CAPÍTULO UNO El Primer Hilo
CAPÍTULO UNO
El Primer Hilo
La lluvia sobre los bosques de Viena más que caer, castigaba.
Era un aguacero frío, espeso y gris que azotaba el mármol del panteón privado de los Sackville.
Una hilera de paraguas negros de seda pesada cubría el sendero de grava, protegiendo del barro a medio centenar de hombres y mujeres enfundados en abrigos de cachemira y loden austríaco.
El aire olía a tierra recién cavada, a abetos mojados y a una mezcla asfixiante de perfumes caros —sándalo, pachulí y ámbar gris— con los que la alta sociedad intentaba disfrazar el hedor a humedad y descomposición del cementerio.
Junto a la fosa abierta, frente al féretro de caoba maciza, la viuda de Walter Sackville sostenía su papel.
Lloraba con una técnica impecable: las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin disolver el maquillaje fijado al vacío, mientras mantenía los dedos enguantados sobre los hombros de sus dos hijas pequeñas.
Las niñas, vestidas con idénticos abrigos de paño oscuro, miraban la tierra removida con el espanto mudo de quien intuye que la muerte es algo sucio.
La viuda, en cambio, apretaba de vez en cuando el bolso de cocodrilo contra el costado; en su interior descansaba la confirmación notarial de que los fideicomisos de Zurich y las cuentas opacas de Singapur habían quedado blindadas a su nombre a las ocho de la mañana. Su luto era un trámite bancario.
A diez pasos del cortejo, Silas Richter observaba la farsa desde el interior de su propio mutismo.
Su abrigo negro y su traje de tres piezas lucían impecables, libres de una sola arruga.
La llovizna resbalaba por la piel tensa de su cráneo rapado y por las lentes de sus gafas de montura metálica, detrás de las cuales sus ojos ámbar escaneaban a cada asistente con la frialdad de un perito forense en la morgue.
Contemplaba el teatro de la viuda desde una indiferencia absoluta, biológica.
A su izquierda, Anya Vane sostenía un paraguas de varillas de acero con mango de plata labrada.
Vestía un abrigo entallado de cachemira negra con cuello alto de visón oscuro y broches de platino.
Respiraba despacio, al compás de la lluvia, evaluando la miseria moral de los presentes con la paciencia de quien clasifica especímenes disecados.
Ambos conocían a cada persona bajo esos paraguas.
Eran los dueños de los puertos, los jueces de los tribunales de apelación, los accionistas mayoritarios de los conglomerados farmacéuticos y los directores de medios de comunicación.
Los arquitectos del hambre ajena. Acudían a despedir a uno de los suyos con el único propósito de confirmar que el cadáver quedaba bien enterrado y que los secretos compartidos se pudrirían con él.
Un hombre corpulento, de cuello ancho y mejillas rojas por la hipertensión y los banquetes, abandonó el grupo principal y chapoteó por la grava hacia ellos. Era el Barón Julius von Thurn. Llevaba un abrigo de piel de castor sobre los hombros y las solapas manchadas con una ceniza fina de habano.
—Una pérdida irreparable, Silas —susurró el Barón, extendiendo una mano fofa cargada con tres anillos de oro macizo—. Walter era un visionario. El corazón de nuestras operaciones logísticas.
Silas tomó la mano de Von Thurn. El cuero negro de su guante crujió levemente al presionar los dedos carnosos y húmedos del magnate.
A través de la piel, Silas sintió el sudor frío y la arritmia corta en la muñeca del anciano.
Miedo. Pánico puro. Von Thurn estaba lejos de llorar a su socio; temía que la repentina «falla cardíaca» de Walter en un ascensor blindado fuera el primer síntoma de una purga interna.
—El vacío que deja Walter obligará a reorganizar las cuotas de transporte en el este, Barón —respondió Silas. Su voz barítona fue plana, desprovista de consuelo, como el texto de una cláusula contractual—. Los contratos jamás esperan a los muertos.
Von Thurn tragó saliva, aliviado por la respuesta mercantil, y asintió dos veces antes de retroceder hacia el calor de su chofer.
Anya se deslizó apenas un paso hacia la derecha, interceptando a una mujer alta y enjuta que fingía secarse los ojos con un pañuelo de encaje: Lady Sterling, presidenta de la sala penal del tribunal supremo europeo.
—Mis condolencias, jueza —murmuró Anya. Su voz fue una caricia de terciopelo sobre una hoja de afeitar.
Sterling alzó la mirada. Anya leyó al instante la dilatación microscópica de sus pupilas y la caída de tensión en su mandíbula.
La jueza estaba eufórica. Walter Sackville era el único hombre que guardaba las copias físicas de las transferencias con las que el Consorcio había pagado sus villas en el lago de Como y el silencio sobre tres redes de prostitución infantil desarticuladas en Amberes.
Con Walter bajo dos metros de arcilla austríaca, la carrera de Sterling volvía a ser intocable.
—Gracias, querida Anya... una tragedia espantosa —dijo la jueza, pero sus labios se curvaron en una línea casi risueña bajo el velo negro—. Dios sabe cuándo nos llama.
El murmullo clerical del sacerdote fue interrumpido por el chirrido pesado de unos neumáticos sobre la grava del camino de acceso. Un Rolls-Royce Phantom negro, largo y silencioso como una barcaza fúnebre, se detuvo junto a la verja de hierro forjado.
El chofer descendió con rapidez, abrió un paraguas de golf de dos metros y tiró de la manilla trasera.
La mujer que bajó del automóvil quebró la uniformidad mortuoria del cementerio.
Su porte prescindía de cualquier ostentación, y aun así su sola presencia borraba a cualquiera a cinco metros a la redonda.
Llevaba un abrigo largo de cachemira negra que se ceñía con una sobriedad impecable a su figura, dejando asomar la caída de un vestido de seda oscura.
Tenía la piel pálida, limpia de excesos cosméticos, y una melena densa de rulos castaño y miel que caía rebelde sobre sus hombros, húmeda por la llovizna.
La joven avanzó por el sendero con la espalda erguida y la barbilla alta.
El Barón Von Thurn reaccionó de inmediato, interponiéndose en su camino con una agilidad grotesca para su volumen. Le tomó la mano enguantada con ambas palmas, inclinando su papada grasienta para estampar un beso húmedo y baboso sobre los nudillos de la joven.
—Celine, querida... qué consuelo ver que has venido —ronroneó el viejo, con una voz pegajosa barnizada de paternalismo obsceno—. Walter te tenía una estima inmensa. Si necesitas cualquier cosa... la protección de mi casa está abierta para ti, como siempre lo estuvo para tu padre.
Anya observó la escena desde la distancia. Vio los ojos porcinos de Von Thurn descender hacia la línea del cuello de Celine, calculando la textura de su piel bajo la tela con el hambre rancia de un carnicero acostumbrado a servirse lo que le place.
Celine mantuvo la mano en su sitio y su postura permaneció firme al milímetro.
—Gracias, Barón. Es reconfortante encontrar amigos de mi familia en días como este —respondió ella.
Su timbre era limpio, natural, sin la modulación ensayada de los demás asistentes.
Hablaba con una transparencia desarmada, caminando entre asesinos con la serenidad de quien se cree rodeada de benefactores.
Celine continuó caminando hacia la fosa.
Al pasar junto a la hilera de cipreses, giró el rostro hacia la izquierda. Durante una fracción de segundo, sus ojos se cruzaron con los de Silas.
Eran ojos de un ámbar verdoso, claros, felinos.
El cruce de miradas detonó una sacudida física y celular en el centro del pecho de Silas Richter.
La red de datos y cálculos que gobernaba su cerebro sufrió un cortocircuito instantáneo.
Una disonancia biológica brutal. Silas vio ese iris dorado y, por un microsegundo, la lluvia de Viena desapareció: olió a pólvora vieja, a cera de velas derritiéndose sobre piedra fría y al hedor metálico de la sangre de un altar en los Alpes hace casi treinta años.
Sintió el frío de una habitación a oscuras y el llanto desgarrador de una niña acurrucada en una esquina ensangrentada.
Celine sostuvo la mirada un latido más de lo que exigía la cortesía fúnebre, intrigada por la inmovilidad pétrea de aquel hombre alto y desconocido, antes de seguir su paso hacia el féretro. Pasó de largo ante Silas y Anya, desconociendo por completo quiénes eran.
Anya percibió la alteración en la atmósfera. Notó la rigidez de hierro que acababa de apoderarse de los tendones del cuello de su esposo.
Junto a la fosa, los peones comenzaron a hacer descender el ataúd con cuerdas engrasadas.
El metal rechinó contra la piedra. Fue en ese momento cuando la viuda de Sackville se arrodilló sobre el barro, cubriéndose la cara con las manos en un lamento que sonó forzado incluso para los estándares de la corte.
Las dos niñas se abrazaron a sus faldas, temblando bajo el agua helada.
Silas observó la escena con los ojos fijos en la nada, empujando los escombros de su memoria hacia el fondo de la bóveda mental donde los mantenía encadenados.
A pocos pasos de las niñas, Celine permanecía inmóvil.
Mantenía el duelo contenido en un silencio austero.
Tenía los hombros tensos y la mirada clavada en la madera que se hundía en la tierra.
Una sola lágrima, densa y lenta, rodó por su mejilla pálida hasta perderse en el cuello de su abrigo.
Su gesto irradiaba un dolor auténtico, silencioso y desarmado.
Una herida humana real brotando en medio de un nido de hienas vestidas de luto.
Demasiado humana, diagnosticó Anya para sus adentros, con una mueca de desdén clínico. Su fragilidad tiene los días contados.