, ni nostalgia, ni siquiera la tristeza sorda que la había acompañado los primeros meses tras la ruptura.
Borró el mensaje sin contestar, un gesto simbólico que le pareció, de algún modo, más importante que cualquier conversación pendiente que pudiera tener con Íñigo, y se quedó mirando el techo un buen rato, pensando en la conversación de la terraza, en la confesión de Adrián sobre la capilla, en la sensación cálida que le había dejado en el pecho saber que él también, a su manera, llevaba semanas pensando en lo mismo que ella.
Se durmió, finalmente, con una sonrisa que no se molestó en disimular, aunque no hubiera nadie despierto para verla.
Capítulo 17
El proyecto del bufete de su tío obligaba a Valeria a viajar a un hotel en la sierra para supervisar la reforma de las oficinas centrales, y por una cadena de errores de reservas —el mismo tipo de error, pensó ella con ironía, que los había metido en este lío— solo quedaba disponible una habitación doble.
—Puedo dormir en el sofá del despacho —propuso Adrián, que la había acompañado para hacer fotos del edificio antes de la reforma, un encargo que Valeria le había conseguido casi sin pensarlo, casi sin admitir ante sí misma por qué lo había hecho.
—No hace falta que te sacrifiques. La habitación tiene dos camas.
El hotel de la sierra, un edificio de piedra reconvertido en establecimiento rural, tenía el tipo de encanto rústico que a Valeria, profesionalmente, le interesaba analizar con ojo crítico: vigas de madera original, suelos de piedra pulida, una combinación de materiales antiguos y detalles contemporáneos que funcionaba mejor de lo que esperaba.
—Esto es exactamente el tipo de reforma que quiero proponerle al bufete —dijo, paseándose por el vestíbulo con la libreta ya en la mano, tomando notas—. Conservar el carácter del edificio original, pero con toques modernos que no compitan con la arquitectura de base.
—Te brillan los ojos cuando hablas de esto, ¿lo sabías?
—No me brillan los ojos.
—Te brillan. Es la misma cara que pones cuando ganas en los dados.
Ella se rió, un poco avergonzada de que él hubiera memorizado ya sus expresiones con tanto detalle, y subieron a la habitación mientras el botones les explicaba, con cierta vergüenza, el error en la reserva que los había dejado con una sola habitación disponible.