Casada en Secreto con el Heredero del Desierto 11 - Un Lugar que Nunca Fue Mío
62%

11 - Un Lugar que Nunca Fue Mío

Marina Duarte comenzó a mirar el calendario de una manera diferente.

Quedaban pocas semanas para la finalización oficial de su contrato con el equipo de restauración, y aquella fecha, antes irrelevante frente al matrimonio, comenzó a ejercer una atracción silenciosa.

Durante meses, había imaginado que el final del proyecto significaría únicamente un cambio de función.

Tal vez permanecería en Zafira, quizá asumiría algún trabajo relacionado con el patrimonio real mientras Amir finalmente revelaba el matrimonio.

Ahora ya no estaba segura. Una mañana, encontró en su correo electrónico un mensaje de una institución europea con la que había trabajado anteriormente.

Había una vacante para un proyecto de conservación de larga duración.

Marina leyó la propuesta completa y, por primera vez desde que se había casado, no cerró el mensaje inmediatamente.

La duda trajo consigo culpa. Marina amaba a Amir Al-Rashid.

Eso no había cambiado. Cuando él conseguía escapar de las reuniones y aparecía tarde por la noche, todavía bastaba con verlo para sentir cómo su cuerpo se relajaba.

Le gustaba la manera en que se quitaba los zapatos y dejaba los documentos sobre cualquier superficie cuando estaba agotado, escucharlo quejarse de que ella ocupaba demasiado espacio en la cama cuando claramente era él quien lo hacía, y la forma en que pronunciaba algunas palabras en portugués con un acento que probablemente jamás perdería.

El amor estaba allí. Pero Marina comenzaba a descubrir que amar a una persona y amar la vida construida alrededor de ese amor eran cosas diferentes.

Antes de Zafira, cada conquista que poseía llevaba su nombre.

El diploma, los cursos, los proyectos en los que había trabajado e incluso los errores que había cometido eran suyos.

Marina había elegido ciudades, aceptado empleos, rechazado propuestas y aprendido a reconstruir sus planes cuando algo salía mal.

Ahora, sin embargo, casi todas las decisiones importantes dependían de movimientos que Amir debía realizar.

¿Cuándo revelarían el matrimonio? ¿Cuándo podría usar la alianza?

¿Dónde viviría después del contrato? ¿Podría trabajar normalmente cuando se supiera que era la esposa del heredero?

¿Qué sucedería con su madre? Las respuestas siempre comenzaban de la misma manera: cuando Amir resolviera la situación con el Consejo.

La percepción incomodó profundamente a Marina.

No quería convertir a su marido en culpable de todo.

Había sido ella quien aceptó el matrimonio secreto.

Amir jamás la había obligado. Aun así, percibía que había comenzado a organizar su propia existencia alrededor de las necesidades de él.

Aplazaba decisiones profesionales porque quizá el matrimonio fuera revelado.

Evitaba viajes porque podían despertar sospechas.

Pensaba dos veces antes de llamar a determinadas personas porque sabía que alguien estaba investigando su pasado.

Incluso la ropa que elegía para ciertos lugares parecía tener que considerar si llamaría demasiado la atención.

Poco a poco, sin darse cuenta, Marina había comenzado a reducir su propia vida para caber dentro de un secreto.

Mientras tanto, Amir estaba cada vez más ausente.

El rey Hassan había intensificado las conversaciones sobre Samira Al-Karim, y algunos miembros del Consejo comenzaban a presionar al heredero para obtener una definición.

Nadir permanecía extrañamente tranquilo, lo que preocupaba todavía más a Amir.

Farid había confirmado que nuevos archivos habían sido consultados, pero no había conseguido identificar a todos los responsables.

Amir dormía menos, pasaba horas en reuniones y frecuentemente llegaba a sus aposentos después de la medianoche.

Algunas veces Marina ya estaba dormida. Otras, fingía estarlo, porque no quería transformar los pocos minutos que tenían juntos en otra conversación sobre problemas que él nunca conseguía resolver.

Cuanto más escapaba la situación de su control, más intentaba Amir controlarla.

Reforzó discretamente la seguridad alrededor del ala de restauración.

Pidió que determinados empleados no tuvieran acceso a los documentos de Marina.

Solicitó a Farid que verificara cualquier consulta realizada sobre su nombre.

También decidió que Marina no debía abandonar el complejo del palacio sin que el equipo de seguridad lo supiera.

Cuando ella descubrió esta última medida al intentar visitar un mercado de la capital con dos compañeras, se enfureció no por la existencia de la protección, sino porque nadie le había explicado nada.

Un guardia de seguridad simplemente le informó, con toda educación, que tendría que acompañarla.

—¿Desde cuándo?

El hombre dudó.

—Recibimos instrucciones esta semana, señorita Duarte.

—¿De quién?

Él no respondió.

No hacía falta.

Aquella noche, Marina esperó a Amir en la biblioteca. Él llegó casi una hora después de lo acordado, todavía vestido para una reunión oficial. En cuanto entró, percibió por la postura de ella que no sería una conversación agradable.

—¿Pusiste seguridad para seguirme?

Amir cerró la puerta.

—No para seguirte.

—Qué alivio. Entonces el hombre que pasó la tarde a tres metros de mí solo estaba interesado en las telas.

—Marina.

—Quiero entender.

Amir se pasó una mano por la nuca.

—Hay personas haciendo preguntas sobre ti. Me pareció más prudente aumentar tu protección.

—¿Y te pareció innecesario avisarme?

—Sabía que no te gustaría.

Marina soltó una pequeña risa sin humor.

—¿Esa es tu explicación?

—Es temporal.

La palabra hizo que algo cambiara en la expresión de ella.

—Todo es temporal, Amir.

Él guardó silencio.

Marina caminó hasta una de las ventanas de la biblioteca. Las luces de los jardines se reflejaban en el cristal. No quería discutir. Estaba demasiado cansada incluso para eso.

—El matrimonio escondido es temporal. Samira apareciendo a tu lado es temporal. La investigación es temporal. La seguridad es temporal. Lo único que no sé es cuánto de mi vida va a pasar mientras espero a que todas esas cosas terminen.

—Estoy intentando resolverlo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué esperas que haga?

Marina se volvió.

—Empieza por contarme toda la verdad.

Amir permaneció inmóvil.

Ella lo percibió.

—Todavía hay algo que no me has contado.

Su expresión lo confirmó antes que sus palabras.

Amir intentó elegir cuidadosamente la manera de explicarlo.

Dijo que los accesos a los archivos eran más extensos de lo que había imaginado inicialmente.

Alguien había consultado no solo documentos profesionales de Marina, sino también registros relacionados con el período del matrimonio.

Farid creía que una persona podía haber encontrado indicios de la ceremonia.

Amir sospechaba firmemente de Nadir, aunque todavía no tenía pruebas definitivas.

Por eso había trasladado documentos, aumentado la seguridad e intentado limitar cualquier movimiento que pudiera producir nueva información.

Marina escuchó todo.

Con cada frase, su expresión se volvía más cerrada.

—¿Desde cuándo sabes que alguien puede haber descubierto nuestro matrimonio?

Amir dudó.

—Desde hace unos días.

—¿Cuántos?

—Marina...

—¿Cuántos?

—Casi dos semanas.

Ella se quedó completamente inmóvil.

Casi dos semanas.

Durante ese tiempo, habían cenado juntos. Dormido juntos. Amir le había preguntado por su trabajo, había besado su frente antes de marcharse y prometido que se ocuparía de la situación. En ningún momento había dicho que su propio matrimonio podía estar ya en manos de alguien.

—Prometiste que enfrentaríamos esto juntos.

—Estaba intentando protegerte.

—No, Amir. Estabas decidiendo por mí.

La frase atravesó la biblioteca con una tranquilidad mucho más poderosa que cualquier grito.

Amir abrió la boca, pero ninguna respuesta llegó.

Marina continuó, sin levantar la voz.

—Decidiste que yo no debía saber de la investigación. Decidiste que necesitaba seguridad. Decidiste qué documentos debían ser trasladados. Decidiste cuándo podía salir sin acompañamiento. Y todo eso porque crees que sabes qué es lo mejor para mí.

—Hay riesgos que no conoces.

—¡Porque no me los cuentas!

El volumen aumentó únicamente en aquel instante. Marina respiró profundamente y recuperó el control.

—Ese es exactamente el problema.

Amir apartó la mirada.

Ella se acercó.

—Has pasado toda tu vida quejándote de que tu padre elige por ti. De que el Consejo decide tu vida antes de preguntarte qué quieres. De que todo el mundo llama a eso protección, tradición o deber.

Amir cerró los ojos por un segundo.

Ya sabía adónde quería llegar.

—Y ahora estás haciendo lo mismo conmigo.

El silencio que llegó después pareció más grande que la biblioteca.

Amir se sentó lentamente en una de las butacas.

Por primera vez, no intentó explicarse. No presentó argumentos políticos ni razones de seguridad.

Simplemente miró sus propias manos. Recordó a Hassan diciendo que ciertas decisiones eran demasiado importantes para dejarlas en manos de los deseos de una sola persona.

Recordó al Consejo planeando su matrimonio porque creía saber qué era lo mejor para la dinastía.

Durante años, Amir había odiado la sensación de ser informado sobre su propia vida después de que otros ya hubieran discutido todo.

Ahora hacía exactamente aquello con Marina, solo que utilizando palabras diferentes.

—Tienes razón —dijo finalmente.

Marina pareció sorprendida.

Amir levantó la mirada.

—Pensé que sería diferente porque lo estaba haciendo por amor.

Ella permaneció en silencio.

—Mi padre también cree que hace todo por amor. Y por el reino. Quizá eso haga comprensibles algunas decisiones, pero no significa que sean justas.

Marina sintió que parte de la tensión disminuía, aunque el dolor continuaba.

Amir se levantó.

—Me equivoqué.

No hubo ninguna justificación después de la frase.

Eso le importó.

—No quiero que me protejas de todo —dijo Marina—. Quiero que confíes en que puedo elegir qué riesgos estoy dispuesta a enfrentar.

—Lo sé.

—No, Amir. Necesitas saberlo de verdad. Porque si sigo aquí, no puedo vivir como alguien que recibe información cuando tú consideras apropiado.

Él asintió.

—No volverá a ocurrir.

Marina habría querido creerlo inmediatamente. Una parte de ella lo creía. Otra parte estaba cansada de promesas.

A la mañana siguiente, Marina volvió al trabajo más temprano.

La pintura principal estaba prácticamente terminada, y pasó casi dos horas evaluando una pequeña zona que había requerido meses de tratamiento.

Cuando retrocedió unos pasos, sintió orgullo.

La obra volvía a poseer profundidad, detalles antes ocultos habían reaparecido y las cicatrices del tiempo permanecían visibles sin dominar la imagen.

Marina pensó que quizá la restauración nunca había consistido en hacer que algo volviera a ser como antes.

Consistía en preservar aquello que había sobrevivido y evitar que intentos de reparación mal planificados provocaran nuevos daños.

La comparación con su propio matrimonio fue inevitable.

Aquella tarde, respondió a la institución europea.

No aceptó el trabajo.

Tampoco lo rechazó.

Agradeció el contacto y preguntó hasta cuándo podía tomar una decisión.

Cuando envió el mensaje, sintió algo que no experimentaba desde hacía semanas: la sensación de tener una alternativa.

Más tarde, encontró a Samira atravesando un corredor.

Las dos intercambiaron únicamente un saludo educado.

Marina observó a la princesa alejarse y recordó la conversación que habían tenido.

Samira había sido criada para aquel mundo y, aun así, tampoco controlaba completamente su propia vida.

Quizá el problema no fuera únicamente que Marina no perteneciera al palacio.

Tal vez pertenecer demasiado también podía convertirse en una prisión.

Aquella noche, Amir apareció en los aposentos de Marina sin documentos, sin teléfono y sin ningún intento de solucionar nada.

Marina estaba sentada cerca de la ventana.

Él se acomodó frente a ella y le contó todo lo que sabía sobre la investigación.

Le dijo dónde estaban los documentos, quién tenía acceso, por qué sospechaba de Nadir y qué consecuencias políticas podían surgir si el matrimonio era revelado en aquel momento.

Marina escuchó.

Después hizo preguntas.

Amir respondió todas.

Ninguno de los dos encontró una solución.

Extrañamente, fue la conversación más segura que Marina había tenido con él en semanas.

Antes de marcharse, Amir tomó su mano.

—Tengo miedo de perderte.

Marina miró sus dedos entrelazados.

—Entonces no intentes sujetarme con tanta fuerza que tenga que escapar.

La frase dolió.

Pero Amir comprendió.

Marina se quedó sola después de que él se marchara. Se quitó la alianza del dedo y permaneció algunos segundos observándola bajo la luz. Después volvió a ponérsela. Todavía no quería abandonar a Amir. Pero comenzaba a comprender que tampoco podía abandonarse a sí misma para permanecer a su lado.

Cuando llegó a Zafira, Marina creía que el mayor desafío sería aprender a vivir en un mundo al que no pertenecía.

Ahora comprendía que había formulado la pregunta equivocada.

No necesitaba descubrir cómo merecer un lugar en aquel palacio.

Necesitaba decidir si el lugar que le ofrecían era digno de ella.

Y, por primera vez desde que había aceptado casarse en secreto, Marina comprendió que podía amar profundamente a Amir y aun así elegir marcharse.

Ese descubrimiento no disminuyó su amor.

Simplemente le devolvió su propia libertad.