Capítulo doce — La carpeta #2
—Usted no mira así un cruasán —dijo ella. Y sonrió, y me lo perdonó sin saber qué me perdonaba, que es la manera más generosa de perdonar.
En el bar, Blanca se puso con las cuentas en la barra y me saludó con el «mi marido» de siempre —lo dice ya delante de los clientes, sin bajar la voz, y cada vez me cuesta más responderle con la voz igual—, y yo contesté con el «mi mujer» de siempre, y los dos sonreímos las sonrisas de siempre, y toda la mañana fue de siempre, que es la manera que tienen los días grandes de disfrazarse de días corrientes: siendo exactamente iguales por fuera.
A media mañana, Daniel me sacó a la terraza con el pretexto de arreglar una persiana que «no necesitaba arreglo», y cuando estuvimos fuera, con las cañas que no habíamos pedido, se quedó mirándome con cara de datos compilados suficientes.
—Tienes el gesto del mes de abril —dijo—. El de antes de todo esto. ¿Qué pasa?
—Nada que no esté controlado —dije.
—Esa frase —dijo Daniel— es la frase con peor historial de mantenimiento que conozco.
—Se bebió medio trago—. Irene lleva dos días diciendo que Blanca está rara y tú estás raro y que cuando dos están raros a la vez es que hay un proyecto secreto.
Yo le he dicho que no hay proyecto secreto, que los proyectos secretos no existen, que lo que existe es información asimétrica no compartida.
—Me miró—. Hugo. ¿y si le preguntas a ella?
Y ahí estaba. La pregunta más simple que me han hecho nunca, formulada en seis palabras por un ingeniero con una caña en la mano. La pregunta que todo mi oficio se pasa la vida evitando: no «qué dice el papel», sino «qué dice ella».
—Si le pregunto —dije—, entonces decide quedarse a pelear.
Y si se queda a pelear, entonces le toca responder a ella.
Y si le toca responder a ella, entonces la han llamado a responder por algo que empezó siendo mío: la propuesta fui yo, el acuerdo fui yo, la solicitud la redacté yo con su firma debajo.
—Lo oí a mí mismo decirlo, ordenado, impecable, y supe que estaba escuchando el cierre de un círculo—.
No es no querer preguntarle, Daniel. Es que la pregunta no la protege.
Daniel asintió despacio, anotando la respuesta para revisarla más tarde.
—Vale —dijo—. Anotado. Solo una cosa, y la digo como ingeniero: todos los sistemas que conozco que se diseñan para proteger a alguien sin decírselo acaban protegiendo, como mucho, al diseñador.
—Se quedó un momento con la caña a medio camino de la boca—.
Irene y yo llevamos años con un sistema así, por cierto.
Ella decide cosas por mí «para no preocuparme» y yo decido cosas por ella «para que no se agobie».
Llevamos cuarenta y pocos asuntos archivados así.
El otro día se contaron: dos tazas rotas, una puerta de armario y la cena de aniversario del año pasado.
—Se encogió de hombros—. Lo digo porque el inventario es de los dos.
—¿Y la solución cuál es, ingeniero?
—Ni idea —dijo Daniel, sincero como solo saben los que traen mapas—. Preguntárselo a ella, supongo. Que es lo que llevo diciéndote desde que salimos. —Se levantó con su caña—. La persiana está bien, por cierto. Nunca ha estado mal.
El domingo lo pasé en el despacho, con la puerta cerrada y el teléfono en silencio, montando la carpeta.
Antes de subir al despacho pasé la mañana en casa, y fue la mañana más difícil de las tres, precisamente porque no pasó nada.
Blanca hizo tortilla —la del sábado es tradición ya— y puso la radio en la emisora del partido, y Beni subió a las doce con su libro y se sentó con nosotros en la cocina «a leer en compañía, que leer solo es de novatos», y durante una hora tuve la vida que había firmado sin firmarla: una cocina con gente, una tortilla compartida, un viejo con un libro en la esquina.
Y pensé, con una lucidez dolorosa: estaba a punto de romper algo, y esto es lo que estoy protegiendo.
Exactamente esto. Lo único que no calculé en octubre es que el bar no era lo único que había en la balanza.
Que en la balanza, sin que yo lo supiera, había empezado a pesar el resto.
Beni se fue a la una, dejando el libro olvidado en la mesa, y al recogerlo vi que era el clásico de las cuatro estrellas y media, con un marcapáginas de ticket de caja en el medio.
No sé por qué guardé ese detalle. Los detalles son lo último que se lleva uno de los sitios, y ya sabía, aunque no lo admitiera, que me estaba llevando cosas de allí.
Elegí la carpeta con el cuidado de los detalles que no importan y que por eso importan el doble: azul, de las de fuelle, la misma que uso para los asuntos que se cierran.
La tienda de la esquina la tenía en tres colores; elegí el azul sin pensarlo, y luego pensé en que mi madre guardaba los papeles del divorcio en una carpeta de cartulina azul, y que yo llevaba veintiséis años eligiendo el azul para las cosas tristes sin saber que lo elegía por eso.
Dentro, por orden: la copia de la retirada de la solicitud, ya preparada para registrar; la solicitud de disolución de mutuo acuerdo, con mi firma en el lugar de la parte que actúa; la hoja de explicación, la séptima versión; y, al fondo, una fotocopia del anexo primero del acuerdo previo, donde yo mismo había escrito, hacía un mes, la frase que ahora cumplía como se cumplen las profecías que uno se hace a sí mismo: si todo sale bien, entonces esto se cierra limpio.
Pensaba, mientras la montaba, en el domingo del vermut, en doña Pilar en el umbral y en su confesión guardándose con las llaves.
Había hecho esto antes, en pequeño: decidir por otro qué era demasiado, qué podía esperar, qué era «ya lo he gestionado yo».
Había hecho esto antes y me había sentido protector, y me sentía protector ahora, y sabía —lo supe con una claridad que no me detuvo ni un segundo— que era la misma operación con mejores papeles.
La diferencia entre entonces y ahora no estaba en la acción.
Estaba en la escala: esta vez lo que decidía sin preguntar era un matrimonio.
A las siete de la tarde, con la carpeta ya cerrada, llamé a Sergio para comunicarle la decisión, que es lo que se hace con los socios aunque uno no quiera: se les comunica.
—Mapa y consejo —dijo él, sin más saludo, porque llevaba dos días esperando la llamada—. Trajiste el mapa, ¿no? ¿Y lo otro?
—Lo otro es mío.
—Siempre es de uno —dijo Sergio—. Por eso cuesta.
—Hubo un silencio de línea, del que se deduce que estaba eligiendo—.
Hugo. Una sola cosa más y la digo porque soy tu socio y no tu abogado: cuando lo firmes, mírala a la cara.
No se lo des de espaldas, no se lo dejes en la mesa y salgas corriendo.
Mírala a la cara y dale la oportunidad de pegarte, que es un derecho que tiene por lo menos tres mil años de jurisprudencia.