Capítulo 17 — La duquesa abandonada
En el quinto mes de ausencia de Cassian, en la capital daban por hecho que su marido había abandonado a Ella. Nadie utilizaba esa palabra. Encontraban otras más amables.
—Su Gracia debe de estar terriblemente ocupado.
—Los hombres en guerra olvidan con facilidad lo que sucede en casa.
—Todavía es usted tan joven. Debe de ser difícil vivir sola en esa casa enorme.
Ella terminó un trozo de pastel glaseado en el salón de lady Sophia.
—Se lleva bastante bien.
Una condesa se inclinó hacia ella.
—¿El duque nunca le ha escrito en privado?
—No.
—¿Ni una sola vez?
—No.
La mujer compuso una expresión de lástima.
—¿Eso no le preocupa?
—Un poco.
—¿Qué le preocupa?
—Que todas hagan la misma pregunta y me esté quedando sin respuestas.
Varias mujeres se rieron. La condesa insistió.
—Un hombre que pasa cinco meses fuera debe de tener a alguien que lo atienda.
—En el campamento hay médicos, cocineros y varios miles de soldados.
—No me refería a eso.
Ella lo pensó.
—Entonces, sea quien sea, debería saber correr deprisa.
—¿Por qué?
—A Cassian no le gusta que otros toquen lo que le pertenece.
—¿Confía tanto en él?
—No especialmente.
—¿Entonces no teme que vuelva y ponga fin al matrimonio?
—Podría hacerlo.
Ella respondió con serenidad.
—Pero sigue pagando las facturas.
La condesa se la quedó mirando.
—Hasta que me eche formalmente, sigo siendo la duquesa del Norte. No hay ninguna ventaja práctica en sufrir antes de tiempo.
Después del té, la marquesa Viola paseó con ella por el jardín.
—Quizá no crean de verdad que te ha abandonado —dijo Viola.
—Entonces, ¿por qué lo disfrutan tanto?
—Porque esperan que lo creas tú.
Se quitó los guantes y se los entregó a su criada.
—Una mujer que no está segura de su posición empieza a buscar aliados, protección y una salida.
—¿Y piensan venderme una?
—A cambio de nombramientos en el Norte, contratos y una palabra al oído de tu marido.
Ella miró hacia la casa. Había aumentado el número de personas que le enviaban joyas y ofrecían inversiones. Algunos incluso habían insinuado que podían proteger a la Casa Everitt si su matrimonio fracasaba.
—Así que no te apresures a demostrar que Cassian se acuerda de ti —dijo Viola, sonriendo—. Cuantas más dudas tengan, más caros serán los regalos.
A Ella le gustó la idea.
—¿Vendrás al té el próximo jueves?
—¿Habrá tarta de limón?
—Sí.
—Entonces iré.
En el carruaje de regreso, Nell preguntó:
—¿De verdad no le importa nada?
—No es exactamente eso.
—¿Está triste?
—No. Solo estoy cansada de oír que no estoy embarazada.
Nell se puso roja.
—Su Gracia no está aquí —dijo Ella—. ¿Qué esperan exactamente que haga al respecto?
Nell se sonrojó todavía más. Ella miró por la ventana. No era infeliz. Aun así, llevar cinco meses sin compañero de cama tampoco era algo para celebrar.