Casada en Secreto con el Heredero del Desierto 16 - A la Luz del Día #2
96%

16 - A la Luz del Día #2

El hombre que había regresado de Brasil parecía estar aprendiendo rápidamente.

La situación sucesoria tardó más tiempo en resolverse.

Después de semanas de debates, el Consejo decidió mantener a Amir como heredero.

Su decisión de ocultar el matrimonio fue censurada formalmente, pero no considerada suficiente para destituirlo.

Hassan tuvo una influencia importante en el resultado.

El rey seguía sin estar de acuerdo con la manera en que su hijo había actuado, pero sorprendió a muchos miembros al defender que la disposición de Amir a asumir públicamente sus propios errores demostraba una característica necesaria en un futuro soberano.

Cuando Marina se enteró, encontró a Hassan en los jardines.

—Gracias.

El rey negó con la cabeza.

—No lo hice por ti.

Marina sonrió.

—Me lo imaginaba.

Hassan continuó caminando.

Después de algunos pasos, añadió:

—Pero tampoco lo hice a pesar de ti.

Marina comprendió.

Para aquel hombre, aquello era casi una declaración de aceptación.

El mayor cambio en la vida de Marina llegó algunas semanas después, cuando el Ministerio de Cultura presentó un proyecto para ampliar la conservación del patrimonio histórico de Zafira.

La propuesta incluía la restauración de documentos, la formación de profesionales locales y la creación de intercambios con instituciones extranjeras.

Marina participó inicialmente como consultora.

Cuando le ofrecieron un puesto de liderazgo, dudó.

No quería recibir un cargo únicamente por ser la esposa de Amir.

Exigió que su currículum fuera evaluado por una comisión técnica independiente.

Amir no intervino.

Marina consiguió el puesto.

La primera mañana de trabajo, volvió a ponerse los guantes, se recogió el cabello y entró en un laboratorio rodeado de pinturas, documentos y herramientas.

Se sintió completa.

Podía ser la esposa del heredero.

Podía algún día asumir responsabilidades públicas mayores.

Y todavía podía ser Marina Duarte, restauradora.

Ninguna identidad necesitaba borrar a la otra.

Pasaron meses antes de la gran ceremonia que marcaría oficialmente la reapertura de la colección histórica restaurada.

La ironía no pasó desapercibida para Marina.

Todo había comenzado por aquellas obras.

Ahora el proyecto sería presentado al público en una exposición permanente, y Marina participaría no solamente como esposa de Amir, sino como una de las profesionales responsables del trabajo.

La tarde del evento, permaneció frente al espejo mientras ajustaban su ropa.

Había elegido personalmente cada detalle.

El vestido tenía un corte elegante inspirado en las prendas formales de Zafira, con una tela ligera de tono claro y discretos bordados en las mangas.

Algunos patrones habían sido desarrollados a partir de diseños tradicionales del reino.

Otros detalles, casi imperceptibles desde lejos, estaban inspirados en bordados brasileños.

Lúcia había participado en la creación.

Cuando Marina pasaba los dedos sobre una pequeña costura cerca del puño, recordaba a su madre inclinada sobre la máquina en el apartamento.

Dos mundos.

Ninguno necesitaba destruir al otro.

Antes de salir, Marina miró su propia mano.

La alianza estaba allí.

No debajo del vestido.

No en una cadena.

A la vista.

Amir entró unos minutos después vistiendo ropas oficiales. Marina se volvió y se quedó observándolo.

—Pareces demasiado príncipe.

—Es una enfermedad profesional.

Ella sonrió.

Amir se acercó.

—¿Estás nerviosa?

—Mucho.

—Podemos esperar unos minutos.

Marina negó con la cabeza.

—No.

Miró hacia la puerta.

—He pasado demasiado tiempo esperando.

Amir entendió.

Los dos se dirigieron al gran salón.

Cientos de personas estaban presentes. Consejeros, diplomáticos, representantes extranjeros, investigadores, periodistas y miembros de la familia real ocupaban el espacio.

Las cámaras registraban cada movimiento.

Hassan estaba cerca de la entrada principal.

Samira había enviado un mensaje aquella mañana deseándoles suerte.

Los antiguos manuscritos y pinturas estaban distribuidos en salas adyacentes, protegidos por vitrinas y modernos sistemas de conservación.

Marina entró unos pasos detrás de Amir, tal como determinaba aquella parte del protocolo.

Los flashes comenzaron.

Durante un instante, un recuerdo atravesó su mente.

La celebración.

Samira descendiendo la escalera junto a él.

Marina escondida frente a una pantalla.

La alianza debajo del vestido.

La maleta esperando en sus aposentos.

El dolor de comprender que su existencia siempre terminaba ante una puerta abierta.

Ahora no había ninguna puerta cerrada.

Amir caminó algunos pasos.

Entonces se detuvo.

Se volvió hacia Marina.

Cientos de personas observaban.

Él extendió la mano.

El gesto era sencillo.

Tan sencillo que nadie en aquel salón comprendería completamente su significado.

Marina sí lo comprendía.

Meses antes, Amir habría pasado junto a ella sin siquiera permitir que sus dedos se tocaran.

Ahora esperaba.

No avanzó para tirar de ella.

No decidió por ella.

Simplemente le ofreció la mano.

Marina la observó durante un instante.

Después miró a Amir.

No vio al príncipe heredero.

No vio al hombre destinado a ocupar un trono.

Vio a aquel desconocido que había entrado en una sala de restauración y había tenido la audacia de intentar discutir una pintura con ella.

Vio al hombre que había aprendido un portugués mal pronunciado, importado goiabada y le había mostrado el desierto bajo las estrellas.

También vio al hombre que se había equivocado.

Que había escondido.

Que había tenido miedo.

Que casi la había perdido intentando conservarlo todo al mismo tiempo.

Y vio al hombre que finalmente había aprendido que amar a alguien no significaba decidir por esa persona.

Marina puso su mano sobre la de él.

Los dedos de Amir se cerraron suavemente.

Los flashes aumentaron.

Esta vez, ninguno de los dos se soltó.

Caminaron juntos por el salón.

Hassan los observaba a pocos metros. El rey todavía tenía preocupaciones. Tal vez siempre las tendría. Pero, al mirar a su hijo, comprendió que Amir no parecía un hombre debilitado por haber desafiado una tradición.

Parecía finalmente preparado para elegir qué tradiciones merecían sobrevivir.

Cuando Marina pasó junto a Hassan, el rey inclinó discretamente la cabeza.

Ella respondió de la misma manera.

No era sumisión.

No era victoria.

Era reconocimiento.

Más tarde, durante la presentación de la exposición, Marina habló ante los invitados sobre restauración.

Explicó que preservar una obra no significaba borrar todas las marcas dejadas por el tiempo.

Algunas cicatrices formaban parte de la historia del objeto.

El trabajo del restaurador no consistía en devolver artificialmente aquello que había existido antes, sino en permitir que la obra continuara existiendo sin destruir las marcas legítimas de su trayectoria.

Mientras hablaba, encontró a Amir entre los invitados.

Él sonrió.

Marina percibió la metáfora incluso antes de terminar la frase.

Tal vez las relaciones fueran parecidas.