Capítulo doce — La carpeta #3
—Si le doy la oportunidad de pegarme —dije—, entonces intentará quedarse.
—Ahí lo tienes —dijo Sergio, despacio, leyendo en voz alta lo que yo acababa de escribir en mi propia cara—. Ahí tiene usted el expediente, doctor. Buenas noches.
El domingo por la tarde, al cerrar el despacho, pasé por el bar a saludar y me encontré con lo que no tenía que haber presenciado: Irene y Daniel, en la cocina, con la puerta entreabierta y las voces altas, discutiendo si contarle a Blanca «lo que pasa con Hugo».
—¡Es mi mejor amiga, Daniel! —decía Irene—. ¡Si hay algo, yo se lo tengo que decir!
—¡No hay datos, Irene! —contestaba Daniel—. ¡Hay una corazonada tuya y un gesto suyo! ¡Yo no comunico información asimétrica sin confirmarla! ¡Es el principio básico de toda transmisión fiable!
—¡Pues confirma la transmisión y me avisas!
—¡Eso no es como funciona…!
Salí de la cocina antes de que me vieran, por la puerta del almacén, con una sensación exacta: la fuga de gas también huele en la habitación de al lado.
Me quedé un minuto en el almacén, entre las estanterías numeradas, con el corazón acelerado por una discusión que no era mía.
Irene quería decírselo. Daniel quería datos.
Los dos estaban, sin saberlo, discutiendo la misma guerra que yo llevaba dentro desde el viernes, con la misma frase cambiada de sitio: ¿se cuenta o se protege?
¿se pregunta o se decide? Oí a Irene decir, ya más baja, la frase que me siguió hasta casa: «Daniel, en este bar las cosas se cuentan.
Que para eso somos un bar.» Y oí a Daniel contestar, todavía más bajo, algo que no alcancé, y que me dio la certeza de que el ingeniero estaba, por primera vez desde que lo conocía, perdiendo contra la accionista.
Álvaro estaba en su mesa de la esquina con la libreta abierta y la cara del mes de octubre, y me interceptó a la salida con una frase que no le había pedido:
—Me he quedado en el año tres —dijo—. De la historia del bar. Llevo una semana en el año tres y no avanzo. Los años uno y dos salieron solos. El tres se resiste. —Cerró la libreta—. Será que los años tres son así. En todas las historias.
—¿Qué pasa en el año tres de tu historia?
—Todavía no lo sé —dijo—. Por eso no avanzo. —Y me miró con la atención de una vida pasada mirando a la gente para escribirla—. Usted también está en un año tres, ¿verdad?
No contesté. Álvaro asintió: había recibido un sí sin necesidad de oírlo. Y se guardó la libreta en el bolsillo de la chaqueta, contra el pecho, como se guarda lo inseparable.
Subí a casa con la carpeta azul en el maletín, donde pesaba exactamente lo que pesan las cosas que pesan demasiado, y la dejé en el armario, detrás de los trajes de invierno, que es el último sitio donde Blanca miraría por higiene y el primero donde yo sabía que estaría a salvo de las casualidades.
Cerré el armario, abrí, volví a mirarla dentro —azul, recta, inocente, igual que todas las carpetas que han cerrado algo—, y pensé que ninguna carpeta se merece lo que lleva dentro.
Las carpetas son inocentes. La culpa es de las manos que las llenan.
Luego cenamos los dos, hablamos de la semana, reímos de una cosa de Beni —que había pasado el sábado entero sin alzar la cartulina, y que cuando Marisa se lo reprochó dijo «hoy no hay puntuación, que hay cosas que no se puntúan»—, y a las once cada uno se fue a su habitación con el buenas noches de siempre.
Yo me quedé un rato en la cama, mirando la puerta del armario, y pensé: el lunes, al volver del despacho, la pondría sobre la mesa de la cocina, junto a la libreta de espiral y el imán de la nevera, como se pone un expediente corriente sobre la mesa de un cliente que no sabe aún qué le van a entregar.
Sería correcto, sería limpio, sería rápido.
Sería lo que yo sabía hacer: cerrar. Y si al cerrar se me quebraba algo dentro del pecho, bueno: esa parte no estaba en ninguna cláusula, y lo que no está en las cláusulas no puede reclamarse en sede ninguna.
Lo había aprendido a los doce años, en un pasillo, con un cuaderno en las rodillas.
Era, de todo lo que sabía, lo que mejor sabía.
Y se lo entregaría todo: la retirada, la disolución con mi firma, la hoja de explicación con sus condicionales bien puestos. Todo firmado por mí, todo decidido por mí, todo protegido por mí.
Lo que no sabía —lo que no podía saber, porque era la única parte del expediente que no estaba en mi poder— era que en la nevera de mi propia cocina, sujeta con el imán desde hacía diez días, colgaba la lista de la compra de cada semana, y que en el reverso, mirando a la pared para que no lo leyera nadie de casualidad, ella había escrito dos líneas y una coletilla en letra pequeña y bonita: «Mañana: la verdad entera. L.: derecho. También: el art. 23.»
Ni que el lunes por la mañana, mientras yo registraba la retirada en el despacho, Blanca se levantaría temprano, plancharía la camisa buena y ensayaría en voz baja, frente al espejo del pasillo con la pared de fotos, la frase con la que por fin iba a abrirme su puerta de verdad.