EPÍLOGO La Estrella del Ocaso #2
Dante dobló hacia el puente de Westminster y se detuvo a mitad de la pasarela, apoyando los antebrazos sobre el parapeto de hierro fundido frente a las aguas grises del Támesis.
A lo lejos, sobre la fachada del muelle de Waterloo, una pantalla gigante de noticias transmitía la primera comparecencia pública tras el incendio de Escocia.
En la imagen de alta definición apareció el rostro sereno, pálido y majestuoso de Celine von Falken.
Vestida con un sobrio traje de luto cerrado hasta el cuello y sin una sola joya a la vista, la joven heredera anunciaba ante los micrófonos de la prensa internacional la creación inmediata de un fondo fiduciario de emergencia por valor de cuatrocientos mil millones de euros —respaldado por la totalidad de los activos recuperados tras la caída de Dunscaith— para garantizar el suministro de alimentos, el funcionamiento de los hospitales públicos y el blindaje íntegro de los ahorros de cada familia trabajadora de Europa.
Alrededor de Dante, decenas de ciudadanos se detuvieron sobre el puente para escucharla.
Una mujer mayor con bolsas del mercado se llevó la mano al pecho con los ojos húmedos de alivio; dos jóvenes abrazados frente a la barandilla aplaudieron en silencio, viendo en aquella dama de ojos color miel a una santa laica que venía a rescatar al mundo del caos.
Dante contempló el rostro de Celine en la pantalla gigante y dejó escapar un suspiro largo que se deshizo en la bruma del río.
De todos los millones de personas que miraban aquel monitor en las calles de Europa, él era el único que conocía la verdad completa.
Recordó la quietud mineral de aquellas mismas pupilas ámbar en el salón de Mayfair; recordó el cadáver de Julius von Thurn con el lazo torcido y el eco de su despedida desde la butaca de cuero blanco: «Gracias por haber intentado salvarme, Dante.
Siempre estuve en mi sitio. Vaya en paz».
Comprendió entonces el cierre perfecto de la obra.
Silas y Anya habían demolido el viejo matadero con fuego y sangre, y sobre las cenizas aún calientes, su hermana acababa de ofrecerle a la humanidad asustada una jaula de cristal climatizada y limpia.
El ciudadano común despertaría mañana con el pan asegurado en la mesa, las hipotecas perdonadas y la ilusión intacta de haber vencido a los tiranos, entregándole con gusto las llaves de su libertad a una única soberana invisible que gobernaría el planeta entero desde el silencio.
Y por primera vez en sus quince años de servicio, a Dante Cruz le pareció bien.
Sintió cómo un peso de toneladas —la úlcera constante del deber, las noches en vela frente a fotografías de cadáveres, la terquedad estéril de quien intenta vaciar el océano con las manos— se desprendía de golpe de su espalda.
Las palabras finales de Silas Richter volvieron a sonar en su memoria con la claridad de una campana: «El edificio legal por el que entregaste la vida es un montón de ceniza mojada, y esa placa que guardas junto al pecho sirve exactamente para lo mismo que una piedra.
Vuelve a la calle y vive bajo tus propias normas. Quedas libre».
La justicia por la que había sacrificado su matrimonio, su juventud y su salud había sido siempre una mentira escrita por carniceros. Los carniceros eran polvo, la nueva reina era intocable y la gente común, al menos por hoy, respiraba sin miedo bajo el cielo abierto. Su guerra había terminado.
Dante metió la mano derecha en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero y sacó su cartera de inspector.
Desprendió del cuero gastado la insignia metálica de plata de New Scotland Yard.
La sostuvo un instante sobre la palma abierta, contemplando el escudo grabado que durante más de dos décadas había constituido el único centro de gravedad de su existencia.
Al sopesarla bajo la luz pálida de la mañana, comprobó que pesaba exactamente lo mismo que un guijarro frío.
Con un movimiento lento y desprovisto de solemnidad, Dante extendió el brazo por encima de la barandilla del puente y abrió los dedos.
La estrella de plata cayó en silencio a través de la neblina matinal, golpeó la superficie oscura del Támesis con un chasquido imperceptible y se hundió para siempre en el lodo del fondo.
En ese instante, un rayo limpio de sol atravesó las nubes grises sobre el Parlamento y calentó la piedra húmeda del puente.
Dante llenó los pulmones de aire fresco, sintiendo cómo el pecho se le ensanchaba sin aquel nudo de hierro que lo había acompañado desde que tenía memoria.
Sacó del bolsillo un billete de tren de solo ida hacia un pequeño pueblo pesquero de la costa de Cornualles, se ajustó el abrigo como un ciudadano más entre la multitud y echó a caminar hacia la estación de Waterloo con el paso ligero de un hombre que acaba de devolver una carga que jamás le perteneció.
* * *
A mil doscientos kilómetros del asfalto húmedo de Londres, en un valle apartado de los prealpes italianos donde las noticias del derrumbe bursátil parecían pertenecer a otro planeta, el aire de la tarde olía a tierra tibia, a tomillo silvestre y a pan recién horneado.
El sol del ocaso descendía lentamente tras las colinas suaves, bañando los prados y los muros de piedra caliza con una luz dorada, limpia y casi irreal.
Un sedán negro desprovisto de escolta o banderines avanzó a baja velocidad por el camino de grava blanca flanqueado por cipreses centenarios hasta detenerse frente a una casona rústica de dos plantas, cuyos tejados de terracota rojiza resplandecían bajo el sol poniente.
En aquel rincón del valle todo hablaba de una sencillez luminosa: los marcos de madera de las ventanas lucían recién pintados de blanco, había macetas con geranios rojos en los alféizares y, a través de los postigos abiertos del piso inferior, flotaba la risa clara y cristalina de varios niños pequeños jugando antes de la cena.
La puerta trasera del vehículo se abrió y Celine von Falken bajó hacia la grava tibia.
Por primera vez desde que el infierno se había desatado en Europa, Celine había dejado atrás el color del luto: llevaba un abrigo ligero de cachemira color marfil desabrochado sobre un vestido sencillo y el cabello castaño suelto sobre los hombros.
Mientras Bastian apagaba el motor y permanecía junto al coche a una distancia prudente y respetuosa, Celine alzó el rostro hacia la brisa templada del valle, sintiendo cómo los rayos dorados del atardecer acariciaban su piel pálida después de semanas enteras sumergida en sótanos, lluvia y fuego.
Dentro del bolsillo de su abrigo, sus dedos desnudos —desprovistos hoy de los guantes de cuero negro— rozaron una pequeña tarjeta de papel de algodón color crema.
La mañana posterior a la noche de Mayfair, antes de que ella partiera hacia Escocia para preparar la trampa de Dunscaith, Silas y Anya habían depositado aquel único sobre cerrado sobre su mesilla sin pronunciar una palabra, con una sola indicación escrita del puño y letra de Anya en el reverso: «Para cuando el fuego se apague».
Al abrirlo horas atrás tras la caída de la señal en Escocia, Celine había encontrado únicamente las coordenadas de este valle y el nombre de aquella casa hogar.
En el pórtico de madera apareció una mujer de unos sesenta años, de rostro redondo surcado por arrugas amables y cabello canoso recogido en un moño suelto.
Llevaba un delantal de lino manchado de harina blanca y se secaba las manos en un paño de cocina mientras contemplaba a la recién llegada con una sonrisa cálida y transparente, completamente ajena a las fortunas, los apellidos o las guerras del mundo exterior.
—Buenas tardes, señorita —la saludó la mujer con una voz suave y maternal desde el primer peldaño—. Rara vez vemos un coche tan elegante por este camino de tierra. ¿Se ha desviado de la ruta provincial? La señalización después del puente viejo suele confundir a los viajeros.
Celine se detuvo al pie de los escalones de piedra.
Acostumbrada a leer el pánico, la codicia o la mentira en cada par de ojos que se cruzaban con los suyos, la bondad genuina y limpia que irradiaba aquella mujer le produjo un estremecimiento tibio en mitad del pecho.
—Buenas tardes, señora —respondió Celine, y su propia voz sonó con una suavidad que creía haber olvidado—. Estoy en el lugar exacto que buscaba. Me han hablado con muchísimo cariño de este hogar y del refugio que les brindan a los pequeños.
El rostro de la mujer se iluminó con un orgullo humilde y luminoso.
—Hacemos todo lo que está en nuestras manos por ellos, señorita —dijo, alisándose el delantal—.
En esta casa siempre sobran los cuentos antes de dormir, el pan caliente y el aire limpio.
¿Viene usted de parte de alguna junta de adopciones de Milán?
Pase a la cocina, por favor, acabo de sacar una bandeja del horno y el agua para el té ya está hirviendo.
—Me encantaría tomar ese té con usted en unos minutos —repuso Celine, dedicándole una sonrisa serena—. Pero antes de entrar, ¿me permitiría caminar un momento a solas por el huerto trasero? Me dijeron que la luz del atardecer bajo los árboles de este patio es única.
—Por supuesto, faltaría más —asintió la mujer con ternura, señalándole el arco cubierto de hiedra que rodeaba la casa—.
A esta hora el sol entra directo desde el oeste y parece que el jardín entero fuera de oro.
Camine con toda tranquilidad; yo estaré adentro preparando la mesa de los niños. Me llamo Greta, para servirle.
—Muchas gracias, Greta —murmuró Celine, sintiendo un nudo cálido y humano cerrarse en su garganta al pronunciar aquel nombre sencillo.
Celine cruzó el arco de piedra tapizado de enredaderas y se adentró en el jardín posterior.
Sus zapatos avanzaron casi sin ruido sobre el sendero de hierba fresca iluminado por el sol horizontal del ocaso. Las hojas de los manzanos y los olivos brillaban con destellos de ámbar y miel bajo la brisa templada, mientras el canto de los pájaros llenaba la quietud del valle.