100 - Escondite y huida
Tú y tu padre se esconden detrás de una formación rocosa oscura y húmeda, aprovechando la poca neblina matutina que aún resiste los rayos penetrantes del poderoso sol que ya despuntan altos sobre el pico de la montaña.
La respiración jadeante de tu padre resuena en el silencio tenso, mezclados con tu propio corazón acelerado.
La fortaleza de Kuélap, el hogar de tus ancestros, el refugio que ustedes consideraban impenetrable, fue comprometida.
El peligro era inminente y permanecer allí significaba la captura o algo peor.
De repente, la figura de Ch’amaka surge, tambaleándose y deslizándose por la ladera empinada.
Su rosto está cubierto de hollín y hay un corte feo que sangra en su frente, pero sus ojos, aunque cansados, brillan con determinación. Él se apoya en una piedra, jadeando.
– Ch’amaka, akana. (Ch’amaka, aquí.) – tú muestras el escondite.
– Jumanaka akata mistuñamawa. (Ustedes necesitan salir de aquí.) – él jadea, escupiendo un poco de sangre. – Nayampita jutapxam. (Vengan conmigo.)
Con el corazón apretado por la despedida y la adrenalina pulsando en las venas, ustedes tres dejan la segurança temporal de la roca y se sumergen en la selva densa y húmeda, con el sonido distante de gritos y la certeza de que la montaña, antes un santuario, ahora era una trampa mortal.
Tú, Ch’amaka y tu padre descienden la ladera de la montaña, evitando a los incas en rutas alternativas.
Ch’amaka sabe exactamente dónde ir y los guía con cuidado y seguridad en cada paso de la selva.
La ruta no es fácil y no percibes marcas en el camino.
Él los lleva por una cierta distancia, a un pequeño espacio en la selva densa, un claro escondido y húmedo.
Allí, el sonido del agua los convoca a una roca oscura, cubierta de musgo, de donde escurre agua cristalina hacia un pozo natural.
Ustedes reconocen los símbolos chachapoyas grabados, indicando un santuario de Apu, el espíritu de la montaña.
Esta agua conecta la montaña al cielo. Con voz baja y reverente, él explica:
– Jach'a, q'al k'umara thaki sarañasa, qullunaka qhununakan alayanwa. Aka uma umapxam. Apu-n ch'amapaw q'umas ch'amanchistani. (Tenemos un largo y agotador viaje por delante, más allá de las montañas y los valles. Beban de esta agua. La fuerza de Apu recuperará nuestras energías.)
Ch’amaka permanece en silencio mientras ustedes tres se arrodillan.
Cansados, absorben el agua fría y revigorizante, sintiendo la antigua fuerza de la montaña correr por su garganta.
La vitalidad de la montaña, el Apu , les está confiriendo nueva fuerza para la jornada, mientras la neblina aún los envuelve, a pesar del sol alto.
El ritual es rápido, pero esencial, una última preparación espiritual y física antes de sumergirse en la incertidumbre de la huida.
Recupera 10 puntos de Vitalidad.
Ustedes tres, exhaustos, sucumben a un descanso muy necesario.
La tensión de la vigilia y de la mañana a puro esfuerzo de conducción pesa.
Tú, en particular, sientes aún el desgaste de una noche entera corriendo y una buena parte del día alejándote, metro a metro, de Kuélap, de la imponente fortaleza de piedra que les sirvió de hogar por generaciones.
Cada paso es un adiós. La incertidumbre es una neblina fría.
No tienes idea del paradero de otros grupos que lograron escapar, ni si tuvieron éxito en despistar a los perseguidores incas.
La ausencia de noticias de cualquier otro chachapoya corroe tu esperanza. La duda es un peso aún más pesado.
La visión encorvada de tu padre Kunturi a tu lado corroe el alma. Y lloras. Un llanto contenido, frío y disimulado. Un llanto de quien sabe que no puede permitirse tal debilidad en ese instante. Enjugas las lágrimas, tus ojos mirando la cima de la montaña. Imaginando lo que podría haber sucedido.
– Apu, jallalla! Kuns luratasma ukatxa, ancha yuspärapxsmawa. (Gracias, Apu. Somos agradecidos por todo lo que hiciste por nosotros.) – rezas, bajito.
Salir de aquel espacio de meditación es casi una herejía, pero necesitan proseguir.
Miras a tu padre y la determinación en su mirada permanece inquebrantable.
Él mueve los brazos y las piernas, abre los ojos con serenidad y sonríe, pidiendo un abrazo del hijo héroe.
Apu los había bendecido con nueva energía para mantener vivo al pueblo chachapoya, ya no allí, en algún lugar más allá del horizonte, lejos de los caminos del Imperio Inca.
Ch’amaka sale despacio, cada paso medido con veneración.
Lo siguen, pisando sobre sus pasos en el suelo húmedo, que luego se deshace, escondiéndose de nuevo de cualquier incauto desinformado.
Tu mirada, entonces, desciende y recorre la ladera de la montaña, buscando un sendero.
La vastedad de las montañas y valles se presenta amenazante.
El miedo a ser alcanzados por los incas será constante, una sombra que se alargará a cada paso.
La posibilidad de andar toda la vida, en huida constante, o la perspectiva sombría de no llegar a lugar alguno, te aterroriza.
La responsabilidad es abrumadora. Y, sin embargo, tu vida y la de tu padre, los pocos remanentes del Pueblo de las Nubes, ahora reside en tus hombros.
Inhalas profundamente. La jornada recomienza rumbo al horizonte.
Rumbo al futuro de los Chachapoyas. Sea donde sea.
¡Enhorabuena! Lograste escapar de la ira de los incas, aunque no salvaste a Kuélap.
Este es uno de los finales posibles.
Si deseas seguir explorando, vuelve al principio y toma nuevas decisiones.
Si deseas cerrar tu jornada, sigue hacia el Epílogo.