Capítulo 15 — Antes de marcharse
Benedict regresó con una pequeña caja negra.
Dentro había un anillo de sello verde oscuro hecho a la medida del índice de Ella.
Un joyero le había tomado las medidas de las manos el día en que compró sus nuevas joyas.
Ella había supuesto que eran para otro anillo.
En cambio, Cassian había encargado grabar en él el sello de la casa.
El sello daba a Ella autoridad sobre las compras, los sirvientes, los sueldos, las reparaciones y las celebraciones domésticas.
Cualquier gasto por encima de una cantidad fija requería una segunda firma de Benedict.
Los asuntos militares, los nombramientos territoriales, los contratos externos y las transferencias de propiedades familiares quedaban fuera de sus atribuciones.
Era exactamente la clase de poder que Cassian concedería.
Le concedía autoridad efectiva, con los límites trazados de antemano.
—¿Temes que venda el Norte?
—No podrías.
—¿Por qué no?
—Nadie podría pagarlo.
—Entonces, ¿por qué tantas restricciones?
—Porque me pertenece.
—¿Yo también?
—Sí.
Ella ya se había acostumbrado a aquella respuesta.
—¿Escribirás? —preguntó.
—No.
No se sintió decepcionada. No tenían la intimidad suficiente para escribirse. Si Cassian empezaba a enviar cartas cada pocos días para preguntar si comía bien, supondría que había inventado una nueva forma de interrogatorio.
—Bien. Yo tampoco escribiré.
—Recibiré los informes de la casa.
—Entonces lee eso.
—Y los informes de Mira.
—Así sabrás adónde voy sin tener que preguntármelo tú.
—Sí.
—Muy propio de ti.
Cassian buscó los cordones de la espalda del vestido. Ella le atrapó la mano.
—Sales al amanecer. Deberías reservar tus fuerzas.
—¿Te preocupas por mí?
—Me preocupa que tus soldados crean que tu esposa te dejó incapaz de montar a caballo.
Cassian la levantó y la sentó al borde de la mesa.
—Jamás lo dirían.
Esta vez, Ella lo besó primero. No sufría por la separación. Pero él podía ausentarse durante meses y ella no veía ningún motivo para acostarse temprano.
—¿Me echarás de menos? —preguntó Cassian.
—No.
—Entonces, ¿qué es esto?
—Aprovechar el momento.
Ella le sujetó el cuello de la camisa.
—¿Quién sabe cuándo volverás?
—Quizá no vuelva.
—Entonces debería aprovecharte bien ahora.
Cassian se rió por lo bajo.
—No te levantes para despedirme.
—No pensaba hacerlo.
Al amanecer, Ella despertó un momento. Cassian ya estaba uniformado y se abrochaba los guantes junto a la cama. Se inclinó y le tocó la mejilla.
—Cierra la puerta —murmuró Ella.
—¿Qué?
—Cuando salgas.
Cassian guardó silencio un momento. Después se volvió y se marchó. Para cuando Ella despertó otra vez, el duque del Norte ya había abandonado la capital. Ella seguía viva. El cielo estaba despejado. Había pastel de miel para desayunar. No se le ocurría un motivo mejor para empezar el día.