Casada con el villano que me matará Capítulo 63 — Invitados que no traían té
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Capítulo 63 — Invitados que no traían té

Al décimo día de la partida de Adrianna, llegó a la residencia ducal el primer visitante sin invitación social.

Era el administrador principal del marqués de Belmont.

La Casa Belmont controlaba el mayor puerto fluvial al sur de la capital y poseía las flotas que llevaban grano del sur al norte.

El administrador no presentó tarjeta de visita personal.

Solicitó entrar por la puerta lateral y hablar con la duquesa sobre un contrato comercial de transporte.

Ella lo hizo esperar fuera. Una hora después, lo llevaron por fin a la sala de recepción.

Mantuvo una expresión de cortesía profesional.

—Su Gracia nos ha hecho esperar bastante.

—Quienes entran por la puerta lateral suelen esperar.

—Su señoría solo deseaba que la reunión fuera discreta.

—No quieren invitarme públicamente a tomar té, pero esperan que negocie en privado para ustedes una asignación de carbón del Norte.

Ella abrió el documento que tenía delante.

—La discreción es cara.

La sonrisa del administrador se tensó. La propuesta Belmont contenía dos acuerdos distintos.

El primero era un contrato comercial que Ella tenía autoridad para gestionar.

La Casa Belmont proporcionaría grano del sur, almacenamiento en el puerto fluvial y el uso de treinta barcos de carga.

El documento abarcaba precios del grano, tarifas de almacenamiento, alquiler de barcos, normas de inspección, fechas de entrega e indemnizaciones por incumplimiento.

No contenía derechos territoriales. Ni compromisos de guarniciones.

Ni cláusulas sobre escolta militar. El valor superaba lo que Ella podía aprobar sola, así que se habían preparado dos copias numeradas.

Ella examinaría y aprobaría las condiciones comerciales.

Benedict añadiría su firma conforme a las normas establecidas.

El segundo acuerdo era lo que la Casa Belmont deseaba de verdad.

Una intención de compra de carbón del Norte para tres años.

Era un acuerdo externo que afectaba a recursos territoriales.

Ella podía organizar precios, cantidades y condiciones comerciales, pero no aprobar la asignación de carbón del Norte con su sello doméstico.

La propuesta debía enviarse a la oficina territorial de Cassian.

Él decidiría por separado. Ella no metió a la fuerza el acuerdo externo dentro de sus atribuciones solo porque los intereses de ambas partes estuvieran conectados.

Ya se había negado ante Howard. No olvidaría el límite porque la siguiente propuesta viniera de un marqués.

El contrato comercial entraría en vigor de forma independiente.

La aprobación de la compra de carbón no era condición del acuerdo de grano y transporte fluvial.

El administrador leyó las tarifas revisadas por Ella.

—Este precio es desmedido.

—Incluye la tarifa de la puerta lateral.

—¿Está castigando a la Casa Belmont?

—No.

Ella cerró el contrato.

—Simplemente no protejo gratis la cobardía ajena.

El administrador se marchó sin acuerdo firmado. A la tarde siguiente acudió la propia marquesa de Belmont. Rondaba los sesenta años y llevaba un vestido gris azulado, sin las joyas habituales de los actos reales. Esta vez entró por la puerta principal.

—Palacio no quiere que la invitemos a tomar té —dijo de inmediato.

Ella mandó servir té de verdad.

—Palacio no les ha prohibido vender grano.

—Exactamente.

La marquesa se sentó frente a ella.

—Cassian retiene a un escribiente de Palacio. La Corona pretende enviar investigadores a su residencia privada. Todas las familias esperan ver qué parte cede primero.

—¿Cuál espera usted?

—Palacio espera que sea usted.

Ella soltó una risa.

—¿Por eso dejaron de invitarme?

—El aislamiento social es más barato que una sanción formal.

La marquesa levantó la taza.

—La mayoría de las familias está dispuesta a colaborar. Nadie quiere que Palacio recuerde su nombre porque asistió al té de la duquesa.

—Incluida usted.

—Incluida yo —admitió la anciana—. Pero el miedo no transporta mercancías.

Ella volvió a sacar el contrato comercial.

Retiró el recargo del veinte por ciento por la puerta lateral.

Mantuvo las penalizaciones mayores por incumplimiento y añadió una cláusula que prohibía a la Casa Belmont abandonar mercancías ya cargadas en barcos basándose en una orden verbal sin sello. La marquesa leyó la cláusula.

—¿Y si la Corona retiene un barco?

—Consigan la orden escrita, la hora de inspección, un inventario de lo incautado y el nombre de cada funcionario implicado.

—¿Y después?

—El retraso y las pérdidas se calcularán conforme al contrato.

—¿El Norte enviará soldados a recuperar los barcos?

—Eso no forma parte de este acuerdo.

Ella le deslizó un segundo documento.

—La escolta militar y el acceso territorial requieren una garantía escrita aparte de la oficina militar de Cassian. Su oficina territorial también debe aprobar la asignación de carbón.

—¿No puede prometer ninguna de las dos cosas en su nombre?

—No.

—¿Entonces qué valor tiene este acuerdo?

—Ustedes venden grano, alquilan almacenes y barcos, y reciben el pago conforme a condiciones comerciales de obligado cumplimiento.

La respuesta de Ella fue sencilla.

—La oficina territorial decidirá por separado sobre su solicitud de carbón. Ambos asuntos están conectados, pero no corresponden a la misma autoridad.

La marquesa levantó la mirada.

—La capital cree que usted no tiene autoridad.

—La capital se ha equivocado en muchas cosas últimamente.

Las condiciones comerciales se acordaron aquel día.

Ella aprobó por separado las dos copias numeradas.

Luego Benedict añadió su firma a cada una.

Ambas conservaron las dos firmas. La escolta militar y la garantía de caminos quedaron en blanco.

La intención de compra de carbón se numeró y se envió a la oficina territorial de Cassian.

No hubo invitación privada ni promesa de amistad.

Solo grano, almacenes, barcos y una solicitud de carbón del Norte sin respuesta.

Durante los días siguientes acudieron representantes de dos familias más.

La Casa Hurst envió a un abogado para preguntar si la Corona podía inspeccionar un castillo privado sin consentimiento de su señor. La familia no prometió apoyo público.

Solo ofrecía una opinión jurídica preliminar sobre la soberanía territorial y la autoridad de investigación real.

La Casa Severn deseaba vender mineral del oeste al Norte para evitar un nuevo impuesto real de exportación.

Nadie invitó a Ella a un baile. En cambio, empezaron a poner en su escritorio las cuentas que menos querían que viera la Corona.

Ella convirtió una habitación vacía del ala este en una pequeña sala de reuniones.

Habían modificado sus nuevos vestidos con cinturas altas y faldas holgadas.

Eran más cómodos y, de momento, ocultaban el cambio de su cuerpo.

En la segunda visita de la marquesa Belmont, la mujer miró el nuevo estilo. No preguntó nada.

—Ese corte le favorece.

—Lo sé.

Ella siguió comprobando el número de barcos.

El embarazo no la había vuelto dulce de repente.

Solo la había hecho menos tolerante con los retrasos inútiles.

Cassian seguía sin afrontar la exclusión que le imponía la capital.

Ella ya no esperaba que lo hiciera. Nadie la invitaba a tomar té.

Así que hizo entrar en sus habitaciones a sus administradores, abogados y contables.

En una semana apareció sobre su escritorio una nueva red de intereses.

La componían el grano del sur, el transporte fluvial de los Belmont, el asesoramiento jurídico de los Hurst y el mineral de los Severn.

Una petición de carbón ya esperaba en la oficina territorial de Cassian.

Todavía no eran aliados y nadie estaba dispuesto a utilizar públicamente esa palabra.

Pero la Corona descubrió pronto que negar invitaciones a Ella no la había vuelto inútil. Solo la había liberado de pasar tiempo hablando de jardines con las esposas de los hombres que realmente controlaban las cuentas.