Casada con el despiadado heredero de la mafia (Juramentos de contrato de la mafia 2)
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Capítulo 1
Capítulo Uno
Elena
—Señor Moretti, ¿está ahí?
El pasillo del tercer piso estaba en silencio, las apliques proyectaban una luz tenue. Me quedé fuera de la habitación de Dante, sujetando un traje italiano caro, esperando. No hubo respuesta desde dentro.
Alfredo me había enviado a entregarle ese traje a Dante. Por qué me había encargado a mí—una que ni siquiera había hablado con Dante—no tenía idea. Pero Alfredo era el mayordomo jefe de la mansión, la máxima autoridad. No podía cuestionarlo. Tenía que obedecer.
La seguridad en la mansión era estricta. Los guardias que normalmente vigilaban el tercer piso no estaban por ningún lado.
Me sentí un poco nerviosa, así que volví a llamar a la puerta, pero siguió sin haber respuesta.
Como solo estaba para entregar la ropa, podía dejarla dentro y marcharme de inmediato.
Con ese pensamiento, alcancé la puerta entreabierta y la empujé con cuidado.
Justo cuando estaba a punto de entrar, escuché que se abría la puerta del baño.
Miré instintivamente hacia el sonido, y lo que vi me dejó la mente en blanco por un instante.
Dante estaba allí, empapado. El agua corría por su cabello, las gotas deslizándose por los mechones. Se apoyaba en el marco del baño, su torso bronceado completamente al descubierto. En cuanto me vio, una chispa de irritación cruzó su rostro. Agarró una toalla y se cubrió de la cintura para abajo.
Bajé la mirada de inmediato, fingiendo no haber visto nada.
Demasiado tarde.
Lo había visto todo.
El pecho firme. Las líneas marcadas de sus abdominales. Tinta negra extendida sobre su piel bronceada—peligrosa y magnética.
Nunca había visto el cuerpo de un hombre antes. El calor me subió a la cara, desde el cuello hasta las orejas. Apreté el traje con más fuerza, con ganas de gritar, pero tragé el sonido. Me quedé paralizada, sosteniendo el bolso del traje como una estatua.
—¿Quién eres? ¿Cómo entraste aquí?
La voz de Dante salió baja y grave, tirándome de vuelta.
—Y-yo...
Mantuve la cabeza baja, los dedos blancos por la fuerza con que sujetaba la funda. No me atrevía a mirar, pero la imagen de él quedó grabada en mi mente. No podía quitarla.
—¡Alfredo me mandó a traerle su traje!
Las palabras se me escaparon. Mi voz tembló. Hasta yo la escuché.
Dante no dijo nada. Esperé el veredicto.
Tras unos segundos, habló. —Déjalo en la cama.
Escuché el roce de una tela—se había puesto una bata. Caminé hacia la cama, con la cabeza aún gacha, y saqué el traje, bien doblado, de la funda. Lo extendí sobre el colchón.
Justo cuando terminé, oí sus pasos acercarse.
—Espera.
Levanté un poco la cabeza. Se acercó. La bata le colgaba suelta, el cinturón apenas atado, el frente abierto dejando ver la clavícula y trazos de tinta debajo.
No supe a dónde mirar. Dirigí los ojos al suelo.
Tomó el traje y lo examinó. Frunció el ceño.
—¿Por qué está tan arrugado? —murmuró, y luego me miró—. Planchálo.
Señaló la ventana, donde había una tabla de planchar de pie y un vaporizador.
Me quedé paralizada un segundo, luego asentí. —Sí, señor.
Me acerqué y colgué el traje en la tabla. Tomé el vaporizador. Planchar un traje requería precisión. Ajusté la temperatura del vapor con cuidado y empecé por los hombros, avanzando despacio y con movimientos uniformes.
La habitación quedó en silencio.
Solo el siseo del vapor y el suave roce de la tela al alisarse.
Sentí que me observaba. Se sentó en el sofá junto a la cama, su mirada fija en mí como una presencia inevitable.
Mis manos no estaban firmes. Respiré hondo y me obligué a concentrarme.
—¿Cómo te llamas?
Su voz vino desde atrás, más suave que antes.
—Elena —respondí en voz baja, sin darme vuelta.
—¿Qué haces en la mansión?
—Cuido de Salvador.
No respondió de inmediato. Pasó un momento y dijo: —Tiene un carácter de mierda.
No me esperaba que hablara así de su propio padre. El temperamento de Salvador era famoso—todos en la mansión lo sabían—pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
Vacilé, buscando palabras que no ofendieran. —Estoy acostumbrada.
—Estar acostumbrada no lo hace fácil —dijo Dante con algo parecido a la simpatía, quizá una afinidad—. Salvador no es fácil de tratar. Que lleves más de un año aquí significa que te tomas este trabajo en serio.
Su tono fue neutro: no era alabanza, solo un hecho.
Pero esas palabras removieron algo en mí.
En más de un año, nadie me lo había dicho. Lucía era amable, pero nunca hablaba de la familia. A las otras criadas no les importaban mis sentimientos. Solo yo sabía cuánta valentía requería enfrentar los caprichos y exigencias de Salvador cada día.
Y ahora aquel hombre—que acababa de conocerme—decía de forma casual lo que yo había pensado todo ese tiempo.
No respondí. Seguí planchando.
Pero mis dedos empezaron a temblar.
No por miedo.
Por la forma en que lo había dicho—no frío como yo me lo había imaginado. Casi... con suavidad.
¿Podría alguien tan poderoso como Dante ser en verdad gentil? Tenía curiosidad, pero nunca lo sabría.
Dante rara vez venía a la mansión, pero su nombre salía cada día. A las criadas les encantaba hablar de él. Alto, guapo, poderoso, rico.
Y soltero. Desde hacía mucho.
Sin novia. Sin esposa.
Las criadas fantaseaban con atraer su mirada y convertirse en la señora de la mansión. Cada vez que lo oía pensaba: Sueñen. Un hombre así nunca se enamoraría de una criada.
Llevaba más de un año en la Mansión Moretti, pero solo había visto a Dante tres veces, y siempre de lejos. Porque la relación entre Dante y Salvador era terrible—hostil, tensa—Dante rara vez volvía a casa. Yo rara vez tenía oportunidad de verlo.
Una vez me pasó al lado rápido. Mantube la cabeza baja, con miedo de mirar, solo observé sus largas piernas y sus zapatos impecables alejarse.
Tres segundos. Quizá dos. Y se fue.
El traje ya quedaba liso. Lo colgué en la percha y dejé el vaporizador a un lado. A Dante le encantaban los trajes a medida. Ese le quedaría elegante. Apuesto que le sentaría bien.
—Listo, señor Moretti.
Dante estaba sentado en el sofá pasando las páginas de una revista. No levantó la vista. —Gracias.
Retrocedí hacia la puerta despacio, sin mirarlo a los ojos. Alcancé el picaporte, y luego me detuve.
—Eh...
Me giré y reuní el coraje para echarle un vistazo.
Se recostó contra el sofá, la bata suelta, la luz de la mañana entrando por la ventana y marcando sombras en su rostro. Parecía una escultura.
—Salvador... en realidad te extraña. Habla mucho de ti.
No supe por qué lo dije. Quizá porque ese comentario—"no es fácil"—me hizo pensar que la relación entre él y su padre no era tan simple como parecía.
Dante no respondió.
La luz del sol acariciaba su perfil. No supe leer su expresión.
Dije lo que tenía que decir y me fui rápido.
Cerré la puerta y me apoyé en la pared del pasillo, respirando hondo.
Mi corazón seguía acelerado—más que cuando lo había encontrado recién salido de la ducha.
¿Por qué?
Solo había dicho "gracias".
Me cubrí la cara y estuve unos segundos ahí, recuperando la respiración, luego me dirigí a la habitación de Salvador.
El temperamento de Salvador era terrible. Era obsesivo y despiadado. Supe que hace dos años un accidente de coche lo dejó en silla de ruedas. El daño físico le había roto el espíritu. Pasar de poderoso a dependiente lo volvió furioso. Extremo.
Entendía su dolor. Ese entendimiento me ayudaba a soportar su mal genio.
Abrí la puerta. Salvador estaba en su silla de ruedas, el pelo blanco, las piernas cubiertas con una manta gruesa. Sus ojos se fijaron en mí.
—Señor Moretti, ya estoy aquí.
Tras más de un año con Salvador, sabía cómo manejarlo.
Cuando me entrevistaron al principio, los puso a prueba a todos.
Arrojaba cosas. Daba órdenes extrañas—como mover todas las flores del jardín al invernadero, y luego volver a sacarlas.
Todos antes que yo se habían ido corriendo, hombres y mujeres por igual.
Solo yo había seguido cada mandato, por difícil o irracional que fuera.
Aguantando el mal genio de Salvador, me había ganado este trabajo.
Cuando me llamaba a su cuarto fuera del horario laboral, generalmente significaba que estaba de mal humor y necesitaba mejorarlo atormentándome.
Bien. Yo estaba lista.
Pero nunca imaginé—
—Elena.
Salvador habló despacio, su voz añosa pero poderosa, como el gruñido de un viejo león.
—He decidido. Te vas a casar con Dante y serás la señora de la familia Moretti.
Su voz sonó como si viniera del propio infierno.
Me quedé inmóvil durante un minuto entero, sin creer lo que oía.
Salvador—el antiguo Don de esta familia mafiosa—quería que yo, una criada de la mansión, me casara con su hijo, el Don actual, Dante?
Abrí la boca. No salió nada.
Salvador ignoró mi reacción. Su tono no admitía discusión.
—Has sido atenta este último año. Te he estado observando.
Eres paciente. Atenta al detalle. No te quejas.
Los demás no soportaron mi carácter. Solo tú te has quedado.
—Hizo una pausa—. No solo eres capaz, no eres del tipo que vende su integridad por dinero.
Tomas tu salario y nada más. No explotas el puesto para sacar ventaja. Puedo verlo.
Me miró con una emoción que no supe descifrar.
—La familia Moretti necesita una señora. Si escogiera a alguien de la familia, o a otra familia que ayudara a Dante a consolidar su poder, tendrían motivos ocultos. Le causarían problemas. Necesito a alguien que no pertenezca a ninguna facción. Esa eres tú, Elena.
Continuó despacio, —Pronto haré que Alfredo elija una fecha. Tú y Dante se casarán en poco tiempo.
No. No.
Retrocedí instintivamente.
Minutos antes había estado en la habitación de Dante planchando su traje. Él había dicho "gracias". Había dicho que no lo tenía "fácil". Incluso me había armado de valor para decir algo amable sobre Salvador. Pero todo lo había hecho como criada. En mi cabeza, era solo trabajo.
¿Y ahora Salvador quería que me casara con Dante?
Esto era una locura. No había sentimientos entre nosotros. Ninguna comprensión. Apenas conocía a Dante. Habíamos intercambiado quizá diez palabras. Eso no era suficiente para casarse.
—Lo siento, señor Moretti...
En más de un año nunca había desobedecido una orden de Salvador. Pero esta vez, saqué las palabras a la fuerza.
—No puedo aceptar esto.
Soy cobarde por naturaleza. Con Salvador siempre bajaba la cabeza y obedecía.
Pero ahora levanté la mirada y enfrenté esos ojos fríos y viejos.
—No tengo ningún fundamento emocional con Dante. No quiero entregar mi vida a alguien que ni conozco.
—Así que... no te vas a casar con él.
Lo dije. Por fin.
Salvador hizo una pausa.
Pensé que se enfadaría. En lugar de eso, se rió.
¿Por qué?
Como si hubiera oído el chiste más divertido del mundo.
—Muchachita, no te das cuenta del honor que es convertirte en la señora de la familia Moretti.
—Tendrás de todo —hizo una pausa—. Y si no te casas con Dante, podrías trabajar en la mansión Moretti toda tu vida y no tendrías nada de eso.
Tenía razón. La mansión pagaba bien, pero aún después de diez años no podría permitirme ese traje italiano que acababa de planchar. Trabajando por mi cuenta, nunca tendría lo que Salvador prometía.
Pero no cambiaría todo lo que soy por poder y riqueza.
Negué con la cabeza con firmeza. —Lo siento, señor Moretti.
El rostro de Salvador se ensombreció. Rió con frialdad y me miró como si fuera un animal desobediente. Tras un largo momento, cruzó las manos y alzó la vista, con el gesto sombrío.
—Elena, creo que volverás suplicándome.