Capítulo 12 — El duque dejó de acudir a la alcoba
Durante los tres días siguientes, Ella vio a Cassian todas las mañanas en el desayuno.
Nunca mucho tiempo. Él siempre llegaba antes.
Para cuando ella terminaba la primera porción de pastel de miel, él ya había leído los informes más urgentes del día.
A veces solo intercambiaban unas pocas palabras.
Otras veces, él terminaba el café y se marchaba.
Cumplía su norma sobre el desayuno. Lo que descuidaba era la alcoba.
La primera noche volvió justo antes del amanecer.
La segunda durmió en su despacho. La tercera, Ella despertó en mitad de la noche y volvió a encontrar vacío el otro lado de la cama.
No se sentía del todo sola, pero su plan exigía que Cassian se acostumbrara a su presencia, y quince minutos sentados frente a frente durante el desayuno no bastaban.
Ella se puso una bata y fue al despacho.
Cassian estaba detrás del escritorio largo, con varios informes militares abiertos delante.
Cuando se abrió la puerta, alzó brevemente los ojos.
—¿Qué haces aquí?
—Recordarte que estás casado.
—Lo recuerdo.
—Llevas tres días volviendo antes del amanecer o durmiendo aquí.
—Te veo todas las mañanas.
—Lees documentos todas las mañanas.
—También te veo.
—Ver a alguien y pasar tiempo con esa persona no es lo mismo.
—¿Qué diferencia hay?
—Para una de las dos cosas solo hacen falta unos ojos que funcionen.
Cassian no respondió. Ella se acercó a los estantes, escogió un volumen de legislación fiscal imperial y se acomodó en el sofá.
—Esperaré.
—¿A qué?
—A que termines.
—Esta noche no terminaré.
—Entonces me quedaré.
Cassian miró el libro.
—¿Entiendes eso?
—No.
—Entonces, ¿para qué lo tienes?
—Para que parezca que he venido por otro motivo.
En el despacho hacía demasiado calor. Ella había pensado mantenerse despierta, pero en algún momento se hundió en el sofá.
No notó que el libro se le resbalaba de las manos.
Cuando volvió a despertar, estaba sentada en el regazo de Cassian.
Él sostenía un documento con una mano. La otra rodeaba con firmeza su cintura.
Ella se miró y después miró el sofá vacío.
—¿Por qué estoy aquí?
—Ocupabas demasiado espacio.
—El sofá es enorme.
—Ya no.
—¿Así que me pusiste en tu regazo?
—Sí.
—¿Y así ocupo menos espacio?
—Aquí estás más callada.
Cassian seguía leyendo, como si tener a una mujer dormida en los brazos no cambiara nada. Ella levantó una mano y cubrió la página.
—Sigues trabajando.
—El trabajo no se hizo solo mientras dormías.
—Vine precisamente a distraerte.
—Lo has hecho.
—No lo suficiente.
Se inclinó y lo besó. El documento por fin dejó de moverse. Cassian la observó un segundo, dejó la página sobre el escritorio y después le sujetó la nuca para tomar el control del beso.
—¿Funcionó? —preguntó Ella cuando él le permitió respirar.
—Por ahora.
La levantó y la sentó en el escritorio. Ella apartó los documentos más cercanos.
—No los aplastes.
—¿Ahora te importan los documentos?
—No quiero que el Ministerio de Guerra me culpe.
—No se atreverían.
—Entonces tampoco los manches.
Cassian la miró.
—Exiges demasiado.
—Una recién casada tiene derechos.
—Ese no estaba en el contrato.
—Lo estoy añadiendo.
—Lo rechazo.
—Entonces, ¿por qué sigues sujetándome?
—Espero a que decidas.
Ella lo estudió, sonrió y abrió el primer botón del cuello de su camisa. Cuando terminaron, descansó contra su hombro, todavía sin aliento. Dos de las páginas que había apartado habían caído al suelo arrastradas por una corriente de aire.
—¿Aquello fue afecto matrimonial —preguntó— o una interferencia en los asuntos del gobierno?
—Una interferencia.
—Entonces debería venir menos.
El brazo de Cassian se apretó a su alrededor.
—Inténtalo.
—Tú dijiste que te estorbaba.
—No te dije que pararas.
—Tus órdenes son difíciles de entender.
—No necesitas entenderlas.
—¿Solo obedecer?
—¿Cuándo me has obedecido tú?
Ella lo pensó.
—Cuando saco algo a cambio.
—¿Entonces vendrás mañana?
—Depende de mi humor.
Cassian volvió a estrecharla. Ella apoyó la cabeza en su hombro y dejó de provocarlo.
Al día siguiente apareció una silla junto al escritorio largo.
Estaba tapizada para que resultara cómoda y situada cerca del asiento de Cassian, sin estorbar a los sirvientes que llevaban y retiraban documentos.
Nadie admitió haberla encargado. Ella no preguntó.
Le pidió a Nell que añadiera una mesita para libros y dulces.