CAPÍTULO CINCO El Peón en el Tablero de Sangre #3
—Konrad solicitó una consulta de urgencia —expuso Anya con un tono pausado, limpio de cualquier alteración emocional—.
Manifestaba un colapso ansioso severo derivado de presiones personales que declinó detallar amparándose en la confidencialidad.
Le administré pautas clínicas de estabilización y abandonó mis instalaciones por su propio pie cuarenta minutos después.
Las decisiones que adoptara posteriormente en su residencia pertenecen a su esfera estrictamente privada.
Dante apretó las muelas hasta sentir dolor en las encías. Sus rostros carecían de disculpas, titubeos o coartadas forzadas. Respondían con la indiferencia glacial de quienes se saben situados en un plano inalcanzable. Se sintió como un perro viejo ladrándole a una montaña.
—Dos figuras públicas acuden a este edificio buscando auxilio y terminan degolladas o estrelladas contra el asfalto antes del amanecer —soltó Dante con un sarcasmo áspero, buscando afanosamente una grieta en la fachada—. Una correlación notable para un solo bloque de Mayfair.
Silas permaneció inmóvil junto a la mesa.
—La tasa de mortalidad entre individuos sometidos a colapsos patrimoniales o judiciales suele acelerarse con rapidez, inspector —repuso Silas—. La coincidencia temporal estimula la imaginación policial, pero carece de relevancia causal.
Dante sostuvo la mirada de Silas durante varios segundos.
La muralla de frialdad era inexpugnable.
El detective sintió un vacío repentino bajo los pies, una mezcla amarga de impotencia y una vibración sorda que reconoció con asombro: miedo puro.
Un estremecimiento ajeno a la violencia física ordinaria: temía la escala inmensa y silenciosa de lo que tenía enfrente.
Fue entonces cuando Anya tomó la palabra.
La psiquiatra ladeó apenas la cabeza, estudiando las facciones endurecidas del detective, el cansancio en sus párpados y la rigidez defensiva de sus hombros. Una sonrisa tenue y peligrosa curvó sus labios.
—Nadie en Scotland Yard respalda esta visita, ¿verdad, inspector?
La pregunta cayó sobre el salón con la precisión de un estilete.
Dante contuvo la respiración, sintiendo que el nudo de su corbata se convertía en un lazo de ahorcado.
Luchó por mantener los párpados fijos, por mantener la mandíbula firme, pero la sangre le zumbó en los oídos.
Ella acababa de desarmarlo con una sola frase.
—Las calles de abajo carecen de patrullas aguardando —continuó Anya con voz suave, saboreando cada palabra—.
Esa mesa de cristal está desprovista de una orden judicial firmada.
Su placa está sola. Sus superiores emitieron una orden estricta de contención hace horas: archivar las pesquisas, declarar incidentes aislados y evitar el pánico de los inversores.
La jefatura está aterrorizada intentando sofocar el escándalo.
Y, sin embargo, usted robó ese expediente y condujo hasta aquí por pura insubordinación.
Anya se acomodó sobre la seda marfil, clavando sus ojos esmeralda en los de Dante.
—Dígame, inspector... ¿cómo se siente un hombre de la ley al presenciar este espectáculo?
Ver a sus compañeros en la comisaría fingiendo obediencia para proteger a los mismos corruptos que desprecian.
Ver el auge de #ElCarmesí ardiendo en millones de teléfonos a lo largo del país.
Cientos de miles de ciudadanos celebrando abiertamente el degollamiento de un magnate y la caída de un juez.
¿Qué experimenta el uniforme al descubrir que el pueblo prefiere adorar a un verdugo anónimo antes que confiar en sus tribunales?
Dante sintió un calor sofocante treparle por el cuello.
El verdadero espanto radicaba en la precisión quirúrgica con la que esa mujer desnudaba sus propias miserias.
Ella entendía su asco moral mejor que cualquier comisario en Victoria Street.
Se obligó a erguir la espalda, aferrándose al orgullo herido de sus quince años de servicio para sostener la mirada verde sin desmoronarse.
—La gente festeja porque está harta —sentenció con voz áspera y bronca, escupiendo las palabras como piedras—.
Llevan generaciones viendo cómo la justicia funciona como un perro amaestrado para morder únicamente a los débiles.
Cuando alguien tiene el estómago de cortarle el cuello a los poderosos, la multitud olvida cualquier juicio justo; la multitud exige más sangre.
Anya entrecerró los ojos apenas, complacida por la respuesta, como un científico que confirma una hipótesis elemental en el laboratorio.
Silas ajustó el puente de sus gafas con un movimiento sobrio.
—Esta madrugada analicé la estructura informática de las filtraciones financieras que acompañaron las muertes —intervino Silas con tono neutro—.
La extracción de los libros contables de Strathern y los registros ocultos del juez Hessel requirió una ejecución brillante.
Veloz, limpia y sin dejar huellas en los cortafuegos principales.
Quien liberó esos archivos posee una destreza técnica de primer orden.
Imagino que su división de delitos cibernéticos avanza a ciegas en este momento.
Debe ser frustrante comprobar que el adversario opera cincuenta movimientos por delante del Estado.
El silencio volvió a adueñarse de la estancia.
Dante sintió el peso mineral de la escena aplastándole el pecho.
Comprendió con amarga certeza que estaba desarmado.
Silas y Anya eran inmunes al temor policial porque sabían que el propio sistema trabajaba para silenciar el caso.
La élite verdadera permanecía impasible ante dos peones muertos, la jefatura encubría los hechos por cobardía y la investigación formal estaba muerta antes de nacer.
Alargó el brazo con lentitud calculada, recogió la carpeta marrón de la mesa de cristal y se abrochó el botón de la chaqueta para recomponer la compostura de su figura.
—Agradezco su tiempo —dijo con formalidad seca—. Les sugiero mantener la cautela. Las casualidades funcionan como láminas de vidrio sobrecargadas: cuando acumulan demasiado peso en un solo punto, terminan fracturándose por completo. Que tengan un buen día.
Silas y Anya despidieron al detective con una inclinación de cabeza sincronizada, fría y solemne, semejante a dos monarcas que despiden a un emisario insignificante.
Dante dio media vuelta y caminó hacia los ascensores.
Cada paso sobre el mármol blanco exigió un esfuerzo consciente para mantener lento el ritmo; sentía la mirada de ambos clavada en su espalda como la mira telescópica de un rifle.
Minutos después, cruzó las puertas giratorias hacia la calle.
La brisa húmeda de Londres y el rumor del tráfico en Mayfair le azotaron la cara, incapaces de secar el sudor helado que empapaba su nuca. Sus dedos temblaban con un leve espasmo al sacar un cigarrillo arrugado. El encendedor falló dos veces antes de prender la llama.
Inhaló el humo acre con avidez, intentando serenar el pulso acelerado. Nada en ese ático permitía sostener un arresto. Sus coartadas eran sólidas, sus papeles impecables y el propio poder los amparaba con un silencio cómplice.
Aun así, la certeza animal de Dante martilleaba en su cabeza con la fuerza de un trueno: eran ellos. Y eran completamente intocables.
Esa misma noche, Dante buscó refugio en la penumbra de un pub semivacío en las callejuelas del Soho.
La llovizna implacable golpeaba los cristales emplomados del local con un chasquido continuo.
En el interior reinaba un ambiente pesado, dominado por el zumbido ronco de una vieja máquina de discos y el olor rancio a madera húmeda y cerveza agria.
Sentado en el rincón más aislado de la barra de caoba, envuelto en el cuero oscuro de su chaqueta, Dante contemplaba un vaso de whisky barato que permanecía intacto frente a él.
Su mente era un nudo ciego. La incursión en el ático de Mayfair lo había dejado desarmado: carecía del menor indicio procesal que pudiera sostener ante un tribunal, cargaba con la certeza de que Scotland Yard cerraría filas para silenciarlo y sentía todavía el peso helado de la presencia de Silas y Anya clavado en la nuca.
Sabía con claridad meridiana que insinuar en la comisaría central la complicidad de aquella pareja implicaría su expulsión fulminante antes del amanecer.
La campanilla de latón de la entrada tintineó con un sonido seco, casi ahogado por el viento exterior.
Una figura delgada cruzó entre las mesas vacías con pisadas sigilosas y ocupó la banqueta de madera justo frente a él.
Dante alzó la vista, los reflejos de la calle activándose en una fracción de segundo.
El recién llegado vestía ropa oscura de algodón grueso, funcional y gastada.
Exhibía una palidez enfermiza, casi translúcida, propia de quien pasa años iluminado únicamente por el resplandor azulado de monitores en sótanos cerrados.
Sus dedos largos tamborileaban sobre el borde de la mesa con un espasmo continuo, y sus ojos grises brillaban con una lucidez febril.
El desconocido prescindió de cualquier saludo formal. Apoyó los codos huesudos sobre la madera astillada y habló en un susurro veloz, atropellando las palabras con urgencia nerviosa.
—Intervine el micrófono de tu teléfono policial antes de que cruzaras las puertas de Mayfair —soltó el hombre a bocajarro—. Escuché cada frase, cada pausa, cada respiración en ese ático. Serás un sabueso duro en la acera, Cruz, pero tus cortafuegos dan pena.
Dante tensó la mandíbula. Su mano derecha descendió bajo el abrigo, rozando el acero de su arma.
—¿Quién diablos eres? —inquirió Dante con voz áspera y baja.
El intruso ignoró la pregunta. Sus uñas raspaban con insistencia la superficie de la mesa, movidas por una ansiedad eléctrica.