EPÍLOGO La Estrella del Ocaso #3
A medida que caminaba hacia el fondo del prado, el corazón de Celine comenzó a latir con una fuerza extraña, honda y desbocada contra sus costillas, como si su propia sangre presintiera una revelación antes de que sus ojos alcanzaran a verla.
¿Qué habían escondido Silas y Anya en aquel santuario de luz y paz donde jamás había entrado una sombra del Consorcio?
Celine se detuvo al llegar frente a un roble centenario cuyas ramas inmensas se extendían como una catedral dorada sobre la pradera.
Allí, a diez pasos de distancia, sentada sobre un manto de tréboles bañados por el sol del atardecer, había una niña pequeña.
Tendría apenas tres años. Llevaba un vestidito sencillo de algodón blanco y permanecía de espaldas al sendero, concentrada en un silencio apacible mientras construía una pequeña torre geométrica con bloques de madera tallada y flores silvestres sobre la hierba.
Celine sintió que el aire se le quedaba suspendido en los pulmones.
Primero fueron los rizos.
Una cascada de rulos rebeldes, suaves y abundantes caía sobre los hombros menudos de la pequeña; la forma y el giro de cada bucle constituían un espejo idéntico al cabello que Celine veía en sus propios retratos de infancia en Viena.
Pero cuando un rayo directo del sol poniente atravesó las ramas del roble y encendió aquella cabellera infantil, el color golpeó a Celine en el pecho como un relámpago de fuego vivo.
Eran de un rojo cobrizo puro, encendido y luminoso.
El rojo exacto del cabello de Anya Vane.
Las manos desnudas de Celine empezaron a temblar a los costados de su abrigo de cachemira. Dio un paso involuntario hacia adelante; el leve crujido de una hoja seca bajo su suela bastó para que la pequeña detuviera sus manos sobre las piezas de madera.
El tiempo entero pareció detenerse en el valle.
Con una calma serena y curiosa, la niña apoyó una manita sobre el césped, giró el cuerpo despacio y levantó el rostro hacia la mujer que había aparecido bajo la sombra del roble.
La visión atravesó el alma de Celine von Falken y derribó de un solo golpe todas las murallas de hielo de su existencia.
En aquel rostro diminuto, de piel blanca como la porcelana iluminada por el sol y facciones de una pureza angelical, brillaban dos ojos extraordinarios de distinto color.
El ojo izquierdo poseía el verde esmeralda profundo, limpio e infinito de Anya; el ojo derecho resplandecía con el oro cálido y el ámbar ardiente de Silas y de su propia estirpe.
Dos universos fundidos en una sola mirada cristalina, radiante de vida, limpia de cualquier herida, trauma o mancha del pasado.
La verdad estalló en la mente y en el pecho de Celine con la fuerza arrolladora de un milagro.
Era su sobrina. Era la hija de Silas y Anya.
En un solo latido deslumbrante, todas las piezas de la historia cobraron un sentido humano tan inmenso y sagrado que a Celine se le nubló la vista.
Aquellos dos seres forjados en el dolor de los Alpes y en la oscuridad de Sankt Ignaz habían engendrado en secreto un milagro de luz.
Conscientes de que el mundo estaba gobernado por devoradores de inocentes y de que sus propias manos estaban consagradas a la ceniza y al acero, Silas y Anya habían escondido a su hija en aquel rincón luminoso del mundo bajo el cuidado de manos puras, a salvo de las logias, de la sangre y de su propia guerra.
Por ella habían puesto a prueba el corazón de Celine en Surrey. Por ella la habían sentado en el trono de Zúrich y la habían unido a su propia carne en Mayfair.
Silas y Anya habían incendiado el planeta entero para que ningún monstruo pudiera tocar jamás un solo cabello de su hija; y al morir abrazados en el fuego de Dunscaith, habían depositado en las manos de Celine el único tesoro que habían amado sobre la Tierra, sabiendo que solo ella poseía la fuerza implacable para protegerla de las tinieblas y la capacidad de darle el amor luminoso de una madre.
Toda la frialdad mineral de la Reina Negra se deshizo como escarcha bajo el sol de la tarde.
Un torrente de amor puro, salvaje, infinito y sobrecogedor brotó desde lo más hondo de las entrañas de Celine, llenando de golpe el vacío de toda su vida.
Por primera vez desde que tenía memoria, su existencia entera, su poder, su fortuna y su supervivencia adquirieron una razón de ser absoluta y luminosa.
Incapaz de contener el llanto que le subía desde el pecho, Celine dejó que las lágrimas brotaran a raudales de sus ojos ámbar y rodaran calientes y libres por sus mejillas iluminadas por el sol.
Sus rodillas se doblaron con suavidad sobre la hierba tibia frente a la pequeña.
Con el corazón latiéndole en la garganta y el rostro bañado en lágrimas de una felicidad desgarradora, Celine extendió una mano temblorosa y acarició con infinita ternura los rizos cobrizos de la niña, sonriéndole a través del llanto como quien contempla el amanecer después de una noche eterna.
—Hola, mi amor... —susurró Celine con la voz quebrada en un sollozo luminoso, sintiendo que la vida entera le cabía en la palma de la mano al rozar aquella mejilla tibia—. ¿Cómo te llamas, preciosa?
La pequeña la observó sin el menor rastro de miedo con sus dos soles de esmeralda y ámbar.
Como si reconociera en el perfume, en la voz y en los ojos dorados de aquella mujer el abrazo que llevaba esperando desde la cuna, la niña alzó su manita para posarla sobre los dedos de Celine, le regaló una sonrisa radiante que iluminó todo el jardín y pronunció con voz clara y dulce una sola palabra:
—Vesper.
La palabra vibró en la brisa tibia del jardín y despertó de inmediato un eco antiguo en la mente políglota de Celine.
Educada desde la cuna entre el latín clásico, el francés y las lenguas germánicas, Celine conocía cada acepción que guardaba aquel vocablo: para los claustros eclesiásticos significaba el rezo de las vísperas antes de las tinieblas; para los diccionarios seculares era simplemente la tarde que muere hacia el poniente; para los poetas trágicos, la llegada irremediable de la noche.
Pero al contemplar el destello esmeralda y ámbar de la niña bajo el cielo dorado del valle, Celine descartó todas las sombras y eligió para ella su significado astronómico más puro y luminoso en la lengua de Roma: la Estrella del Ocaso.
El primer astro que se enciende en la frontera exacta entre el día y la oscuridad; el lucero que brilla con más fuerza precisamente cuando el mundo entero comienza a apagarse.
Celine cerró los ojos un segundo, dejando que sus lágrimas calientes cayeran sobre la pequeña mano de Vesper antes de atraerla con infinita delicadeza contra su pecho y envolverla entre sus brazos bajo la lluvia de oro del atardecer.
Abrazando aquel cuerpo diminuto que olía a sol, a hierba limpia y a vida nueva, Celine von Falken comprendió que su noche perpetua acababa de encontrar su único faro, y supo con cada latido de su corazón que por su pequeña Estrella del Ocaso valía la pena gobernar y defender el mundo entero.