Capítulo 18 — Mientras el duque estaba fuera
Con Cassian fuera de la capital, la gente se mostró mucho más dispuesta a acercarse a la residencia ducal.
A él le temían. A Ella, no tanto. Los tés de los jueves fueron reuniendo a más gente.
Los invitados traían joyas, vino y peticiones escondidas bajo cintas y seda.
Ella no rechazaba todos los regalos. La residencia ya tenía normas para aquello.
Cualquier objeto que superara un valor fijo se anotaba en el registro de obsequios de la casa.
Si quien lo entregaba también solicitaba un puesto o un contrato, Ella no podía aprobar la petición por sí sola. Podía tomar prestadas las joyas.
Podía lucirlas. No podía incorporarlas discretamente a su colección privada. Una condesa llevó un broche de diamantes y pidió que admitieran a su hermano en la caballería del Norte. El broche se anotó en el registro. Aquella tarde, Ella lo tomó prestado y se lo prendió en el vestido.
—¿Podría Su Gracia escribir al duque en nuestro nombre?
—Nunca le he escrito.
La expresión de la mujer cambió.
—¿Él no se lo permite?
—No. Sencillamente, no nos escribimos.
—¿Y mi hermano?
—Su expediente se incluirá en el próximo envío de solicitudes. La oficina militar del Norte decidirá.
—¿No podría decir una palabra a su favor?
—Podría.
La esperanza iluminó el rostro de la condesa. Ella tocó el broche.
—Escribiré que su hermana envió una joya muy hermosa.
La sonrisa se congeló. Ella seguía siendo perfectamente sincera.
—Todo debe registrarse con precisión.
Otra mujer quería el contrato de telas de invierno para la casa ducal. Ella hizo que Benedict reuniera tres ofertas y las enviara a la oficina de compras. Solo vio la recomendación final y no podía elegir por su cuenta a la mujer que había llevado el regalo.
—Si no puede ayudarlos directamente, ¿por qué acepta los regalos? —preguntó Nell después.
—Porque quieren darlos y son bonitos.
—Quizá crean que el regalo garantiza el éxito.
—Eso lo han entendido ellos mal. Yo no prometí nada.
Ella empezaba a comprender que el poder no siempre necesitaba ejercerse.
Bastaba con que la gente creyera que sus palabras podían llegar hasta Cassian.
Esa posibilidad los mantenía educados. Aquella noche fue a su despacho.
Su silla tapizada seguía junto al escritorio largo.
Después de cinco meses, allí se habían reunido varias cosas suyas: dos novelas a medio leer, una caja de plata para dulces y un chal que había olvidado una noche.
Ella abrió la caja. Quedaba un dulce. Se lo comió y dejó la caja vacía sobre el escritorio.
No había colocado allí ninguno de aquellos objetos a propósito.
Simplemente había olvidado alguna pequeña cosa cada vez que se iba.
Ahora sería difícil eliminar todos sus rastros.