Carmesí CAPÍTULO CINCO El Peón en el Tablero de Sangre #2
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CAPÍTULO CINCO El Peón en el Tablero de Sangre #2

A las 14:18 horas, el vehículo oficial con escolta del Juez Hessel había ingresado en el mismo código postal, aparcando frente a una clínica privada en un edificio contiguo. El registro de la consulta identificaba a la especialista: Dra. Anya Vane.

Dante encendió un cigarrillo. La humareda gris ascendió hacia el parabrisas mientras procesaba el cruce de datos.

Dos objetivos ejecutados en la misma madrugada.

Dos citas presenciales en la misma manzana de Mayfair con escasos minutos de intervalo, apenas unas horas antes de sus muertes.

Su instinto de investigador comenzó a conectar las variables.

Abrió el registro civil y mercantil, introduciendo ambas identidades en el motor de coincidencias.

El sistema tardó cuatro segundos en arrojar el archivo digitalizado.

Un certificado de matrimonio.

Dante soltó una bocanada de humo. La sorpresa se convirtió en una certeza matemática: Silas Richter y Anya Vane estaban casados. A ese nivel de recursos, influencia y sincronía en los homicidios, la casualidad quedaba descartada. Acababa de localizar el centro neurálgico del laberinto.

Engranó la primera marcha. Los neumáticos del Ford traccionaron sobre el asfalto mojado mientras el vehículo enfilaba hacia el norte, rumbo a Mayfair. Pensaba encararlos directamente en su propio terreno.

Cincuenta minutos después, Dante detuvo el Ford Mondeo frente a la torre acristalada de Mayfair, apagó el limpiaparabrisas y permaneció unos instantes tras el cristal empañado, observando la calle a través del humo de su tabaco.

El movimiento alrededor del acceso privado llamó de inmediato su atención de sabueso.

Dos berlinas blindadas con lunas polarizadas y matrículas consulares maniobraban despacio sobre los adoquines mojados.

En la acera, varios hombres con abrigos de lana oscura sostenían paraguas amplios para resguardar a pasajeros que descendían apresurados.

A simple vista parecían chóferes o empleados corporativos, pero Dante reconoció la postura al instante: hombros rígidos, la mirada fija barriendo las esquinas antes de abrir cada puerta y la mano derecha pegada al pecho, lista para alcanzar una cartuchera bajo la solapa.

Eran escoltas privados de primer nivel, veteranos de fuerzas especiales reciclados en seguridad ejecutiva.

Los clientes que custodiaban —hombres de negocios con trajes caros y maletines de cuero— exhibían rostros tensos, palideces mal disimuladas y miradas furtivas hacia los lados.

Dante apoyó la frente en el volante un segundo, hilvanando una hipótesis en silencio.

Aquella gente carecía de la calma de quien acude a una reunión de rutina; tenían el miedo marcado en los ojos.

La ejecución de Strathern en Surrey y la caída de Hessel en Kensington habían desatado un temblor sísmico entre las fortunas visibles de la ciudad.

Y acudían en tropel a ese edificio. Dedujo que Silas Richter y Anya Vane funcionaban como un dique de contención: los abogados, los banqueros y los jueces asustados buscaban blindaje patrimonial y terapia de crisis antes de que la sangre llegara a sus propias puertas.

Dante empujó las pesadas puertas de cristal del vestíbulo. El interior olía a cera de roble, mármol húmedo y aire acondicionado filtrado. Detrás del mostrador principal aguardaba una recepcionista mayor de cabello cenizo peinado hacia atrás con rigor espartano.

La mujer alzó la vista con ademanes pausados.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle, señor?

Dante extrajo la cartera de cuero del bolsillo interior de su abrigo y desplegó su placa de la Policía Metropolitana.

—Inspector Dante Cruz, Homicidios de Scotland Yard —dijo, apoyando las yemas de los dedos sobre el borde del mostrador—. Necesito hablar con el señor Silas Richter y la doctora Anya Vane.

La recepcionista observó la insignia dorada con frialdad profesional. Descolgó un teléfono fijo de baquelita negra y marcó una extensión interna.

—Señor Richter, hay un inspector de Scotland Yard en la entrada principal. Cruz, de Homicidios.

Escuchó la respuesta breve al otro lado de la línea, colgó el auricular y señaló el fondo del vestíbulo.

—El ascensor privado de la derecha lo llevará directo al ático, inspector. Lo están esperando.

Dante guardó la placa y caminó hacia los paneles de acero pulido.

Las puertas se cerraron con un silbido hermético y la cabina ascendió cuarenta pisos en un susurro continuo.

La presión del aire le taponó los oídos.

En la soledad del cubículo, su mano derecha buscó de forma instintiva la culata de la pistola bajo el sobaco; aferrarse al peso metálico del arma funcionaba como un ancla de cordura.

Estaba solo. Si moría arriba, sus propios jefes catalogarían su ausencia como una falta administrativa.

Tragó saliva y obligó a sus pulmones a recuperar un ritmo parejo antes de que las puertas volvieran a abrirse.

La amplitud del ático lo recibió con una luz plomiza que entraba a través de los ventanales panorámicos.

El espacio exhibía suelos de mármol blanco, obras de arte abstracto en tonos cenizos y una austeridad donde cada mueble parecía colocado bajo un cálculo estricto.

El aire olía a lavanda fresca y a ozono filtrado, pero sus terminaciones nerviosas captaron algo más perturbador: la ausencia absoluta de ruido biológico.

La sala poseía la quietud muerta de una cámara de vacío.

En el centro de la estancia aguardaban sus anfitriones.

Silas Richter permanecía de pie frente al cristal, contemplando la tormenta sobre Londres.

Su figura imponía el peso de una columna de basalto: alto, ancho de hombros, con la cabeza completamente afeitada al ras y una barba corta perfilada con exactitud.

Vestía un traje italiano de franela azul noche que absorbía la claridad exterior y sostenía una taza de café solo con una quietud pétrea.

Detrás de los cristales limpios de sus gafas, sus ojos ambarinos se clavaron en el recién llegado.

A pocos metros, Anya Vane descansaba sobre una chaise longue tapizada en seda marfil.

Un vestido de punto de cachemira color ceniza caía con suavidad sobre sus hombros, enmarcando un rostro de pómulos aristocráticos y una densa cascada de cabello rojo intenso que caía sobre el lino claro.

Sus ojos esmeralda examinaron al detective con la calma calculadora de un gran felino.

Un escalofrío seco le recorrió la base del cráneo.

Era una alarma celular antigua, el instinto mamífero advirtiéndole que acababa de invadir el territorio de dos depredadores alfa.

Dante tensó los músculos de la mandíbula y dio un paso al frente, obligando a sus botas gastadas a sonar con aplomo sobre el mármol para preservar la poca dignidad que le quedaba al uniforme.

—Señor Richter. Doctora Vane —saludó Dante, modulando la voz con una firmeza seca—. Inspector Dante Cruz. Lamento interrumpir su jornada, pero investigo dos muertes ocurridas durante la madrugada.

Silas bebió un sorbo corto de café y sostuvo la mirada del detective con indiferencia absoluta.

—Tome asiento si lo desea, inspector —ofreció Silas con voz profunda, desprovista de cortesía fingida—. Supongo que su presencia guarda relación con las noticias que acaparan los titulares matutinos.

—Prefiero permanecer de pie —respondió Dante.

Aceptar esa silla habría sido ceder terreno, hundirse en la comodidad calculada de sus anfitriones.

Necesitaba la verticalidad para mantenerse libre de encierro.

Apoyó la carpeta marrón sobre la superficie de cristal con un movimiento pausado, firme, dejando que el peso del cartón marcara su presencia en la mesa.

—Lord Douglas Strathern y el juez Konrad Hessel —continuó Dante—. Dos hombres de alto perfil ejecutados en menos de diez horas. Y ambos acudieron a esta misma dirección ayer por la tarde, con escasos minutos de diferencia.

Silas dejó la taza sobre un posavasos de cuarzo con lentitud calculada. Con ademanes medidos, se acercó a un escritorio lateral, tomó una tableta delgada y la depositó junto al expediente policial.

—Preví la posibilidad estadística de que alguien rastreara sus últimas horas —dijo Silas, su tono plano como una superficie de mármol—.

En ese dispositivo constan los registros de acceso al edificio, las grabaciones de seguridad y los documentos contractuales pertinentes.

Lord Strathern acudió a este despacho exigiendo una reestructuración urgente de activos.

Presentaba una descompensación evidente y demandaba blindajes que mis protocolos rechazan por inviables.

La reunión concluyó a los diez minutos. Los motivos de su deceso en Surrey horas más tarde corresponden a un ámbito que escapa a mi actividad profesional.

Dante asimiló la respuesta. La voz de Silas carecía del menor atisbo de inquietud; describía una gestión fallida con la frialdad con que un actuario lee un balance.

La rabia le subió en una oleada ácida desde el estómago: sabía que ese hombre había presenciado o ejecutado la carnicería de Surrey, pero el muro documental era impenetrable.

Apretó los puños dentro de los bolsillos para disimular la crispación y clavó la vista en Anya.

—¿Y el juez Hessel, doctora? —inquirió Dante—. ¿Qué buscaba en su consulta antes de precipitarse al vacío en Kensington?

Anya inclinó el torso hacia adelante con suavidad felina, descansando el mentón pálido sobre los dedos entrelazados. Su cabello rojo brilló bajo la luz grisácea del ventanal. Sus ojos verdes sostuvieron el escrutinio de Dante con una calma distante.