Casados por error Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

El trayecto hasta la sierra había durado casi dos horas, tiempo que aprovecharon para repasar los detalles del encargo: qué ángulos necesitaba Valeria para el dossier de presentación, qué luz natural aprovecharía Adrián en las distintas horas del día, qué salas eran prioritarias para el cliente.

—Es la primera vez que trabajamos juntos de verdad —observó Adrián, mientras conducía por una carretera cada vez más estrecha, flanqueada de pinos.

—Técnicamente ya trabajamos juntos manteniendo la mentira más elaborada de la historia reciente.

—Eso no cuenta como trabajo. Cuenta como supervivencia conjunta.

—Tienes un don para reformular las cosas de manera que suenen mejor de lo que son.

—Es una habilidad que cultivo desde niño. Pregúntale a mi madre sobre el incidente del tejado.

Ella se rió, relajada por primera vez en días, olvidando por un momento la tensión acumulada de las últimas semanas: la sospecha de Herminia, el peso creciente de la mentira, la sensación cada vez más clara de que aquel matrimonio accidental se les estaba escapando de las manos en una dirección que ninguno de los dos había previsto.

Tenía, en efecto, dos camas, pero la cercanía entre ellas resultó ser mayor de lo que ninguno de los dos había anticipado al reservar.

Trabajaron codo con codo durante el día, revisando planos y ángulos de luz, y por la noche cenaron en el propio hotel, entre risas que cada vez costaba menos provocar.

—Llevas actuando de marido convincente demasiado bien —dijo Valeria, la segunda noche, ya con dos copas de vino de más—. Empieza a darme miedo.

—¿Miedo de qué?

—De que se me olvide que es una actuación.

Adrián la miró fijamente, sin la ligereza habitual en sus bromas. —¿Y si a mí también se me ha olvidado?

El silencio que siguió tuvo un peso distinto al de otras veces. Valeria no respondió, pero tampoco se apartó cuando él, muy despacio, le apartó un mechón de pelo de la cara.

Esa noche cada uno durmió en su cama, pero ninguno de los dos consiguió conciliar el sueño con facilidad, demasiado conscientes de la respiración del otro al otro lado de la habitación.

A la mañana siguiente, durante el desayuno en la terraza del hotel, con vistas a un valle todavía cubierto de neblina, Adrián sacó un tema que llevaba días evitando.

—¿Puedo preguntarte algo sobre el futuro? No sobre nosotros, sobre ti.

—Adelante.

—Si todo esto no hubiera pasado, si nunca nos hubiéramos casado por error, ¿dónde te ves dentro de cinco años?

Valeria removió el café, pensativa. —Con mi propio estudio consolidado, imagino. Proyectos grandes, un equipo propio. Profesionalmente tenía todo bastante claro.

—¿Y personalmente?

—Ahí tenía menos claridad, la verdad. Antes de Las Vegas habría dicho que casada con Íñigo, con la boda que llevábamos planeando en teoría. Ahora ya ni siquiera sé qué habría dicho.

—¿Y ahora? ¿Qué dirías ahora?

Valeria lo miró un momento, sopesando la pregunta con más seriedad de la que había mostrado hasta entonces. —Ahora no tengo ni idea. Y por primera vez en mucho tiempo, no me da tanto miedo no saberlo.

Esa misma mañana, mientras Adrián fotografiaba las salas principales del edificio para el dossier, Valeria se quedó observándolo trabajar, fascinada por la transformación que sufría en cuanto tenía la cámara entre las manos: la broma constante desaparecía, sustituida por una concentración casi solemne, movimientos calculados, pausas largas estudiando la luz antes de disparar.

—¿Puedo hacerte una foto a ti? —preguntó él, bajando la cámara un momento—. Para el dossier no, para mí.

—¿Por qué?

—Porque llevo dos años haciendo fotos de sitios y de desconocidos, y nunca se me había ocurrido que echaría de menos tener fotos de alguien concreto.

Valeria se dejó fotografiar, algo cohibida al principio, apoyada contra una de las columnas de piedra del edificio, con la luz de la mañana entrando oblicua por los ventanales.

Cuando Adrián le mostró el resultado en la pantalla de la cámara, ella se sorprendió de la naturalidad de la imagen, de lo relajada que parecía, de lo poco que se parecía a cualquier foto suya que hubiera visto antes.

—Es buena —admitió.

—Es la mejor foto que he hecho en meses, y eso que la sala tiene una luz estupenda.

Ella lo miró, entendiendo perfectamente el cumplido escondido detrás del comentario, y por un momento ninguno de los dos dijo nada más, dejando que el silencio hablara por ellos.

Esa tarde, terminado el trabajo, decidieron premiarse con un paseo por el pueblo cercano al hotel, un caserío de piedra con calles empinadas y una pequeña plaza donde encontraron un bar con mesas al aire libre.

—Por el mejor encargo conjunto de la historia —brindó Adrián, alzando su vaso de vino local.

—Por el único encargo conjunto de la historia, querrás decir.

—Por ahora. Podría haber más, si el bufete de tu tío queda contento.

—¿Te imaginas trabajando conmigo de forma regular?

Adrián lo pensó un momento, con una seriedad que sorprendió a Valeria. —Sinceramente, sí. Me imagino muchas cosas contigo de forma regular, últimamente.

Ella sintió que se le aceleraba el pulso ante la franqueza del comentario, y decidió, por una vez, no esquivarlo con una broma. —Yo también, si te soy sincera. Y eso me asusta un poco.

—A mí también me asusta. Pero cada vez menos.

Caminaron de vuelta al hotel al anochecer, por calles empedradas apenas iluminadas por farolas antiguas, con las manos rozándose de vez en cuando sin llegar a entrelazarse del todo, como si ambos necesitaran todavía un empujón final para dar el paso.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Valeria, rompiendo el silencio cómodo del paseo.

—¿Qué?

—Que llevo toda mi vida planeando cada relación con la misma meticulosidad con la que planeo un proyecto de trabajo, y contigo no he planeado absolutamente nada. Y aun así, es lo que mejor me ha salido en años.

—Puede que ese sea el secreto. Dejar de planearlo todo, de vez en cuando.

—No te acostumbres a que lo diga en voz alta. Sigo siendo la misma persona de la carpeta azul.

—No esperaba menos.

Llegaron al hotel ya de noche cerrada, y aquella tensión suave que llevaba acumulándose todo el día entre los dos pareció, por primera vez, a punto de resolverse en algo más definitivo.