Casada en Secreto con el Heredero del Desierto 13 - El Palacio Sin Ella #2
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13 - El Palacio Sin Ella #2

No podía moverse libremente porque él había decidido que necesitaba seguridad.

Ni siquiera podía conocer determinados riesgos porque Amir había elegido qué verdades eran adecuadas para ella.

Cerró los ojos.

—Hice contigo lo mismo que hicieron conmigo —murmuró hacia el espacio vacío.

No había nadie para responder.

Quizá necesitaba precisamente eso para escuchar finalmente su propia voz.

Al día siguiente, Amir buscó a Samira. Se encontraron en un salón privado, sin asesores. Ella parecía más fría de lo habitual. Amir comprendió inmediatamente que algo había cambiado.

—Nadir habló contigo —dijo.

Samira no lo negó.

—Me mostró documentos.

Amir respiró profundamente.

—Entonces lo sabes.

—¿Que te casaste mientras nuestras familias discutían públicamente nuestro futuro? Sí.

—Samira...

Ella levantó una mano.

—No necesito que te disculpes por no amarme. Nunca te pedí eso.

Amir guardó silencio.

—Pero deberías habérmelo contado —continuó—. No como posible esposa. Como alguien cuya familia iba a verse afectada por tu decisión.

Amir asintió.

—Tienes razón.

Samira pareció sorprendida por la ausencia de una defensa.

—Pienso revelarlo todo.

—Hassan intentará impedirlo.

—Lo sé.

—El Consejo podría cuestionar tu sucesión.

—Lo sé.

—Nadir seguramente espera eso.

—También lo sé.

Samira lo observó durante unos segundos.

—Entonces, ¿qué ha cambiado?

Amir pensó en Marina cerrando una maleta.

—Dejé de preguntarme cuánto puedo cambiar sin perder la corona.

La princesa esperó.

—Ahora me pregunto qué clase de corona merece la pena conservar.

La decisión todavía debía transformarse en acción.

Amir pasó los días siguientes estudiando las leyes sucesorias, las atribuciones del Consejo y los precedentes históricos junto a Farid.

No buscaba lagunas legales para esconder a Marina.

Buscaba mecanismos para impedir que la elección de un soberano sobre su propia esposa continuara dependiendo de criterios de nacimiento y alianzas familiares.

Descubrió que parte de las tradiciones presentadas como inmutables ni siquiera estaban escritas en la ley.

Eran costumbres repetidas durante generaciones hasta adquirir fuerza de norma.

Aquello despertó algo nuevo en él.

Durante años, Amir había sido preparado para preservar la institución.

Tal vez su deber también fuera saber cuándo transformarla.

Comenzó a conversar individualmente con los miembros más moderados del Consejo.

No reveló inmediatamente todos los detalles, pero formuló preguntas que jamás había hecho.

¿Por qué la esposa de un futuro soberano necesitaba pertenecer a una familia noble?

¿Qué interés nacional real protegía aquella exigencia?

¿Una consorte necesitaba nacer preparada o podía aprender?

¿Tradición y estabilidad eran realmente sinónimos?

Algunos reaccionaron con incomodidad.

Otros escucharon.

Por primera vez, Amir no intentaba conseguir apoyo únicamente para Marina.

Intentaba cambiar la lógica que había hecho necesario esconderla.

Hassan lo percibió rápidamente. Padre e hijo comenzaron a discutir cada vez más sobre el futuro de la monarquía.

No había gritos ni insultos. Había algo más profundo: dos concepciones del deber entrando finalmente en conflicto.

Hassan creía que su hijo estaba dispuesto a destruir estructuras que habían protegido Zafira durante generaciones.

Amir respondía que las estructuras creadas para servir al reino no podían volverse más importantes que las personas que vivían en él.

—Estás haciendo todo esto por una mujer —dijo Hassan.

Amir negó con la cabeza.

—Ella me hizo darme cuenta.

—¿Cuál es la diferencia?

—Si fuera solamente por Marina, encontraría una excepción para ella.

Hassan guardó silencio.

—No quiero una excepción.

Amir apoyó las manos sobre la mesa.

—Quiero que nadie después de mí tenga que pedir una.

Aquella misma semana, en Florencia, Marina terminó la primera etapa de la restauración de una pintura del siglo XVII.

Cuando el coordinador elogió el resultado delante del equipo, sonrió con un orgullo que no dependía de apellido alguno.

Después del trabajo, caminó sola hasta una pequeña plaza y compró un objeto para su caja de recuerdos: un diminuto pincel artesanal hecho por un fabricante local.

Al guardarlo en el bolso, comprendió algo.

Nunca había elegido el objeto de Zafira.

Aquella noche, abrió la caja sobre la cama. Había pequeños recuerdos de diferentes lugares donde había trabajado. Marina dejó un espacio vacío entre dos de ellos.

Pensó en colocar allí algo relacionado con el palacio.

No poseía nada que quisiera convertir solamente en un recuerdo.

Cerró la caja.

En Zafira, Amir estaba frente a la ventana de su despacho cuando Farid entró con los documentos que había solicitado.

Entre ellos había un análisis completo de las posibilidades políticas en caso de que el matrimonio fuera revelado.

El riesgo era real. Algunos miembros del Consejo podrían exigir una revisión formal de la posición de Amir.

Nadir probablemente utilizaría la crisis para defender su propia candidatura a la sucesión.

Las relaciones con los Al-Karim se verían afectadas.

Farid dejó los papeles sobre la mesa.

—¿Todavía desea continuar?

Amir contempló la ciudad más allá de las ventanas.

Meses antes, habría preguntado qué camino le permitiría conservar a Marina y la corona sin provocar a nadie.

Ahora comprendía que aquella pregunta había sido responsable de que perdiera a su esposa.

—Sí.

—¿Incluso si le cuesta su posición?

Amir se volvió hacia él.

—He pasado treinta y cinco años siendo preparado para ocupar un trono.

Hizo una pausa.

—Ha llegado el momento de descubrir si fui preparado para merecerlo.

Y en aquel momento, solo frente a las consecuencias que había pasado meses intentando evitar, Amir finalmente dejó de buscar una manera de hacer que Marina encajara en las expectativas de la corona.

Decidió que, si aquellas expectativas no eran capaces de aceptar a la mujer que había elegido como esposa, serían ellas las que tendrían que cambiar.