14 - El Heredero se Rebela #2
—Pido disculpas por haber escondido a mi esposa como si hubiera algo vergonzoso en mi elección.
Farid distribuyó las carpetas. Además de la documentación completa del matrimonio, contenían los registros de las consultas realizadas por personas vinculadas al despacho de Nadir.
Amir no presentó aquello como una venganza.
Simplemente informó que documentos privados habían sido consultados sin autorización y que una investigación interna debía determinar responsabilidades.
Nadir hojeó las páginas.
Por primera vez, su seguridad pareció disminuir.
—Está intentando desviar el asunto.
—No.
Amir mantuvo la voz tranquila.
—Mi matrimonio será discutido por separado. Sus acciones también.
—No existe ninguna prueba de que yo haya ordenado...
—Entonces la investigación lo aclarará.
Ningún insulto.
Ninguna amenaza.
Solo consecuencias.
Aquella tarde, Samira solicitó participar en una segunda reunión.
Entró en la sala con un conjunto claro de corte elegante, acompañada por un representante de su familia.
Todos esperaban indignación. Algunos quizá esperaban que confirmara haber sido engañada por Amir y convirtiera la crisis en una ruptura diplomática.
Samira hizo otra cosa.
—Mi familia fue informada del matrimonio esta mañana —declaró.
El ambiente se tensó.
—No aprobamos la manera en que esta situación fue conducida.
Amir asintió.
—Y tienen razón.
Samira continuó:
—Pero tampoco permitiré que mi nombre sea utilizado para sostener una ficción.
Un consejero preguntó qué quería decir.
—No existe ningún compromiso matrimonial entre Amir y yo. Nunca existió.
Miró a las personas alrededor de la mesa.
—Existieron negociaciones entre nuestras familias y expectativas públicas que todos permitimos crecer.
Hizo una pausa.
—Pero no me casaré con un hombre que ya eligió a otra mujer, y mi familia no construirá su estabilidad sobre un matrimonio que jamás sucederá.
Hassan observó a Samira con silencioso respeto.
La declaración cambió el equilibrio de la crisis.
Los Al-Karim seguían perjudicados. La relación entre las familias tendría que ser renegociada.
Los proyectos económicos podrían sufrir modificaciones y determinadas concesiones tendrían que discutirse.
Pero Samira había quitado al Consejo la posibilidad de tratarla como una novia abandonada que necesitaba ser reparada mediante la eliminación de Marina.
También se había liberado a sí misma.
Durante los días siguientes, Zafira entró en un periodo de intensas negociaciones.
La noticia todavía no había sido anunciada a la prensa, pero miembros importantes de la corte ya la conocían.
Algunos defendían a Amir. Otros consideraban el secreto una grave demostración de imprudencia.
Un pequeño grupo sugirió formalmente que su posición como heredero fuera revisada.
Nadir intentó acercarse a ellos, pero la investigación sobre los accesos a los archivos redujo su credibilidad.
Cuanto más insistía en que Amir había ocultado información, más tenía que explicar por qué su propio despacho había investigado documentos privados sin autorización.
Amir no celebró.
La sucesión continuaba amenazada.
Tal vez realmente perdería el trono.
Extrañamente, se sentía más tranquilo que en cualquier otro momento de los últimos meses.
Por primera vez, no había dos versiones de su vida.
Aquella noche, Hassan encontró a su hijo solo en el balcón de Layla. Amir sostenía la pequeña taza que Marina había dejado atrás. El rey se acercó sin anunciar su presencia.
—El Consejo puede tardar semanas en decidir.
—Lo sé.
—Algunos todavía quieren a Nadir como alternativa.
—También lo sé.
Hassan contempló la ciudad.
—¿Estás preparado para no ser rey?
Amir miró a su padre.
La pregunta habría sido aterradora meses atrás.
Ahora no lo era.
—Estoy preparado para no convertirme en rey de la manera que esperaban.
Hassan guardó silencio.
—Y si la única manera de conservar la corona es negar a Marina —completó Amir—, entonces sí. Estoy preparado para perderla.
El rey miró la taza entre las manos de su hijo.
—¿Y crees que ella regresará después de esto?
Amir tardó en responder.
—No lo sé.
La honestidad sorprendió a Hassan.
—Entonces todo esto podría no recuperarla.
—No lo estoy haciendo para comprar su regreso.
Amir dejó la taza sobre la mesa.
—Marina me pidió algo mucho antes de marcharse. Quería que dejara de decidir por ella.
Respiró profundamente.
—Ahora le corresponde a ella decidir si todavía existe algo entre nosotros que quiera salvar.
Hassan estudió el rostro de su hijo y vio algo que quizá su educación jamás había conseguido enseñarle. Amir no estaba abandonando el deber. Finalmente estaba definiendo qué clase de deber estaba dispuesto a asumir.
El rey tocó brevemente su hombro antes de marcharse.
No era aprobación.
Todavía no.
Pero tampoco era ya un rechazo absoluto.
Cuando se quedó solo, Amir sacó el teléfono del bolsillo. El nombre de Marina continuaba entre sus contactos. Durante semanas había escrito mensajes que borraba antes de enviarlos. Aquella noche, escribió solamente unas líneas.
No le pidió que regresara.
No le contó todo lo que había enfrentado como prueba de amor.
No dijo que podía perder la corona por ella.
Escribió que finalmente le había contado la verdad a su padre y al Consejo. Dijo que el matrimonio ya no estaba oculto entre las personas que decidían el futuro de la monarquía. También dijo que no esperaba una respuesta.
Antes de enviarlo, añadió una última frase.
Tenías razón. Necesitaba dejar de buscar una manera de elegirte sin contrariar a nadie.
Amir envió el mensaje.
En Florencia, el teléfono de Marina vibró sobre una mesa cubierta de pinceles, guantes y pequeñas herramientas de restauración.
Leyó el mensaje una vez.
Después otra.
No respondió.
Todavía no.
Pero tampoco lo borró.
Y, a miles de kilómetros de allí, Amir comprendió que aquella espera era diferente de todas las que había impuesto a su esposa.
Esta vez, el tiempo no le pertenecía a él.
La elección era de ella.
Y por primera vez, el heredero de Zafira estaba verdaderamente dispuesto a respetarla.